Tertulia de rebotica

Tertulia de rebotica

Artículos de opinión del farmacéutico y escritor Raúl Guerra Garrido

La tranquilidad ante la sentencia del Destino y la agoniosa necesidad de forzar el fallo del Planeta. Mientras abro los regalos de Reyes, algunos libros. MIGUEL DELIBES. Cuando en 1955 se presentó al premio Nadal era un joven vallisoletano, burgués y universitario con esa tililante duda entre opciones propia de quien está seguro de sí mismo sin haber superado aún ninguna piedra de toque. Era periodista pero quería ser escritor y quería conseguirlo con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, no su mejor novela pero sí su mejor título. De no ganar el premio de la editorial Destino renunciaría a su carrera de novelista y se dedicaría a sus otros afanes entre los cuales el de periodista era previsible y el de cazador ineludible. Aceptaría el fallo, de no ser distinguido entre iguales para qué insistir. En aquellos años el Nadal concedía, como la cartilla militar al recluta, un «el valor se le supone» referido a la palabra escritor. Dado su carácter serio, sosegado y liberal es de suponer que Delibes, de no haber ganado el premio, sostuviera su criterio de renunciar a una de sus más caras vocaciones. Para fortuna de las letras españolas no fue así, ganó el cazador de palabras de un mundo castellano viejo que agoniza: «En la coquina de la ribera había ya chiribitas y matacandiles trómpanos. Una ganga vino a tirarse a la salina pero viró al guiparnos. Sólo se sentían los alcaravanes al recogerse. Así, como nosotros, debió de sentirse Dios al terminar de crear el mundo». INES PALAU. Cuando en 1975 se presenta al premio Planeta es una mujer de cincuenta cumplidos, molturada por las circunstancias y aventada de sí misma por el amor, se siente «hundida en la abyección» en una espiral de delitos, drogas y erotismo de la que solo puede liberarse mediante la literatura y está dispuesta a pagar por ello un precio inimaginable. Junto al manuscrito de Operación Dulce (asalto a un banco tan detallado que la hace sospechosa de haber participado en el mismo), envía al editor Juan Manuel Lara una carta: «Le pongo en bandeja de plata el mayor éxito editorial de su carrera». Confiesa que la vida le ha convertido en un despojo bastardo y cómo entró blanca en prisión y salió con el alma negra, también su indeclinable amor por Senta, la Vicenta, a quien dedica la novela planetaria. Todo eso lo cuenta en una novela anterior, Carne apaleada, puro sentimiento y realismo social, memorable por la descripción del espanto delictivo cuando aún estaba vigente la ley de Vagos y Maleantes. Ese continuo peregrinaje por coches celulares, comisarías y encarcelamientos. El éxito que ofrece a la morbosidad publicitaria del premio es su suicidio y, en efecto, un día antes del fallo se arroja al paso de un tren cargando la suerte del morbo al hacerlo de forma infrecuente, situándose a lo largo de un solo rail con lo cual en aquellas fechas desaparece toda posibilidad de autopsia. No gana el premio, la anécdota del suicidio es difícil de digerir, pero la novela se publica haciendo constar en la solapa que llegó hasta la penúltima votación. Gana Mercedes Salisachs con La gangrena, con el obsceno exhibicionismo de cómo la sociedad bienpensante digiere mejor los deslices de las altas esferas que los de los bajos fondos. No digamos los de una tríbada descarriada. En la presentación de la novela, las lágrimas de Senta profetizaron hasta donde podría llegar en el futuro la televisión basura. Eso es amor, quien lo probó lo sabe: «Me necesitaba y no podía fallarle, aunque a la hora de la verdad no fuera más que su paño de lágrimas. El árbol del cual hiciera leña. El césped que pisara. La copa que vaciara. No me importaba. Yo debía estar a su lado como un perro fiel y amigo. Amor no es dar sino darse».
Coincidencias, a la salida de la Biblioteca Nacional me encuentro con Rubén Caba y los componentes del Capítulo de Cofradías de la Zambomba de la Alcarria y resulta que todos hemos quedado para comer en el mismo sitio, ahí enfrente, en el café Gijón.
(Son retazos, retahílas, restos para saldo y liquidación del bloc de notas porque ya estás en otra cosa, pero esas breves anotaciones que no has utilizado podrían ser fundamentales, o prácticas, o simplemente divertidas en otro contexto y con ellas, ¿por qué no?, formalizar una tertulia quizás interesante. Lo hago)
Ayer, al mediodía, en el metro, un señor se me aproxima y dice: «Disculpe, caballero, se parece usted tanto a mi amigo Raúl que quizá lo sea». Desconcertado replico: «Posible amigo, he cambiado tanto que no le reconozco, ¿quién es usted?». Con independencia del desenlace, la anécdota me trasladó al mar de ignorancia que me va anegando y que descubro viene de lejos. Fama, prestigio y mérito debieran estar más ponderados y el mérito primar. Fue un ligero desconcierto que acrecentó mi irritación por a estas alturas del partido (estoy en los penaltis y ya he fallado dos) descubrir a dos ilustres imprescindibles de nuestra cultura, síntesis de las dos culturas, las humanidades y la ciencia. Me refiero a Raymond Roussel (1877-1933) y a Nikola Tesla (1856-1943). El museo Reina Sofía, en la exposición Locus Solus, nos exhibe el fascinante universo de un autor con influencia capital en los movimientos artísticos y literarios de las vanguardias europeas a través de sus personajes turbios y máquinas solteras. Duchamp y su contrapunto Dalí, Ernst, Man Ray, Picabia y otros muchos hasta el cronopio Julio Cortázar, se declaran seguidores de Roussel e influidos de una u otra forma. De él se han dicho cosas tan encantadoras como: «El presidente de la república de los sueños», «El mayor hipnotizador de los tiempos modernos», «Quien huye de la realidad y se refugia en la concepción». También «el ojo pegado al microscopio» y mira por dónde, nunca mejor dicho, de su descripción minuciosa de objetos nimios surgió entero el Nouveau roman capitaneado por Robbe-Grillet. Me irrita este desconocimiento solo en parte abandonado. De un dandy millonario y dadivoso para el arte, sumamente intuitivo y con suficiente desfachatez para en su testamento revelarnos su «especial procedimiento de escritura». Más o menos: Pariente de la rima, se apoya en combinaciones de palabras homófonas y en asociaciones de términos de doble sentido, en frases colocadas sin el menor azar al principio y final del relato en busca del palíndromo y la bifurcación continua de imagen e imaginación. Como su «estatua de ballenas de corsé» o su «gusano tocando la cítara». Más me irrita el desconocimiento del croata Tesla, antípoda mental de Roussel en el sentido de que todas sus disparatadas elucubraciones las convertía en realidades prácticas. Paradigma del inventor genial con nula perspicacia para los negocios, es el inventor de la corriente alterna. ¿Se imagina alguien nuestra civilización sin la corriente alterna? Perdió la «guerra de las corrientes» contra Edison y con la guerra la fama. A Edison sí le conocía, claro. Nicola fue un genio incomprendido pero ahora, más de un siglo después, cuando muchas de sus teorías visionarias sobre la comunicación inalámbrica y el uso responsable de la energía empiezan a conformar nuestra vida cotidiana, renace de sus cenizas aupado por el entusiasmo de (alguna) gente joven. De haber aterrizado últimamente en Bucarest su nombre me sonaría, el aeropuerto se llama Nicola Tesla. Ahora me suena porque en una visita a la editorial Turner me regalaron una autobiografía suya, a su aire, titulada Yo y la energía. Una vida que parece una novela de la mejor ciencia ficción. Le falló el experimento Filadelfia, un método para con la fuerza electromagnética de la gravedad hacer invisible a un barco, pero la leyenda urbana compensó con creces la experiencia pues hay testigos que juran que el barco fue teletransportado a otro lugar. Con el final de la Guerra Fría, y sobre todo con el reforzamiento de la conciencia ecológica, el nombre de Tesla quedó vinculado, además de a la corriente alterna, a la teoría de la conspiración que pretende silenciar que existe una forma gratuita y simple de energía. El ilustre desconocido que me abordó en el metro era nada menos que mi viejo amigo Rafa Castellano, el Ralph Castleman que con 18 años empezó a escribir en La Codorniz la serie de cuentos terroríficos «Tiemble después de haber reído». Nos fuimos a comer a La Favorita, curioso lugar.
No estamos para mucho, la turbulenta estela de la muerte de Steve Jobs por poco me hace olvidar que este año también se falló el premio Nobel de Literatura. Se lo han concedido al poeta sueco Tomás Tranströmer por «sus imágenes condensadas y traslúcidas, que dan un acceso fresco a la realidad», y el hombre, al recibir la noticia, con 80 años y afasia, comentó: «No creía poder llegar a vivir esto». Poco más sé de un poeta que no conocía ni de nombre y que hace realidad el estribillo que reiteramos anualmente, eso de que el Nobel hace que un escritor desconocido en su país pase de inmediato a ser desconocido en el mundo. Lo cual no quita para que esté esperando la edición de cualquiera de sus poemarios o la reedición de El cielo a medio hacer (Ed. Nórdica) donde, según mi fiable amigo Juristo, su poema Los recuerdos me miran, visión de la memoria es un tesoro de sutileza verbal y agudeza perceptiva. Que otros títulos sean Para vivos y muertos y sobre todo el espléndido Góndola fúnebre, me reiteran en que no está uno para muchos trotes por espectacular que sea el crepúsculo. Tras la estela de Steve Jobs, el hombre que le arrebató a Newton el logo de la manzana, me uno a su discurso de: «Recordar que van a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienen algo que perder (...) Su tiempo tiene límite, así que no lo pierdan viviendo la vida de otra persona (...) Tengan el valor de seguir su corazón e intuición que de alguna manera ya saben lo que realmente quieren llegar a ser». A lo que me opongo frontalmente es a la idea de que «la muerte es el principal medio de la vida para sostener el progreso». Creo que la conservación de la especie es pura naturaleza, es decir no ética, y que todos nuestros valores morales se centran en la vida individual de cada uno, uno a uno, tan frágil e irrepetible. De no ser así podría suceder la profecía de La galleta verde, en donde, con la disculpa de la superpoblación, al cumplir los 65 o aceptabas la eutanasia voluntaria o te convertías en fugitivo en busca y captura (eutanasia involuntaria). El progreso como satisfacción de necesidades conlleva el riesgo de las necesidades inventadas y ese es mi talón de Aquiles en este maravilloso crepúsculo en donde el amigo Jobs fue, y lo seguirá siendo por una larga temporada, el rey del mambo. No fue un creador en sentido estricto, un creativo, sino un recreativo que basándose en lo ya creado llegó desde su primer Macintosh a la tableta iPad, un centro multimedia y multitáctil para leer, ver, oír y navegar que me maravilla mucho y me desazona aún más. Las cosas, como las personas, las prefiero de una en una. La tecnología, la informática y la virtualidad acumuladas y simultáneas (casi) me transforman en un fugitivo de la tableta o galleta verde, prefiero la paloma mensajera al correo electrónico y me cuesta entender por qué no puedo comprar un teléfono móvil. Mejor dicho, lo entiendo perfectamente, es más negocio vender cinco juguetes juntos que uno solo, nadie me venderá jamás un artefacto que solo sirva par una función única. Los domingos no te venden el periódico si no compras además una serie de suplementos que a saber si te interesan. Y si te interesa uno tampoco te lo venderán solo. Es la marcha del más resplandeciente crepúsculo de la historia. Hace más de medio siglo que nadie puede comprar un litro de leche si no compra también el tetrabrik. A Steve Jobs le llamaron el inventor del futuro, aceptada a regañadientes tanta acumulación, lo único que le reprocho es que con sus juguetes no se opusiera a la obsolescencia programada y a la sistematización de la avería. En cualquier caso, no me lo hagan. Me está alcanzando la edad.
Acabo de leer en la revista Pliegos de Rebotica el lúcido y hermoso artículo de Santiago Cuéllar «Los modelos y la realidad» y en esta tertulia quisiera hablar de esa misma distorsión entre modelo y realidad pero, sobre todo, poner en evidencia la talla intelectual de Santiago, de entre los farmacéuticos que escriben quizás el más profundo ensayista, o sea, aportador de ideas o de nuevas asociaciones de ideas. La tesis del artículo se refiere a que casi toda la economía se basa en modelos, es decir, en versiones simplificadas de la realidad, a la que se pretende describir mediante procedimientos matemáticos más o menos complejos. Con el correlato de que la realidad es una complejidad de datos inabarcables, especialmente cuando entra en crisis. Cita de Krugman, nuestro economista de guardia: «El caos no planificado de una economía de mercado está mucho más organizado que la planificación de una economía centralizada». Y por desgracia que de una lateralizada. El problema suele consistir en que los modelos (económicos y los de otras áreas científicas) suelen estar hechos a la medida de sus propios autores y objetivos, y así todas las teorías son invulnerables desde sus propios axiomas de referencia. Por ejemplo: «Si todos los caballos sin excepción son blancos, mi caballo negro no es un caballo». No son certezas nuestros condicionantes y la realidad siempre nos impone tozudamente muchas más variables de las que consideramos a la hora de diseñar las ecuaciones de nuestro modelo; al fin y al cabo, cualquier modelo matemático es reduccionista por definición, por la misma razón que las cosas se caen al suelo, por la fuerza de la gravedad o por su propio peso. La dificultad de transferir lo real al modelo, es mi sugerencia, se pone de manifiesto en todo su esplendor si utilizamos el femenino, si en vez de los modelos hablamos de las modelos: arcangélicas y anoréxicas señoritas que envuelven sus huesos en transparencias para desfilar por la pasarela Cibeles. Cuerpos y telas difícilmente se pueden tomar como representación de la mujer a la que dicen quieren vestir. Con el complementario sarcasmo de que ahora, a las modelos, además de esqueléticas se les exigen curvas traseras y delanteras. La irrealidad está servida, o como dicen en Sitges: «la silicona es bona». La imposibilidad modélica, la de dar con un modelo que resista cuando las dificultades arrecian, es tal que ni siquiera podemos recrear nuestro propio pasado: el pasado siempre está en función del presente. Desde una perspectiva actual que interesada o errónea no escapa al etnocentrismo y cronocentrismo del ahora mismo. De ahí que el pasado sea cada vez más impredecible, nadie sabe quien va a ganar las próximas elecciones. Los economistas suelen tener más sentido del humor que los historiadores y es el mismísimo Keynes quien dice: «Los economistas somos especialistas en explicar concienzudamente por qué fallaron nuestras predicciones de forma tan estrepitosa». Los desplomes de la Bolsa son tan impredecibles como las victorias históricas, pero hay que adaptarse a cierta resignación activa, hemos de acostumbrar a nuestros hijos a aprender aunque no sean capaces de comprender porque, refugiémonos en Rabindranath Tagore, «Yo me acuerdo de muchas cosas que no comprendía y que, no obstante, me conmovieron profundamente». Por fortuna, y si uno se esfuerza, la comprensión llega con la madurez, cuando crecen la muela del juicio y la piedra de la locura. Creo que los tertulianos deberíamos frecuentar más a Santiago Cuéllar, su ¿Filosofía en el Siglo XXI?: las caras de la verdad, es un argumento irrebatible y lo tenemos al alcance de la mano en la impagable colección Pharma-ki que dirige nuestro común amigo José Vélez. Vivimos en una nube de incertidumbres, pero podemos elegir.
Los remedios medicamentosos, en especial los más milagrosos, suelen proceder más de botánica que de bestiario, de ahí mi fascinación por ese cocodrilo o caimán, a saber qué, tan ilustrativo de toda botica antigua o laboratorio alquimista. Con dos noticias que al confluir me conducen a su encuentro. La primera es ese formidable elefante patas arriba en equilibrio insólito sobre su trompa (creo que sus poderes terapéuticos no se reducen a los que la alegría de la imaginación procura, pero no estoy informado), obra en bronce de nuestro paisano Barceló y que acaba de instalarse en Nueva York. La segunda es que se va a celebrar algún aniversario redondo de Alvaro Cunqueiro, escritor que siempre me fascinó por su estilo imaginativo y por sostenerlo a contrapelo en un tiempo en donde primaba el vuelo ramplón de un realismo social mal entendido, la fantasía verbal era reaccionaria. Algo así. Pongamos el encuentro en el prodigioso libro Tertulias de boticas y escuela de curanderos (1976) en donde don Alvaro explicita en la dedicatoria: «A la memoria de mi señor padre, boticario en la antigua y episcopal ciudad de Mondoñedo». Según dice aprendió a deletrear en los rótulos del botamen familiar, desde el opio y la mirra a la menta y la glicerina y hasta le dio al molino de la mostaza, cerca del cual estaba la redoma de las sanguijuelas. «Y fue ahí donde se me aposentó en la imaginación una idea de las farmacias todas del mundo, que era mágica y fui curioso de ellas». Gracias a su curiosidad sé el porqué de la presencia del cocodrilo, especie de farmacopea ambulante, algo que se inicia en la farmacia de La Meca. Lo cuenta Ahmad el Gafiqui, el más célebre de los botánicos y farmacólogos de Al Andalus, al que le trajeron de La Meca, de la gran botica protegida por los califas, una uña del caimán que allí colgaba en el techo. Este caimán, como después el de todas las boticas renacentistas, había de ser de sexo masculino y virgen o, por lo menos, que no hubiese tenido contacto sexual alguno con mujeres. Relación extraña salvo cuando se nos informa de una tradición alejandrina recogida por Plinio, según la cual en el antiguo Egipto las mujeres se prostituían con los cocodrilos. Averroes es quien explica como el caimán era probado de virginidad introduciendo en sus testículos polvo de oro. Si el caimán no era virgen, el oro se disolvía, pero si no había usado comercio carnal, el oro era retirado después de una luna, brillantísimo, y puesto en bolitas, y pasando éstas por los ojos humanos, impedía la aparición de cataratas. El polvo de la piel del caimán era usado como somnífero y proporcionaba sueños favorecedores. Este mismo polvo, en infusión, frenaba la erisipela. La lengua sin sazonar era un potente afrodisíaco, tanto como el cuerno de rinoceronte, y también ayudaba a los senectos a conservar la memoria si con ella se sazonaban sesos de liebre hervidos. Sus aplicaciones terapéuticas siguen varias, cuasi infinitas, la uña purgante para combatir los estreñimientos producidos por la leche de camella, etc., y justifican por demás la presencia de ese cocodrilo en mi imaginario boticaril. Como no podía ser de otra forma, se dice que toda la farmacopea del caimán la trajeron a Europa los barones del Temple. La farmacopea del elefante está por describir, de su trompa corren leyendas inigualables (además de lo de dar suerte y alegrar el ánimo) y confío en que ahora, con su espectacular presencia en la ciudad de los rascacielos, alguien se anime. Quizás en una próxima tertulia.
No sé si fue Xavier Regàs o Carlos Barral, a mí me la recita José M.ª Calleja, el autor de una frase memorable: «Hemos venido a este mundo a pasar el verano». Supongo que se referían a una forma sosegada, placentera y libre de estar en el mundo y no al dislate veraniego que hay que padecer todos los años en julio y agosto. Me repito, mi verano es un buen día laborable y ventoso de otoño sin que nadie te atosigue en calle, bar o carretera, a pesar de lo cual en verano siempre regreso a El Bierzo, el hombre muere por hábito o el asesino siempre vuelve al lugar del crimen, necesito recargar mis ánimo y ánima con un buen chapuzón en el río Cúa a su paso bajo el puente de Cacabelos, un río al que según avanza le llaman Cúa, Sil, Miño y Atlántico. Ahí está mi adolescencia y uno es el río en que se baña de adolescente. Un verano de crisis económica y de disparates lúdicos que han culminado con el envenenamiento de dos jóvenes con el bebedizo de «la bruja hedionda» o alcoholato de estramonio, en una fiesta «rave», neologismo que define a la fiesta clandestina celebrada entre ruinas de insondable vulgaridad. A los farmacéuticos el caso del estramonio nos refresca recuerdos juveniles y botánicos a pesar de impagos y demás extravagancias de la crisis. La datura stramonium, también higuera loca y manzana espinosa, es solanácea cuyo fruto es una cápsula oval y erizada que contiene daturina, alcaloide narcótico y antiespasmódico que produce intoxicación atropínica. Hoy los jóvenes siguen metiéndose cualquier cosa en el cuerpo y no nos hacen caso a los mayores que recomendamos alcohol y tabaco, quejarse de su conducta es estéril, ya lo hizo Sócrates y hasta aquí llegamos. Pero no todo es vulgaridad, en el centro cultural Naraya, del Campo de Naraya, se programan en cine al aire libre sesiones de dos películas antitéticas que divierten cada una de por si y emparejadas generan reflexión. Asistí, ahí es nada, a las impagables El Ángel Exterminador (1962), de Luis Buñuel, y a Amanece que no es poco (1988), de José Luis Cuerda. En la primera los burgueses encerrados en el salón de la señorial casa no pueden abandonarlo a pesar de que eso es lo que quieren y ningún obstáculo se lo impide; en la segunda los ocasionales visitantes del pueblo no quieren abandonar a los disparatados lugareños pues se encuentran como en el hogar que nunca disfrutaron. Dos obras surrealistas en las antípodas una de otra que no quiero destripar sino recomendar a quien tenga la suerte de aún no haberlas visto. Con dos catas. La de Buñuel: Dos hombres son presentados y se estrechan la mano diciendo cada uno lo de encantado de conocerle; un instante después vuelven a encontrarse y se presentan de nuevo como si no se conociesen; en una tercera vez se saludan calurosamente como viejos amigos. La de Cuerda: Le dice el alcalde a uno de los forasteros, «le dije a usted, cuando me pidió permiso para ejercer de escritor en el pueblo, que era mejor que hiciese lo que hacen otros sudamericanos, que unos días van en bici y otros huelen bien. Y ahora me dicen que ha escrito usted Luz de agosto, la novela de Faulkner. ¡De William Faulkner! ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?» La angustia y la carcajada en programa doble fue una experiencia única para quien está trabajando en la encrucijada íntima del desplazado que llamamos outsider, y engarzó con otra más personal imposible. La de ver a mi nieto Luis, de catorce años, lanzándose desde el puente al Cúa en un tirabuzón impecable. El fulgor de un cuerpo glorioso volando con sus propias alas, la nostalgia. De chavales, cuando nos bañábamos en las mismas aguas, son las mismas, seguro, con el salto de despedida gritábamos: ¡El amergullo de Cristo, cojo la ropa y me visto! Entre la chopera y el humeral ni una mata de estramonio.
Creo que el fantasma de una gran preocupación recorre Europa. Dos ciudades han sido nombradas capitales culturales europeas en 2016 y sus ciudadanos están tan contentos como para no aguarles el entusiasmo, fervor que no comparto, no creo en ferias, fiestas y mercados a fecha fija, como para no aguarlo formulando la impertinente pregunta: ¿Recuerda usted qué ciudades fueron capitales de la cultura europea el año pasado en Mariembad? Una de ellas es Wroclaw y no consulto a Wikipedia sino a Nerea Azurmendi. Se trata de una ciudad de la Baja Silesia en el suroeste de Polonia y a orillas del río Oder. Su población es aproximadamente de 632.147 personas. La ortodoxia lingüística de la RAE, al nombrarla, recomienda primar la versión castellana de su topónimo en alemán, Breslau, pero ellos prefieren llamarse Wroclaw, en polaco, porque ahora son polacos. Su historia es tan fascinante y convulsa como lo ha sido el devenir de toda Europa Central. Una historia que, desde la Edad Media, ha convertido a la cuarta ciudad más poblada de Polonia en un auténtico cruce de caminos y de intereses, de propiedades y de propietarios, cambiándose de mano en mano como «la falsa monea» desde los mongoles a los soviéticos, solo que no es falso su patrimonio artístico y cultural sino todo lo contrario. Ese patrimonio y la ciudad entera a duras penas sobrevivieron a los embates de la II Guerra Mundial, una contienda que el lugar comenzó siendo alemán y terminó, acuerdos de Yalta y Postdam mediante, volviendo a ser polaco. Dice Nerea, contando desgracias. Si los bombardeos devastaron la ciudad y el Ejército Rojo redondeó la maniobra saqueando y quemando lo poco que quedaba en pie, la posguerra no fue más amable, y se saldó con la deportación de los más de 500.000 habitantes de origen alemán de un enclave que los nuevos dirigentes comunistas querían enteramente polaco. Una perplejidad fronteriza típicamente europea. La otra ciudad elegida como capital europea de la cultura en el 2016 (largo me lo fiáis) es española, San Sebastián, y como la polaca con dualidad de nominación. En el habla popular guipuzcoana es Donosti y en madrileñismo Sanse (antes Sansestabién) y oficialmente Donostía-San Sebastián. En algunos remites aparece como Sn.Sn. No hay muchos puntos de contacto entre las dos capitales culturales separadas por poco más de 2.000 kilómetros, hay ciertos paralelismos, eso sí, pero dada la conflictividad histórica más vale no metaforizarlos y sólo recordar un encuentro, de fútbol, entre el Slask Wroclaw y la Real Sociedad que ganó el equipo realista eliminando al polaco de la copa de la UEFA. Poco sabemos los unos de los otros y poco sabe nadie de los fastos de tan pasajeras capitalidades, simple excusa turística. En tiempos reticulares de Internet y más, acontecimientos similares a «exposición universal» resultan un sarcasmo salvo para muñidores de presupuestos y agencias de viajes. A título de ejemplo otra impertinencia: ¿Qué fue aquello del Agua en Zaragoza? Para quien confía más que en la publicidad en el boca a oído, no digamos en el boca a boca, todos estos fastos no son más que toreo de salón. Decía que el fantasma de una gran preocupación cultural recorre Europa, y es que el intendente de Donostía-San Sebastián sólo quiere invertir en fiestas euskéricas y populares.

Es cierto que cada vez con más frecuencia se me va el santo al cielo, se está oscureciendo y haciéndose tan compleja la realidad que no es el santo sino el sueño, o sea su falta, quien me lleva al cielo en busca de remedio, entretenimiento en busca y captura de las nubes.

O el hombre ante la naturaleza salvaje. O ante lo que pueda quedar de una naturaleza virgen. O ante esa naturaleza que compone un paisaje. Siempre me gustó decir que «el paisaje es un fenómeno cultural» por aquello que, como en la fotografía, supone una selección parcial y un punto de vista particular, y ahora me siento reconfortado al encontrar mi opinión, expuesta con docta voz, en el entretenido y profundo ensayo de Remo Bodei, Paisajes sublimes, traducido del italiano por María Condor y editado por Siruela. A los tres les cedo la palabra, más o menos.

Casi al final de la escapada se hace difícil, pero entrañable, el recapacitar sobre el pistoletazo de salida de este maratón. Todos estudiamos Farmacia y si ahora recapacito sobre sus salidas es por oponerme a ese pesimismo reinante de que no hay más salida que la oficina de farmacia. Leer más..
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