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Tertulia de rebotica

Un momento, por favor

Suena el teléfono, lo coges y una aterciopelada voz con acento caribeño te pegunta: ¿Fulanito de Tal? Eres tú y si te descuidas no te suelta. Quiere hablar del recibo del teléfono, del recibo de la luz, de en qué cuenta recibes los recibos y da igual lo que digas.
Pones voz de mayordomo y dices «el señor está haciendo el amor con la señora» y te dicen que muy bien, que no les molestes, que si podría llamar en media hora. Si con el mismo tono de servicio de casa anuncias «el señor ha fallecido» te dan el pésame y ¿no se podría poner la viuda? Da igual el cómo te defiendas, pero si nos ponemos de acuerdo todos sí hay una forma de acabar con la plaga. Es un acoso en continuo crecimiento, en la calle parece inevitable. «Sucedió en la esquina más siniestra de la ciudad, la de Malasaña y Miseria, a la incierta hora de la salida de los cines. Deambulaba por entre una multitud de personas de moral poco dudosa, camellos, yonquis, prostitutas, suicidas varios, cuando se me acercó un caballero. En vez de pedirme fuego me hizo la pregunta del siglo: ¿Le apetece ser millonario?» Así comienza mi relato ¿Le apetece ser millonario? De haberlo escrito hoy cabría la variante del oro, los hombres sándwich sustituidos por damas con chalecos reflectantes, le compro todo el oro que lleve encima, la alianza, la muela, todo, las papeletas del monte. Los pobres son otra cosa, hay que darles y da igual que vayan disfrazados de niño, anciano, minusválido o lo que sea, la mendicidad es una de las cuatro actividades fundamentales que sustentan nuestra economía sumergida y es axioma que sin obra viva, sumergida, no hay navío ni país a flote. Están los voluntariosos de las oenegés: ¿Tiene un minuto para el cáncer? No vas a despedirle de mala manera, hombre, le dices, yo también estoy a favor del cáncer, quiero decir en contra, las prisas. Los encuestadores sociales son más pelmas por prescindibles, es sólo una pregunta: ¿Los caballeros las prefieren rubias? Para qué molestarse en la aclaración, los caballeros las prefieren altas y los rufianes ricas, les da igual y el resultado de la encuesta lo redacta quien la encarga. Están los jetas, los que te piden dinero con, para ellos, una razonable excusa: ¿Me puede dar un euro para el metro? Es por no cambiar, no llevo suelto. Los más desagradables son los que te acosan violentamente con cualquier cosa en la mano y repiten el mantra secular: la bolsa o la vida. Pueden darte una paliza si titubeas pero algunos son más amables, se llevan la cartera pero se disculpan: disculpe, no es nada personal, si hay algún recuerdo no venal se lo devuelvo por correo. En la calle la retahíla se ha hecho infinita, lo de menos son los que te preguntan por dónde diablos cae la esquina de Malasaña con Miseria, pero lo verdaderamente intolerable es el acoso en la intimidad de tu hogar. Esos correos electrónicos con gente alucinada enviándote su diario día a día o proponiéndote que te hagas su amigo en el facebook o a saber que otro disparate que presuponen simpático. Desaparecido el correo postal ese buzoneo publicitario con toda suerte de trucos, te descuidas y El Corte Inglés te envía una carta felicitándote el cumpleaños. Lo intolerable es ese acoso en casa, que alguien pretenda hacer negocio interrumpiendo tu merecido descanso y alterando tu intimidad, ganando concesiones a cambio de no dar la lata. Habíamos eliminado a los vendedores domiciliarios que como Avon llamaban a tu puerta y como el cartero dos veces, y ahora han descubierto el teléfono. Te llaman a cualquier hora, sea o no intempestiva, y te proponen sonrosados beneficios si negocias con alguien que para ellos está al otro lado del mundo. Ellos, los intermediarios, suelen estar en las antípodas o por ahí. Disculparte con que estás ocupado y colgarle no sirve de nada. Simplemente colgarle tampoco sirve de nada. Sólo hay una fórmula sencilla y eficaz para eliminar este acoso y es la siguiente: Dígase «un momento, por favor» y déjese el teléfono descolgado cinco minutos. Con eso vale, en cada llamada la pérdida de tiempo y dinero que sufre el promotor es mínima, pero si se multiplica por millones el negocio del acoso telefónico está acabado. Pasa la bola.
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Raúl Guerra Garrido

Farmacéutico. Escritor. Premio Nacional de las Letras 2006. /www.guerragarrido.es/

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