Tertulia de rebotica

Tertulia de rebotica

Artículos de opinión del farmacéutico y escritor Raúl Guerra Garrido

Anécdotas personales. Un día del pasado mes de octubre los farmacéuticos catalanes hicieron huelga para que se les abonara lo que la Seguridad Social les debía, en esa misma fecha el novelista Javier Marías rechazó el premio Nacional de Narrativa concedido a su novela Los enamoramientos por el Ministerio de Cultura: «El Estado no tiene por qué darme nada por ejercer mi tarea de escritor (...) siempre he rechazado toda remuneración que procediera del erario público».
Para facilitar la resaca de tanto outsider, una tertulia sobre cómo la Real Academia Española (la de la Lengua, of course) incorpora a su diccionario anglicismos y neologismos de origen anglosajón. De una charla con un viejo amigo, Darío Villanueva, secretario de la RAE.
Nada debería hablar de él puesto que no le he leído. De él dicen que se pasó años haciéndose pasar por mudo y él dice de su niñez solitaria que hablaba con las vacas. Se llama Guan Moyé y desde su primera obra utiliza el seudónimo Mo Yan, que en su chino natal significa «no hables».
Cuando Roque nació, hace ahora dos años largos, su primo Lucas le recibió con un eufórico: «Roque, bienvenido a Madrid». De inmediato le corrigió Martín, hermano de Roque: «No, bienvenido a la Tierra».
Uno es, dicen, de donde hace el bachiller, pero he vuelto a esa esquina de mi colegio y es un Hipercor. Veinte años son nada, cantan, pero son la mitad de mi ausencia y los condiscípulos supervivientes están muy mayores, lo son, charlamos de enfermedades y nietos y nunca de chicas.
En tiempo de crisis magia e imaginación compiten en busca del remedio instantáneo que siempre tiene algo en común, un cierto grado de encanallamiento. Estamos recuperándonos del trauma posvacacional y son tres anécdotas/remedios, sucesos veraniegos, los que propongo para retomar las tertulias con un toque de humor negro, cualquier otro sería de mal gusto.

 

Puede que mi pintor «encubierto» favorito sea Edward Hopper (1882-1967). En cubierta o portada la reproducción de alguno de sus cuadros. El magnetismo de su equívoco realismo me fascina y en su día elegí para la portada de mi Copenhague no existe, para su edición de bolsillo, un fragmento de su Las once de la mañana.
...no tienes duda alguna sobre sus intenciones, en esta soledad inmensa repleta de coches, a estas horas de la noche para ti tan inhabituales, después de Rigoletto y después de rompiendo tu costumbre unas copas con los amigos hasta tan tarde,
Utilicemos el cine como metáfora o parábola. La película más censurada del mundo, Freaks, de Tod Browning, de 1932 y que no se estrenó hasta el 60, transformada en casi un cortometraje. En España en 1970, en la Semana del Cine Fantástico de Sitges, con el título de La parada de los monstruos.
Soliloquio de licántropo insomne en el balcón de su casa, inviable edificio racionalista de ladrillo visto. Pongamos que se titula «Paisaje nocturno, urbano, madrileño», relato inédito que nunca se publicará porque quizá no tenga ánimo, o mala uva, para escribirlo. Cuando les vi el vagabundo ya estaba en el cajero. Un matrimonio muy mayor, septuagenario supongo, elegantes, bien vestidos, de andares equívocos. Me acuesto tarde, serían las tres de la mañana, según costumbre salí al balcón para contemplar la luna y encender el último pitillo de ayer. La calle silenciosa, apenas algún taxi de vez en cuando, y de solitaria se podían oír los pasos de los dos transeúntes. Les vi venir de lejos, elegantes, puede que demasiado abrigados para la fresca pero agradable noche. Él con gabardina larga, no de exhibicionista sino de todo lo contrario, la manejaba como disimulo. Ella igual, con un tres cuartos de fiesta no para exhibir sino para ocultar. Procuraban ocultar las bolsas de plástico que transportaban. Me llamaron la atención sus maniobras. Ya más próximos advertí que sus ropas eran vintage con su tiempo de esplendor ya caducado y los brillos del uso. Ropa pulcra, cuidada, vieja. Sus maniobras describían perfectamente su actual tragedia. Se paraban ante el contenedor de la basura de cualquier bar, cafetería o restaurante y era él quien separaba, indagaba. Seleccionaba con meticulosa precisión los desperdicios alimentarios. Los vegetales como restos de lechuga, trozo de colifor, rodaja mínima de tomate... a la bolsa de verduras. La mujer, mientras, sostenía las bolsas, carpetas de un fichero esencial, con movimientos de ofrecimiento, apertura y cierre no menos precisos. Hueso con restos de pollo, reborde grasiento de filete, piltrafa de bacon... a la bolsa de carnes. Distinguí dos bolsas más, frutas y pescados, y una complementaria para la prensa: páginas arrugadas del público, del país, del mundo. Se avergonzaban de lo que hacían pero lo hacían con la serena profesionalidad con la que habían ejercido en otro tiempo su trabajo de ejecutivos y lo imaginé en una inmobiliaria internacional. Les supuse cultos, simpáticos y viajados. Si un coche les iluminaba con sus faros detenían su acción y cubrían las bolsas con sus largas ropas de abrigo. Si algún noctámbulo de resaca, o paseante de perro, se cruzaba en su camino repetían la estrategia. En esas pausas parecían sufrir. En un momento más delicado, un grupo de amigos despidiéndose sin terminar de hacerlo, repitieron la maniobra y justificaron su detenimiento señalando él un punto de supuesto interés en la fachada del edificio de enfrente y asintiendo ella con afirmativos movimientos de cabeza, hablando los dos en voz queda a saber de si miré los muros de la patria mía o mira ese balcón en la fachada de ladrillo mudéjar del edificio racionalista. Pude contemplar sus rostros pero no les identifiqué, no serían del barrio y tampoco ninguna otra noche les había visto. Supongo se afanarían por calles alejadas de su hogar, apartamento ya sin calefacción y con los muebles de estilo en la almoneda, precisamente para no ser reconocidos. Supuse la incomodidad de cambiar de barrio cada noche. Tardaron lo suyo en desaparecer de mi campo de visión, era tan lento su minucioso escrutinio. Cuando apagué la colilla para irme a dormir, el huésped del cajero del BBVA de enfrente llevaba horas roncando. Pasó una sirena arrastrando tras de si dos coches de policía y una ambulancia. Tomé un stilnox y me metí en la cama.
Siempre he tenido debilidad por los fumadores de puros, de ahí que entre los escritores asmáticos prefiera a Lezama Lima sobre Marcel Proust y que hiciera buenas migas con Cabrera Infante y no con Groucho Marx, que los esgrimía sin encender. A propósito del doctor Javier Puerto Sarmiento, catedrático de Historia de la Farmacia en la Complutense, director del museo de la Farmacia Hispana, bibliotecario de la Real Academia Nacional de Farmacia, buen fumador de habanos y a punto de ser recibido como académico de la Real Academia de la Historia. Para celebrar en la tertulia un ingreso que a todos los contertulios alegra y prestigia. No todos los días ingresa un boticario en una academia no farmacéutica. Como no podía ser de otra forma, su discurso de ingreso versará sobre la intrincada senda de la historia de la farmacia y de la ciencia, lo aguardamos impacientes. Nuestro hombre, tras una juventud de melena larga, se ha convertido en un sabio de reflexión inteligente, de imaginación audaz, sensible a la desdicha ajena y de un valor suicida pues casi eutanasia es el escribir novelas siendo catedrático de Ciencias. Quizá la Historia sea la coartada que le ha salvado, los iniciados saben que la Historia es un subgénero novelesco en dura competencia con la ciencia-ficción: el pasado cada vez es más impredecible. Investigador y escritor infatigable. Del alfaguara de su producción (me atrevo a aventuras sin más base que mi prejuicio) son dos textos los que han decidido su merecido y meritorio ingreso en la Academia de la Historia. El hijo del centauro, quizá la mejor novela histórica española del siglo XX; y sin duda la más original e insólita biografía de Felipe II, La leyenda verde. Naturaleza, sanidad y ciencia en la corte de Felipe II, iluminadora de la desconocida cara positiva de un rey siempre visto y vestido de negro, leyenda incluida. Por ser en feliz intertextualidad el mismo ámbito en ambas obras, en ficción desmedida la primera y en documentadísimos datos la segunda. En la novela. En 1601, Juan Garci, hijo de una ramera y de un cazador de centauros, bajó del monte para emplearse como aprendiz de la mejor botica de Castilla. Años después sirvió al Emperador en la Nueva España, primero como soldado y luego como secretario del Virrey, escudero y correveidile, para más tarde volver a la Península y ocupar el honroso puesto de ayudante de un destilador de Felipe II. En la biografía los morteros y alambiques continúan en busca de la destilación suprema de quintaesencias, o sea de la verdad, conscientes él y el rey, entre el esfuerzo y el asombro, de que el conocimiento no se compra, se merece. Felipe II preocupado por la alquimia, las ciencias naturales y los parques ecológicos, la leyenda verde contra la leyenda negra. Conjugar amenidad y rigor es un don que los dioses solo conceden a los elegidos que se lo trabajan donosos y denodadamente como Javier Puerto. Pintoresco botón de muestra de esta dualidad es esta pieza para el zoo de Aranjuez: «San Isidoro confundía al unicornio con el rinoceronte. De ese animal torpe y furibundo teníamos noticia por el portugués Cristóbal de Acosta, merced a un libro publicado en la ciudad de Burgos, y luego, cuando el Reino de Portugal pasó a nuestra corona, porque le enviaron al monarca una de esas fieras de sus posesiones africanas» (Acontecimiento que nomina una calle de Madrid: Abada es rinoceronte en portugués colonial). Quede aquí constancia agradecida de quienes lúcidos propusieron la candidatura de nuestro colega: José Alcalá Zamora, Faustino Menéndez Pidal y Carlos Martínez Shaw. Y regocijémonos todos en su éxito.
Señoras y señores, hoy, con nosotros, presidiendo esta tertulia, el amigo José María Fernández Nieto. Farmacéutico y poeta, acaba de recibir un galardón de excelencia, el Premio de las Letras de Castilla y León, tierra de escritores, de poetas como Antonio Colinas y novelistas como Luis Mateo Díez, anteriores ganadores del mismo premio.
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