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Ya viene el sol

Ya viene el sol

No, no es mi intención elucubrar acerca de las propiedades de las diferentes formas de inmunizarnos frente a la dichosa COVID-19. Cuando aparezca el artículo quizá ya estemos vacunados todos los que trabajamos en farmacias, y ojalá la inmunización haya tomado una velocidad de crucero que permita que el mundo tenga la oportunidad de volver a la casilla en la que estaba a finales de 2019, y sepa aprender de los errores que nos llevaron por el mal camino. Una inmunización, por cierto, para la que habrá que ser generosos, porque es el mundo el que está enfermo y al que hay que curar, y no los individuos. Todo un reto el que tenemos a la vista.

La existencia de agujeros negros en la galaxia es una teoría para mí tan difícil de explicar como la de otros agujeros mucho más cercanos a mí, a la gran mayoría de los lectores de esta revista, que son los que los farmacéuticos producimos asestando navajazos inclementes a las cajas de los medicamentos que dispensamos con cargo al sistema público de salud.

Son muchas las consecuencias de la pandemia causada por el segundo de los coronavirus, una plaga que ha desvestido a la Humanidad (la Humanidad occidental, se entiende, porque parece que la otra, de existir, no interesa), y ha mostrado que las fuertes costuras que pensábamos que ataban, y bien, nuestra civilización, no eran más que pespuntes, hilvanes de un sastre que apenas había señalado el traje con algún que otro hilo.

Son tiempos extraños estos de la pandemia. Con una atención primaria a punto de reventar, de colapso, de desorganización, de falta de medios, no son pocas las voces farmacéuticas que reclaman un mayor protagonismo en su papel como profesionales de la salud. Pasa el tiempo y, a los fallecidos por la COVID-19, habría que añadir, ¡y contabilizar!, las muertes por una falta de atención adecuada a sus problemas crónicos, a las que también habría que sumar otras que se ignoran porque no se quieren ver, las de esa otra pandemia que asola a la humanidad, la que producen los medicamentos. Como cita mi admirado Francisco Gallardo en su muro de Facebook, nada hay tan mezquino como acelerar a las personas los tiempos de la muerte. Pero en eso estamos todos inmersos, profesionales y políticos, por no ser capaces de atender las cambiantes necesidades de la población que vota y que confía, quizá no en los que vota pero sí en los que cree que les cuida.

Este oxímoron surgido durante la pandemia nos trae de cabeza a todos los habitantes del planeta. A los farmacéuticos también, por supuesto, porque nada hay más desconcertante que describir el escenario en el que nos vamos a mover durante los próximos meses, años, ¿décadas?, con dos palabras de significado tan contradictorio.

Escribo este artículo a principios del mes de abril, cuando España ha alcanzado la tristísima cifra de trece mil muertes causadas por la COVID-19. Nadie sabe a ciencia cierta, a día de hoy, cuando redacto estas líneas, si las expectativas de bajada de la famosa curva de contagio se cumplirán como los primeros indicios nos sugieren.

Lo que relata este artículo lo firma alguien que lleva veintidós años enseñando en másters de atención farmacéutica, que lo ha hecho en varias universidades españolas y también en no pocas de América Latina y Portugal, así que algo sé de esto.

La crisis de la profesión farmacéutica se parece mucho a la medioambiental. En realidad, todas las crisis son parecidas, tienen una misma raíz. De hecho, no son más que diferentes caras de un mismo poliedro, el de la crisis, sin más, que asola el mundo y amenaza con la desaparición de nuestra especie sobre la faz del planeta.

El pasado mes de octubre tuvo lugar una nueva edición del Congreso de Atención Farmacéutica. Como una metáfora del fracaso de esta práctica asistencial, se celebró en las antípodas españolas de aquel primer congreso que ilusionó a una generación de jóvenes farmacéuticos y que hoy, mucho más mayores y pragmáticos, ya hace tiempo que dejaron de soñar.

Debatir sobre el futuro de una profesión siempre es sano, enriquecedor. Escuchar puntos de vista diferentes, teorías o propuestas que uno no había llegado a formularse, permite pensar entre muchos, lo cual suele ser por lo general bastante más positivo que hacerlo solo. Los grandes problemas que atentan contra la productividad del debate, que lo pueden hacer estéril o incluso desgraciado, suelen ser dos: la actitud de los que debaten y el diagnóstico del problema, que en el caso de los farmacéuticos suele tener que ver con la esencia de nuestra profesión y el papel que desempeña en la sociedad. Si una actitud inadecuada puede llevar a situaciones desagradables, el no acordar una hipótesis de partida común puede llegar a lo que, en términos marinos, se denominaría «diálogo de besugos».

Debatir sobre el futuro de una profesión siempre es sano, enriquecedor. Escuchar puntos de vista diferentes, teorías o propuestas que uno no había llegado a formularse, permite pensar entre muchos, lo cual suele ser por lo general bastante más positivo que hacerlo solo. Los grandes problemas que atentan contra la productividad del debate, que lo pueden hacer estéril o incluso desgraciado, suelen ser dos: la actitud de los que debaten y el diagnóstico del problema, que en el caso de los farmacéuticos suele tener que ver con la esencia de nuestra profesión y el papel que desempeña en la sociedad. Si una actitud inadecuada puede llevar a situaciones desagradables, el no acordar una hipótesis de partida común puede llegar a lo que, en términos marinos, se denominaría «diálogo de besugos».

Mucho se habla sobre los nuevos servicios profesionales que se pueden prestar desde la farmacia, como una forma de orientar a la farmacia hacia una labor netamente asistencial y al farmacéutico a erigirse como el profesional de la salud que garantice que el establecimiento en el que trabaja sea realmente una puerta de entrada al sistema sanitario.

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