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Ya viene el sol

Ya viene el sol

Hacía ya un tiempo que no lo veía. Me lo encontraba con mucha frecuencia tomando café muy temprano, en el bar de grandes cristaleras que hay en una de las esquinas de la plaza. Aunque lo echaba de menos, nunca me acordaba de preguntarle a su hija por él cuando la veía entrar en la farmacia.

En el Hospital Gregorio Marañón de Madrid se ha instalado el primer cajero automático de medicamentos para dispensación directa a los pacientes. La noticia ha causado un gran impacto, y no solo en la profesión farmacéutica. De ella se hizo eco la prensa, e incluso pude verla en las pantallas de los autobuses que circulan por mi ciudad. En Facebook, algún colega allende los mares calificaba el hecho como el fin de la profesión farmacéutica.
Quizá pienses que es muy fácil decir eso, que hay que seguir, pero qué otra cosa puedes hacer. Sé que tienes miedo. Yo también. Sé que tienes una gran decepción, que te sientes como si estuvieses agarrada a un flotador en medio de un maremoto, y que pensar en controlar la dirección de tu camino entre este oleaje te resulta utópico. Una utopía más, tan diferente a aquellas con las que te llenaron la cabeza en los años de bonanza.
No, no voy a hablar de las subastas de medicamentos en mi tierra andaluza. O sí, pero de otro modo. Cuando una profesión decide ligar su remuneración a un producto, puede que llegue el momento en el que, con ese producto ya maduro y precio en caída libre, ni haya producto ni haya profesión.
Escribo este artículo cuando parece que las aguas liberalizadoras de la farmacia, que se revolvieron de forma nada inocente el pasado 28 de diciembre, parecen volver a su cauce. Tras la alarma inicial, he visto como en foros y organizaciones profesionales se ha defendido nuestro modelo de farmacia por su carácter sanitario, a diferencia de otros sistemas extranjeros, que se tienen por más comerciales. Me ha faltado escuchar el grito de ¡Santiago, y cierra España! para retrotraerme a épocas más oscuras de este país.
Durante el pasado mes de noviembre tuve la oportunidad de visitar la ciudad argentina de Rosario. Después de 4 años de ausencia, regresé a la tierra del gran Fontanarrosa, cuyo fantasma aún permanece en el legendario café literario El Cairo.
Cuando los farmacéuticos tratamos de explicar lo que podemos aportar a la sociedad, con frecuencia lo hacemos de una forma que no es que no nos entiendan, sino que a poca gente le importa.
A Guadalupe se le ha muerto el loro. Me lo contó el otro día, cuando nos vimos en la consulta a la hora que habíamos convenido. Después de treinta años de acompañarla en su soledad, un resfriado mal curado se lo llevó.
La lectura a principios de este verano del libro El legado de Mandela: quince enseñanzas sobre la vida, el amor y el valor, la biografía que escribió hace años Richard Stengel sobre el carismático líder africano, me ha hecho dar una vuelta de tuerca más a mi reflexión sobre el futuro de la atención farmacéutica.
Una profesión que lo cifre todo al margen comercial de la venta de un producto, con un único cliente en ocho de cada diez de sus transacciones, está vendida. Sin embargo, aquella cuyo valor se base en el conocimiento que aporta para resolver problemas reales que tiene la sociedad, no morirá nunca. Siempre y cuando tenga, claro está, los reflejos suficientes como para ir modificándose conforme esos problemas de la sociedad vayan evolucionando.
Los títulos que expiden las universidades representan una garantía jurídica para la sociedad. Quienes reciben –en nombre de Su Majestad el Rey, y a través del Ministerio de Educación– una titulación universitaria gozan de los requisitos mínimos exigidos para ejercer una profesión, de acuerdo con las responsabilidades que la legislación del país marca.
En épocas de crisis, que suelen serlo también de mudanzas, es frecuente discutir sobre lo que es propio de nuestra esencia y de lo que no lo es, de cuál es el camino que debemos llevar, o el que no nos conduciría a ninguna parte, o aún peor, el que nos hiciera caer en el abismo.
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