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Tertulia de rebotica

Irracional Homo sapiens

Las noticias vuelan, nada más viejo que el periódico de ayer, y esta noticia vaya si voló. Recordemos lo que ocurrió el pasado 13 de noviembre: la sonda Philae marcó un hito sin precedentes en la historia de la navegación espacial (y en la de la puntería) al aterrizar en la superficie del cometa Churyumov-gerasimenko después de viajar por el Sistema Solar a 510.000.000 kilómetros de distancia de la Tierra.

«Un pequeño paso para un robot, y un gran paso para la Humanidad y para Europa». Todo un alarde de la racionalidad humana puesta al servicio de la tecnología, y con un desapercibido correlato: pone en evidencia el absurdo de la sociedad consumista en la que vivimos, y ponemos como ejemplo a los que no la disfrutan. Si un vehículo recorre más de 500 millones de kilómetros, no tiene sentido que nosotros necesitemos cambiar de coche cada varios años por mucho que viajemos. El que heredé de mi padre bien podría servirle a mi biznieto sin necesidad de revisión alguna. Todos esos electrodomésticos que se acumulan en nuestro hogar, toda esa chatarra que a saber qué hacer con ella. La obsolescencia programada sacraliza el consumo como piedra angular de un bienestar que sólo se consigue satisfaciendo necesidades inventadas. «Las marcas son para el ganado», y «salir de compras» como entretenimiento es algo obsceno. La explicación sociológico-económica de este absurdo es obvia, y nada más agotador que explicar una obviedad, el trabajo sin recompensa genera melancolía. Hay pobreza en el mundo, pero si la Humanidad entera, todos los terrícolas, fuéramos una sola unidad económica familiar (ya saben, al prójimo como a ti mismo, a cada cual según sus necesidades, etc.), la pobreza no existiría; quizá no podríamos ir de compras a Miami este fin de semana, pero sí comeríamos todos los días del año. Creo que esta tertulia la he repetido cien veces, pero no importa, con trampas viejas se cazan zorros jóvenes. Remitámonos una vez más al panfleto de Herbert Marcuse, El final de la utopía (¡años sesenta!), en donde se explicita la obviedad de que la utopía ya es posible, la racionalidad ha conseguido solucionar o aliviar la inmensa mayoría de los problemas materiales que afligen al hombre, pero la irracionalidad hace que su puesta en práctica política sea inviable. Lees los periódicos de hoy, sea hoy el día que sea, y se te cae el alma a los pies. Sólo un enemigo exterior conseguiría unirnos, pero por desgracia los marcianos no existen. Querido tertuliano, si vas a Berlín, visita la bombilla ejemplo de lo que digo, esa lámpara Osram que lleva encendida de forma continua y sin desfallecimiento desde hace más de medio siglo. Hablo de aminoácidos esenciales y nimiedades así, tangibles, no del desamor ni de la vejez. Y del contraste desalentador que la desidia e incompetencia procuran como otro suceso no noticiable del mismo 13 de noviembre: una receta electrónica de Osakidetza, el Servicio de Sanidad del País Vasco, en ninguna farmacia de Madrid consiguieron dispensarme el medicamento recetado, todo un alarde de la tecnología puesto al servicio de la irracionalidad. En resumen, y con un suspiro de desánimo, lo de la muerte no hay quien nos lo quite de encima, pero todos unidos en una auténtica aldea global sí podríamos conseguir una vida más amable desde el nacimiento hasta el óbito.

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Raúl Guerra Garrido

Farmacéutico. Escritor. Premio Nacional de las Letras 2006. /www.guerragarrido.es/

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