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Peces con orejas

  • 26 Enero 2015

De los seres que cita mi abuelo don José Garrido como habitantes de nuestras someras aguas fluviales, unos son tan fantásticos como la jovencísima ondina que en actitud lúbrica se le apareció a su colega Nicasio López, boticario de Villadepalos, y otros tan reales como las truchas de ojos fosforescentes y las anguilas cantarinas. De todo ese desfile más o menos ictiológico, el espécimen más inquietante es el que define como «pez con orejas».

Que define, pero no describe, dice que por no faltar al respeto pero no cita al respetable. Da como única pista la que le facilitó su amigo Celedonio Villalibre de la Jurisdicción, juez de paz; este fragmento de El Bernardo de Balbuena, cantar épico del siglo XVI:

Aquellas son del Vierzo las montañas
Y las sin afeitar puntas bermejas
De las ricas Médulas las entrañas
Que ya solían dorar las corvas cejas
Tú que a Carracedo el suelo bañas
Y los peces produces con orejas
Aunque no alcanzo a ver por dónde naces
La rueda vemos de cristal que haces.

La adivinanza del río y la de la rueda de cristal no fatigan demasiado la imaginación, pero la de los peces con orejas es harina de otro costal. No la descifré entonces y, a pesar de dedicarle algunas horas, sigo sin desentrañarla cuando esto escribo. El desfile de los seres someros cierra, no podía ser de otra forma, con los biosbardos que algunos infieles llaman gamusinos, puro canto rodado, con cuya pesca se engaña a los forasteros que acuden al pueblo en busca de novia. El abuelo remite para más información a El libro de los seres imaginarios, de J.L. Borges en colaboración de Margarita Guerrero, con una cita un tanto evanescente y otro tanto apócrifa: «Estos peces fusiformes, auguriales y noctívagos, también llamados benacetos y gamuínos, son muy frecuentes en la cuenca del Sil y de forma espectacular en su afluente el Cúa a su paso por Cacabelos, se presentan siempre en cardumen y si se les pesca se apelmazan hasta obtener la forma de canto rodado y también su consistencia, lo cual les hace prácticamente incomestibles, mas su presencia augura jolgorio y alegría». Solían ser fuente perenne de bromas pesadas. Se decía «biosbardo vente al cesto» y se iba cargando de piedras el cesto del incauto durante toda la noche, mientras aguantase, vaya. El enigma más profundo de la creatividad literaria quizá sea el hecho de cómo la imaginación se expande y conforma según uno va escribiendo, he aquí su demostración. Los frailes bernardos ponían un especial cuidado en proveer de despensa, cocina y refectorio al convento de Carracedo; a su celo se debe la invención del botillo y de su dialéctica paradójica procede la sutileza casuística de los jesuitas. Suya es la anécdota que, supiese o no, nunca desveló el abuelo: de cómo en cuaresma sorteaban la vigilia arrojando un cerdo al río. Rescatándolo de las aguas, es decir, pescándolo, convertían su carne en la de pescado sin necesidad de bula ni dispensa. Puede que este cocho pasado por agua sea la metaforización de un pez con orejas. Tanto darle vueltas y se me ha ocurrido ahora mismo, mientras escribía.

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