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Ya viene el sol

Dakar o Montmeló

Lo que relata este artículo lo firma alguien que lleva veintidós años enseñando en másters de atención farmacéutica, que lo ha hecho en varias universidades españolas y también en no pocas de América Latina y Portugal, así que algo sé de esto.

Dicen que a los profesores debemos calificarlos por la excelencia de sus alumnos, por crear escuela, por transformar la materia que imparten y dar sentido a cualquier ejercicio profesional y, por ende, a la sociedad a la que sirven. Por ello, es posible que no exista nadie peor que un servidor, aunque, obvio es decirlo, también me acompañen en este indeseable pódium más de uno y más de dos. Lo más grave es que todos seguimos ahí, a modo de oxímoron docente, porque al ser tan malos no hay nadie que se interese por el tema, así que no queda más remedio que repitamos los mismos hasta que nos jubilemos, siempre y cuando no nos empecinemos en persistir más allá, aduciendo méritos que no sabría yo justificar sin que se me cayera la cara de vergüenza, propia y ajena.

Desgraciadamente, el problema no se puede atribuir en exclusiva a quienes decimos enseñar en posgrado. Cada curso que comienza aparecen similares alumnos, con los mismos prejuicios hacia los pacientes, análogas poses de superioridad basadas en no sé qué conocimientos, y alzados sobre parecidos pedestales de barro no cocido. Estudiantes que, sin ser responsables de ello, tienen que desaprender lo aprendido antes de comenzar el proceso docente, si es que éste puede llegar a comenzar en algún momento.

Me viene a la memoria una pintada de la época de la Transición que decía, ante la decepción que produjo a algunos la democracia, aquello de «Contra Franco vivíamos mejor», que los de más edad recordarán. Esta irónica sentencia me recuerda el momento que vivimos en la farmacia, por mi añoranza de aquellos tiempos en los que la dirigencia profesional se oponía a la atención farmacéutica. Sí, contra la atención farmacéutica vivíamos mejor. Creo no exagerar si afirmo que no hubo peor momento para la disciplina que aquel en el que la profesión decidió que ése era su futuro y se empeñó en destrozarlo. A partir de ahí todo se desfiguró y optamos por una senda acelerada hacia ninguna parte, cada vez a más velocidad.

Hoy día, la atención farmacéutica se parece más a una carrera de Fórmula 1, en la que unos pilotos corren a toda velocidad, arriesgando su vida, la de la profesión, para acabar en el mismo punto de partida después de haber malgastado cantidades ingentes de energía. Tanto esfuerzo para llegar al mismo sitio donde se empezó.

La profesión eligió correr en Montmeló en lugar de hacer el Dakar. Escogió correr en círculos a toda velocidad en lugar de aventurarse a explorar caminos inexplorados en los que la resistencia y la intuición, junto a la capacidad de tomar decisiones drásticas, la podrían haber llevado a encontrar un nuevo destino.

Aficiones hay para todos los gustos y, líbreme Dios, no voy a obligar a nadie a preferir la aventura a la velocidad. El problema es que quienes han preferido la Fórmula 1 al Dakar, además de hacer carreras en círculos compiten sobre vehículos obsoletos, incapaces de alcanzar una mínima velocidad que permita mantener esperanza alguna de victoria, por muchas pegatinas y alerones que adhieran a sus automóviles. Sí, el nuestro se parece más al de Pierre Nodoyuna. Quizá los más jóvenes tengan que buscar en Internet quién era este señor, pero los que aún tratamos de exprimir aquel bote que se abrió hace al menos veinticinco años, seguro que saben a quién me refiero.

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Manuel Machuca González

https://manuelmachuca.me

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