Tertulia de rebotica

Tertulia de rebotica

Artículos de opinión del farmacéutico y escritor Raúl Guerra Garrido

En tiempo de crisis magia e imaginación compiten en busca del remedio instantáneo que siempre tiene algo en común, un cierto grado de encanallamiento. Estamos recuperándonos del trauma posvacacional y son tres anécdotas/remedios, sucesos veraniegos, los que propongo para retomar las tertulias con un toque de humor negro, cualquier otro sería de mal gusto.

 

Puede que mi pintor «encubierto» favorito sea Edward Hopper (1882-1967). En cubierta o portada la reproducción de alguno de sus cuadros. El magnetismo de su equívoco realismo me fascina y en su día elegí para la portada de mi Copenhague no existe, para su edición de bolsillo, un fragmento de su Las once de la mañana.
...no tienes duda alguna sobre sus intenciones, en esta soledad inmensa repleta de coches, a estas horas de la noche para ti tan inhabituales, después de Rigoletto y después de rompiendo tu costumbre unas copas con los amigos hasta tan tarde,
Utilicemos el cine como metáfora o parábola. La película más censurada del mundo, Freaks, de Tod Browning, de 1932 y que no se estrenó hasta el 60, transformada en casi un cortometraje. En España en 1970, en la Semana del Cine Fantástico de Sitges, con el título de La parada de los monstruos.
Soliloquio de licántropo insomne en el balcón de su casa, inviable edificio racionalista de ladrillo visto. Pongamos que se titula «Paisaje nocturno, urbano, madrileño», relato inédito que nunca se publicará porque quizá no tenga ánimo, o mala uva, para escribirlo. Cuando les vi el vagabundo ya estaba en el cajero. Un matrimonio muy mayor, septuagenario supongo, elegantes, bien vestidos, de andares equívocos. Me acuesto tarde, serían las tres de la mañana, según costumbre salí al balcón para contemplar la luna y encender el último pitillo de ayer. La calle silenciosa, apenas algún taxi de vez en cuando, y de solitaria se podían oír los pasos de los dos transeúntes. Les vi venir de lejos, elegantes, puede que demasiado abrigados para la fresca pero agradable noche. Él con gabardina larga, no de exhibicionista sino de todo lo contrario, la manejaba como disimulo. Ella igual, con un tres cuartos de fiesta no para exhibir sino para ocultar. Procuraban ocultar las bolsas de plástico que transportaban. Me llamaron la atención sus maniobras. Ya más próximos advertí que sus ropas eran vintage con su tiempo de esplendor ya caducado y los brillos del uso. Ropa pulcra, cuidada, vieja. Sus maniobras describían perfectamente su actual tragedia. Se paraban ante el contenedor de la basura de cualquier bar, cafetería o restaurante y era él quien separaba, indagaba. Seleccionaba con meticulosa precisión los desperdicios alimentarios. Los vegetales como restos de lechuga, trozo de colifor, rodaja mínima de tomate... a la bolsa de verduras. La mujer, mientras, sostenía las bolsas, carpetas de un fichero esencial, con movimientos de ofrecimiento, apertura y cierre no menos precisos. Hueso con restos de pollo, reborde grasiento de filete, piltrafa de bacon... a la bolsa de carnes. Distinguí dos bolsas más, frutas y pescados, y una complementaria para la prensa: páginas arrugadas del público, del país, del mundo. Se avergonzaban de lo que hacían pero lo hacían con la serena profesionalidad con la que habían ejercido en otro tiempo su trabajo de ejecutivos y lo imaginé en una inmobiliaria internacional. Les supuse cultos, simpáticos y viajados. Si un coche les iluminaba con sus faros detenían su acción y cubrían las bolsas con sus largas ropas de abrigo. Si algún noctámbulo de resaca, o paseante de perro, se cruzaba en su camino repetían la estrategia. En esas pausas parecían sufrir. En un momento más delicado, un grupo de amigos despidiéndose sin terminar de hacerlo, repitieron la maniobra y justificaron su detenimiento señalando él un punto de supuesto interés en la fachada del edificio de enfrente y asintiendo ella con afirmativos movimientos de cabeza, hablando los dos en voz queda a saber de si miré los muros de la patria mía o mira ese balcón en la fachada de ladrillo mudéjar del edificio racionalista. Pude contemplar sus rostros pero no les identifiqué, no serían del barrio y tampoco ninguna otra noche les había visto. Supongo se afanarían por calles alejadas de su hogar, apartamento ya sin calefacción y con los muebles de estilo en la almoneda, precisamente para no ser reconocidos. Supuse la incomodidad de cambiar de barrio cada noche. Tardaron lo suyo en desaparecer de mi campo de visión, era tan lento su minucioso escrutinio. Cuando apagué la colilla para irme a dormir, el huésped del cajero del BBVA de enfrente llevaba horas roncando. Pasó una sirena arrastrando tras de si dos coches de policía y una ambulancia. Tomé un stilnox y me metí en la cama.
Siempre he tenido debilidad por los fumadores de puros, de ahí que entre los escritores asmáticos prefiera a Lezama Lima sobre Marcel Proust y que hiciera buenas migas con Cabrera Infante y no con Groucho Marx, que los esgrimía sin encender. A propósito del doctor Javier Puerto Sarmiento, catedrático de Historia de la Farmacia en la Complutense, director del museo de la Farmacia Hispana, bibliotecario de la Real Academia Nacional de Farmacia, buen fumador de habanos y a punto de ser recibido como académico de la Real Academia de la Historia. Para celebrar en la tertulia un ingreso que a todos los contertulios alegra y prestigia. No todos los días ingresa un boticario en una academia no farmacéutica. Como no podía ser de otra forma, su discurso de ingreso versará sobre la intrincada senda de la historia de la farmacia y de la ciencia, lo aguardamos impacientes. Nuestro hombre, tras una juventud de melena larga, se ha convertido en un sabio de reflexión inteligente, de imaginación audaz, sensible a la desdicha ajena y de un valor suicida pues casi eutanasia es el escribir novelas siendo catedrático de Ciencias. Quizá la Historia sea la coartada que le ha salvado, los iniciados saben que la Historia es un subgénero novelesco en dura competencia con la ciencia-ficción: el pasado cada vez es más impredecible. Investigador y escritor infatigable. Del alfaguara de su producción (me atrevo a aventuras sin más base que mi prejuicio) son dos textos los que han decidido su merecido y meritorio ingreso en la Academia de la Historia. El hijo del centauro, quizá la mejor novela histórica española del siglo XX; y sin duda la más original e insólita biografía de Felipe II, La leyenda verde. Naturaleza, sanidad y ciencia en la corte de Felipe II, iluminadora de la desconocida cara positiva de un rey siempre visto y vestido de negro, leyenda incluida. Por ser en feliz intertextualidad el mismo ámbito en ambas obras, en ficción desmedida la primera y en documentadísimos datos la segunda. En la novela. En 1601, Juan Garci, hijo de una ramera y de un cazador de centauros, bajó del monte para emplearse como aprendiz de la mejor botica de Castilla. Años después sirvió al Emperador en la Nueva España, primero como soldado y luego como secretario del Virrey, escudero y correveidile, para más tarde volver a la Península y ocupar el honroso puesto de ayudante de un destilador de Felipe II. En la biografía los morteros y alambiques continúan en busca de la destilación suprema de quintaesencias, o sea de la verdad, conscientes él y el rey, entre el esfuerzo y el asombro, de que el conocimiento no se compra, se merece. Felipe II preocupado por la alquimia, las ciencias naturales y los parques ecológicos, la leyenda verde contra la leyenda negra. Conjugar amenidad y rigor es un don que los dioses solo conceden a los elegidos que se lo trabajan donosos y denodadamente como Javier Puerto. Pintoresco botón de muestra de esta dualidad es esta pieza para el zoo de Aranjuez: «San Isidoro confundía al unicornio con el rinoceronte. De ese animal torpe y furibundo teníamos noticia por el portugués Cristóbal de Acosta, merced a un libro publicado en la ciudad de Burgos, y luego, cuando el Reino de Portugal pasó a nuestra corona, porque le enviaron al monarca una de esas fieras de sus posesiones africanas» (Acontecimiento que nomina una calle de Madrid: Abada es rinoceronte en portugués colonial). Quede aquí constancia agradecida de quienes lúcidos propusieron la candidatura de nuestro colega: José Alcalá Zamora, Faustino Menéndez Pidal y Carlos Martínez Shaw. Y regocijémonos todos en su éxito.
Señoras y señores, hoy, con nosotros, presidiendo esta tertulia, el amigo José María Fernández Nieto. Farmacéutico y poeta, acaba de recibir un galardón de excelencia, el Premio de las Letras de Castilla y León, tierra de escritores, de poetas como Antonio Colinas y novelistas como Luis Mateo Díez, anteriores ganadores del mismo premio.
El teatro Valle-Inclán está en la plaza de Lavapiés, la plaza no hay quien la reconozca pero sigue siendo la de siempre salvo que con la mayor concentración de restaurantes indios por metro cuadrado del mundo, todos con menú tandori, curry y vegetal. En el teatro representan una obra de Peter Handke de estimulante título: Las personas no razonables están en vías de extinción. Me gusta Handke, autor viajero, durante muchos años persona sin remite postal, un irónico al que lo de «personas no razonables» se le va hasta el sarcasmo. Dirige Lluís Pasqual (el del Lliure) y dice que se preguntó: ¿Tiene algo que decir el teatro acerca de la actual crisis de la economía y de otros valores intangibles? Y eligió esta función en donde el protagonista, un tal Quitt, es el gran tiburón capitalista, rey del monopolio de todos los monopolios: alguien en busca del impulso de irracionalidad que dé sentido a su vida. Un ajuste de cuentas demoledor contra el capitalismo sin fronteras y un lamento porque la clase trabajadora ha perdido la palabra. Un texto y una representación impecables salvo que algo me desasosiega, algo muy similar a lo que me ha ocurrido en la plaza antes de entrar en el teatro. Algo «ya visto», un eco más que una voz, algo que despeja su duda cuando caigo en la cuenta de que la obra de Handke es de 1974. No está hablando de la crisis actual, por aquel entonces todavía estaba vigente el pensamiento aristotélico. Esa frase final de «Llega el tiempo de las máquinas de pensar y ya no habrá nada irracional» se habría escrito de otra forma. «El pensamiento artificial no evita que los problemas sigan siendo reales», podría haber escrito. Y el desenlace resulta anacrónico, los capitalistas desaforados ya no se suicidan por un exceso de éxito, eso ocurría hace un siglo y era por vergüenza si eran descubiertos no en su quehacer productivo sino en trapicheos financieros. Hoy el tiburón financiero es un prócer. El genio imaginativo del amigo Peter se conserva incólume en un detalle, un destello que me reconcilia con la obsolescencia de la obra. En sus grandes almacenes (una de sus infinitas empresas, las tiene hasta farmacéuticas y menos mal que ni las cita), para promocionar un producto lo incluye en la lista de best-sellers que exhibe en su mejor escaparate: «Lista de los diez productos más robados este mes». Fantástica idea aún no puesta en práctica por las grandes superficies. En paralelo, en otra noche de lluvia ácida, en el Teatro Guindalera, por el barrio de la Guindalera y entre establecimientos chinos, un espacio de privilegio para no más de 62 espectadores adictos, El fantástico Francis Hardy, curandero, del irlandés Brian Friel. Este dramaturgo semioculto, innovador del teatro de texto, nos habla aquí de la frágil dependencia del artista ante la casualidad del talento. Frank no tiene el don pero actúa como si lo tuviera y a veces, muy raramente, cura. La cosa acaba mal, como no podía ser de otra forma, pero lo más desolador es el pensamiento de Frank sobre su oficio de milagros a precio fijo, o la voluntad, depende. «Los pacientes no van al curandero como última esperanza, sino para conseguir convencerse de que ya no les queda ninguna esperanza». Algo también «ya visto» y anacronismo perenne. Al final, en el Guindalera te dan un aguardiente con guinda y puedes hablar con los artistas. Comentamos que sí, que las personas no razonables están en vías de extinción y las razonables ya extintas. Como dijo el farsante y atormentado Frank: «Las penas con whisky apenas».
Creo que la infantilización producida por los cachivaches de la tecnología aplicada es la única defensa contra el aluvión de malas noticias diarias. Mientras juegas con tu tableta electrónica parece que el mundo funciona, son solo averías técnicas. La corrupción es la mentira y sin mentiras ¿quién podría vivir? La verdad es una mentira que aún resiste. Dime que me quieres, miénteme, por favor. Lee en mis labios y oirás lo que quieres sentir. ¿A quién vas a creer, a tus ojos o a lo que yo te diga? Todos esos discursos de los próceres políticos, todos esos desfalcos que se producen por generación espontánea, tanta inconsecuencia en las predicciones meteorológicas y financieras. Ese disparate (utilicemos un refrán americano para no ofender) de creer en: «Lo que es bueno para la General Motors es bueno para Estados Unidos». Con trampas viejas se cazan zorros jóvenes, de ahí que traiga de nuevo, con alguna variante, mi viejo Decálogo de la función pública. Algo explica sobre la mentira con la que encantados nos complacemos por creer que hacemos:

– Sensata determinación de objetivos.

– Optimismo ante la bondad del proyecto.

– Desorientación en la puesta en marcha.

– Desconcierto en el modus operandi.

– Cachondeo por los primeros resultados fallidos.

– Búsqueda metódica de culpables.

– Sálvese quien pueda.

– Castigo ejemplar de inocentes.

– Recuperación del optimismo.

– Culminación tardía y defectuosa.

– Merecido ascenso a los no participantes.

El decálogo es parte de esas razones erróneas de por qué las cosas salen mal o cómo se entrelazan mentira, ineficacia y corrupción. Por otra parte, es un divertimento, pues es el único decálogo del mundo con nueve mandamientos. A veces la mala noticia también es divertida por más que sea índice de hasta qué punto vivimos inmersos en la falacia, la acabo de leer en El País: «El currículo de un investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales, organismo público dependiente del CSIC, está plagado de estudios inexistentes. Son publicaciones con nombres del tipo ´Distorcia y cesárea paradorsal en un caimán de anteojos´, pero cuando uno acude al número de la revista Journal of wildlife and zoo medicine en el que debería aparecer lo que se encuentra es ´Infección por Mycobacterium asiaticum en un titi de manos doradas´, realizado por investigadores de la Universidad de Florida». El que hasta nuestra bibliografía científica sea falsa es intelectualmente demoledor y demuestra que la demolición moral es ya un juego de niños de la que nos defendemos navegando por Internet. La de malabarismos que hay que hacer para no hablar de los políticos. La bibliografía científica era hasta hoy un baluarte de la verdad (con cierto narcisismo, con sus cosas, pero baluarte) y por contraste daba pie a la fastuosa bibliografía literaria, falsa pero verosímil y divertida, con que jugábamos los escritores tratando de imitar al genial Borges, iniciador del recurso. Por eso, amigo tertuliano, te agradecería que contases los mandamientos del decálogo, no estoy seguro de si son nueve o diez.

Me abriría las venas, haría cualquier cosa, pagaría lo que me pidieran, me encantaría es mejor expresión porque encantamiento sería la magia de vivir fuera de la realidad o revivir/releer ese fragmento de pasado cuyo valor supera con caras y cruces el del oro de las monedas de nuestra fragata Mercedes, rescatado o secuestrado por el Oddisey.
Sorpresas te da la vida. Como esa edición de Cuaderno Secreto, encargada por Cofares, conmemorativa de la concesión a quien esto escribe de la Medalla Carracido de Oro, máxima condecoración de la Real Academia Nacional de Farmacia.
La tranquilidad ante la sentencia del Destino y la agoniosa necesidad de forzar el fallo del Planeta. Mientras abro los regalos de Reyes, algunos libros. MIGUEL DELIBES. Cuando en 1955 se presentó al premio Nadal era un joven vallisoletano, burgués y universitario con esa tililante duda entre opciones propia de quien está seguro de sí mismo sin haber superado aún ninguna piedra de toque. Era periodista pero quería ser escritor y quería conseguirlo con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, no su mejor novela pero sí su mejor título. De no ganar el premio de la editorial Destino renunciaría a su carrera de novelista y se dedicaría a sus otros afanes entre los cuales el de periodista era previsible y el de cazador ineludible. Aceptaría el fallo, de no ser distinguido entre iguales para qué insistir. En aquellos años el Nadal concedía, como la cartilla militar al recluta, un «el valor se le supone» referido a la palabra escritor. Dado su carácter serio, sosegado y liberal es de suponer que Delibes, de no haber ganado el premio, sostuviera su criterio de renunciar a una de sus más caras vocaciones. Para fortuna de las letras españolas no fue así, ganó el cazador de palabras de un mundo castellano viejo que agoniza: «En la coquina de la ribera había ya chiribitas y matacandiles trómpanos. Una ganga vino a tirarse a la salina pero viró al guiparnos. Sólo se sentían los alcaravanes al recogerse. Así, como nosotros, debió de sentirse Dios al terminar de crear el mundo». INES PALAU. Cuando en 1975 se presenta al premio Planeta es una mujer de cincuenta cumplidos, molturada por las circunstancias y aventada de sí misma por el amor, se siente «hundida en la abyección» en una espiral de delitos, drogas y erotismo de la que solo puede liberarse mediante la literatura y está dispuesta a pagar por ello un precio inimaginable. Junto al manuscrito de Operación Dulce (asalto a un banco tan detallado que la hace sospechosa de haber participado en el mismo), envía al editor Juan Manuel Lara una carta: «Le pongo en bandeja de plata el mayor éxito editorial de su carrera». Confiesa que la vida le ha convertido en un despojo bastardo y cómo entró blanca en prisión y salió con el alma negra, también su indeclinable amor por Senta, la Vicenta, a quien dedica la novela planetaria. Todo eso lo cuenta en una novela anterior, Carne apaleada, puro sentimiento y realismo social, memorable por la descripción del espanto delictivo cuando aún estaba vigente la ley de Vagos y Maleantes. Ese continuo peregrinaje por coches celulares, comisarías y encarcelamientos. El éxito que ofrece a la morbosidad publicitaria del premio es su suicidio y, en efecto, un día antes del fallo se arroja al paso de un tren cargando la suerte del morbo al hacerlo de forma infrecuente, situándose a lo largo de un solo rail con lo cual en aquellas fechas desaparece toda posibilidad de autopsia. No gana el premio, la anécdota del suicidio es difícil de digerir, pero la novela se publica haciendo constar en la solapa que llegó hasta la penúltima votación. Gana Mercedes Salisachs con La gangrena, con el obsceno exhibicionismo de cómo la sociedad bienpensante digiere mejor los deslices de las altas esferas que los de los bajos fondos. No digamos los de una tríbada descarriada. En la presentación de la novela, las lágrimas de Senta profetizaron hasta donde podría llegar en el futuro la televisión basura. Eso es amor, quien lo probó lo sabe: «Me necesitaba y no podía fallarle, aunque a la hora de la verdad no fuera más que su paño de lágrimas. El árbol del cual hiciera leña. El césped que pisara. La copa que vaciara. No me importaba. Yo debía estar a su lado como un perro fiel y amigo. Amor no es dar sino darse».
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