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  • El viento de Dios

Vende pañuelos de papel en una rotonda en las afueras de la ciudad. Allí lleva varios años buscándose la vida, haciendo lo que puede por sacar adelante a su mujer española y a su hija. Hace ocho años que llegó a España. Salió de Nigeria porque no había futuro. Un país rico en recursos naturales, aunque el gobierno esté sentado sobre ellos e impida que la riqueza se escape de sus tentáculos alargados.

Un día decidió que allí no tenía nada que hacer. Ni siquiera sus estudios universitarios de economía y finanzas le facilitaron una vida mejor que la que su humilde familia había tenido hasta entonces. Soltero, huérfano e hijo único, nada le impedía perseguir el sueño que le ofrecía la televisión. Salió con sus doscientos euros al cambio ahorrados y por veinticinco tomó el autobús que le llevaría a Níger. No sabe la distancia que recorrió, porque allí la distancia no se mide en kilómetros sino en horas. Fueron ocho hasta la frontera. De pie, agarrado al techo como podía. Cinco euros tuvo que dejar de propina a los sufridos vigilantes de la aduana.
Trabajó en el campo durante cuatro meses para conseguir dinero y atravesar Níger en una pick up. Por cincuenta euros viajaría través del desierto hacinado en la parte de atrás junto a otros soñadores y soñadoras como él, por caminos atestados de piedras y socavones. Quien se caía allí se quedaba, aunque los de su camioneta tuvieron suerte, porque el chófer era bueno. Se detuvo a recoger a una mujer que cayó, aunque luego tuvieron que hacerlo más veces para enterrar a los muertos que no soportaban un viaje sin agua, y con su propia y escasa orina como único líquido para beber. Encontraron cadáveres en el camino, huesos humanos, y también a chacales que se encargaban de acelerar el proceso de osificación. Se detuvieron ante el cuerpo de una mujer embarazada. Por la textura de su piel supusieron que llevaba muerta un par de días. Hicieron un pequeño hueco en la tierra y la sepultaron. Dejaron su pasaporte sobre la arena que la cubría por si alguien la conocía y que pudiera comunicarlo a la familia. También supo de mujeres que parieron en el camino y abandonaron a sus hijos para poder llegar. Un horror inimaginable.
En Argelia muchos como él buscaron la ruta del ferrocarril más largo del mundo, que les llevaría a Marruecos. El tren pasaba más lento por una zona de precipicios, tenían que saltar en marcha, calcular bien, agarrarse donde pudieran, con el riesgo de caer al vacío si no lo conseguían. Allí moría mucha gente, pero él pudo encaramarse y subir a un vagón de transporte.
Un año y medio después de salir de su ciudad logró subir a una patera. No quise preguntar cómo consiguió los mil doscientos euros para obtener una plaza en una barca hinchable que había que desaguar con un cubo desde la salida de la playa. La manejaba un subsahariano que se había preparado para ello. Las mafias ya no suben pilotos que los conduzcan hasta España, sino que forman a alguno de los pasajeros para ello, además de darle el número de teléfono de la Cruz Roja española, a la que avisan cuando ya están cerca.
Contó la alegría que sintieron en el interior del barco cuando se les acercó un delfín. Todos saben que avistarlo es señal de que las aguas están limpias y van a llegar a tierra. El mismo cetáceo les indicó el camino. Se emocionaba al relatarlo. Poco después la llamada telefónica iniciaba la llegada a su nuevo y decepcionante mundo.
Ocho años ha pasado desde aquello. Cuando puede envía dinero para que sus primos puedan continuar estudiando. Y sueña con que algún día él les pueda pagar un pasaje de avión para traerlos a España, porque nunca permitiría, si ello es posible prohibir, que ellos hicieran el camino que él recorrió.
Se llama Godwind, el viento de Dios. Jamás vi un nombre tan bonito. El viento de Dios vino a parar aquí. Lo trajo su delfín.

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