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El insomnio de Gutenberg

Imposible dormir la noche siguiente a alcanzar un sueño largamente acariciado.

Presentamos el libro en el Instituto Cervantes y la cita de Tomás Sydenham acudió presurosa como la sangre a la herida, como acude la amistad: «El Quijote es el mejor libro de medicina de nuestro tiempo». Esa es la idea que vertebra el herbario de tantas hojas de papel con citas literarias. Una noche en blanco a pesar de mi infalible zolpidem, de intentar no pensar en nada, hipnótico, benzodiazepinas, a pierna suelta y vuelta a empezar con esa angustia de los padres, los parientes, los amigos y enemigos idos a los que no prestamos la debida atención. Si hubiéramos sabido que el amor era esto, parafraseando a Umbral, conspicuo consumidor de fármacos. Los libros y los remedios del dolor, la literatura quizá sea la forma más sublime de documentar la historia de la farmacopea. Ser siempre sublime es lema romántico imposible de cumplir y le damos vueltas con la mente en blanco, corderos blancos, no contarlos de uno en uno sino en el orden de los números primos, mejor la lista de los reyes godos, mejor los afluentes del Ebro por la derecha, por la izquierda serían los del Orbe, ese efecto terapéutico del elenco, de la enumeración, desde La Celestina. «Su prestigio en los frascos, rodeados por nombres misteriosos: la nuez vómica, el álcali, el sulfato, la pransia indocta, la goma de las islas, el almizcle, el ruibarbo y la anclonta, la infernal belladona y el arcangelical bicarbonato»: de la oda de Neruda. Insólitos lugares visitados, refugiarse en la memoria de Tomelloso, McMurdo Station, Montevideo o Muscat es inútil; siempre, todo cuanto pienses, pudo haber sido olímpico: más alto, más lejos, más fuerte. Ese sentido de culpa, que nos inculcaron con el pecado original, nos impide elevarnos por más que tiremos de nuestros sobacos hacia arriba. Dejar la mente en blanco o renunciar a dormir, levantarse, encender un puro y garrapatear voces en esa página/mente en blanco. Esas voces de otros tiempos que nos fascinan como fascinaron a Antonio Gamoneda en su libro de los venenos, palimpsesto sobre Laguna y de ambos sobre Dioscórides: consciente de que el tiempo ha convertido la ciencia en poesía y la poesía hace historia. «En ningún caso pretendí manejar saberes inalcanzables, pero en el orden del acarreo estético puede que haya sacado ventaja a algunos sabios». Tantas, por bellas, sabias referencias hacen del herbario un apasionante ensayo que puede leerse como inventario terapéutico, novela o historia de la farmacia. A pierna suelta se llamaba una ortopedia en el viejo barrio de la Guindalera, me repito en vela, quien sueña novela pero definitivamente estoy despierto y no voy a conciliar ningún acuerdo. Un último asalto, hechos gloriosos, esa canasta de partido en el último segundo, ese primer beso robado, esa primera página impresa, esa imposible fórmula magistral bien conseguida sin olor a ajo, esa carita de pasmo del primogénito recién nacido. No lo voy a conseguir, no estoy sonámbulo sino despierto. Hamamelis virginica, virgo fidelis, hipofosfitos salud, dimetilpentanoperhidrofenantreno, centramina. Esto de la centramina es definitivo, me levanto de la cama y dedico el resto de la noche a la tertulia en que quiero presentar El herbario de Gutenberg, libro subtitulado la Farmacia y las Letras, posible gracias a la generosidad de Cofares, magníficamente editado por Turner y escrito por nuestros colegas catedráticos de Historia de la Farmacia, Javier Puerto y Juan Esteva de Sagrera, con la colaboración de este farmacéutico insomne. Amanece, que no es poco, y releo hasta la hora de la siesta: a ver si hay suerte.

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