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Las grandes ciudades (II)

Siempre es difícil volver de vacaciones. Ustedes ya se habrán acabado de pegar con los exámenes de septiembre, donde uno siempre se encuentra a la mejor gente, y todo el pescado de este último curso ya está vendido. Ahora solo les queda pensar en lo que viene, que es un nuevo curso y con él, nuevos viajes, nuevos destinos y hasta un nuevo programa Erasmus.

De momento sabemos el nombre –Erasmus para todos, en vez del Programa de aprendizaje permanente–, y que se va a crear marca, como los pañuelos de papel son Kleenex, los pañales dodotis o los refrescos de cola coca cola, como nos contaron en una charla de hace un año; es decir que todos los programas de estudios europeos viajarán bajo el nombre de Erasmus, que es más famoso. Pero eso será un poco más adelante. Espero que el mes que viene tenga más informaciones que darles, porque ahora mismo ni las instituciones saben muy bien a qué atenerse. De momento, como aún les imagino sobrecargados de tanto examen, aterrorizados ante la vuelta a las clases, preocupados por la aglomeración de prácticas y espantados por ver las vacaciones como si viviesen en un eterno lunes, les voy a contar algo relajadito. Les propongo un viaje de los cómodos, de los que no exigen sacrificios, de los que no dan miedo. Si bien es verdad que la mayoría de las veces les invito a saltar sin red y adentrarse en lo desconocido, hoy, que septiembre nos ataca con sus días cada vez más cortos, sus fríos esporádicos, algún día traicionero de lluvia, y que parece un eterno domingo, que cuenta las horas que nos devolverán a la rutina invernal, quiero llevarles a dos ciudades que conocen bien, que conoce todo el mundo y que cualquier Erasmus podría desear.

Londres
La joya de la corona, o al menos a las que optan los boticarios que pretendan jugar a esto del Erasmus, es Londres. Es siempre la más demandada y sus plazas, si no se agotan en las diez primeras peticiones es que se han alineado Saturno, Marte y Venus, y el undécimo clasificado ha tenido suerte. Suerte hay que tener también para que nuestra facultad de origen tenga convenio con ellos. Los ingleses son muy suyos: es elegible para las universidades madrileñas de San Pablo CEU y Complutense o la Universidad de Barcelona. A los demás, me consta que alguna vez les han dado calabazas. Es una amante exigente. La London School of Pharmacy es una guapa de las de verdad, una diva del Hollywood de los años dorados, una novia de Humphrey Bogart, una falda que se levanta con el viento de la rejilla del metro. De Londres ciudad, ¿qué les voy a contar? Si les gustan las urbes grandes, pobladas y diversas, no van a encontrar nada mejor en toda Europa; no en vano es la ciudad más grande del viejo continente. Además, es un auténtico jaleo de gentes de allá y de acá, e incluso de más allá; cuando se escribió el antiguo Testamento seguro que no imaginaron que Babel no era una torre, sino ese bicho de enorme metrópoli que es Londres. Es imposible que se aburran allí. Si les gusta sentarse en un parque o una plaza a ver las palomas volar o beberse un litro (aunque esto es muy de aquí), tienen iconos para elegir, desde Hyde Park, donde se celebran desde conciertos multitudinarios (este verano Los Rolling celebraron allí su cumpleaños; la edad no se pregunta), la gente practica yoga y hasta existe una esquina para que cualquier hijo de vecino dé su mitin, a Trafalgar Square o hasta el archiconocido Picadilly Circus, por donde se dice que todo Londres pasa alguna vez. Si les gusta el fútbol, seis de los veinte equipos de la Premier League inglesa son de allí. Muchos nacieron como equipos de barrio, como el Chelsea o el Tottenham, aunque de aquellas deliciosas tradiciones del fútbol inglés ya queda poco. La cuestión es que pueden ir al estadio cada fin de semana a vivir un partido como solo se vive en Inglaterra, sin insultos, sin mezclar peras y manzanas, sin tener que pedir un préstamo al banco. Si lo suyo son los museos, dan en el clavo. No sé si han ido a Atenas, pero si lo conocen, supongo que se darían cuenta al subir al Partenón, que estaba sosete. Y es que ya les decía que los ingleses son muy suyos y tantos años de expolio, tienen esto, que te sale un museo, que ya quisieran muchos. El friso del Partenón, una colección de momias y escritos egipcios de hace más de 2.000 años, recipientes romanos del siglo I y, ¿saben las cabezas esas de la Isla de Pascua? Pues también tienen una. El Capitán Cook cuando volvía a puerto parecía Papá Noel. Pero en fin, no se lo pierdan, es gratis además, que siempre se adapta mucho al presupuesto Erasmus. Siguiendo con los museos, no dejen tampoco el Museo de Ciencias Naturales o la Galeria Tate. También son gratis. Si lo suyo son los mercadillos, y entiendo que lo hipster cada día se impone más e ir de mercadillo mola, Londres también es su ciudad. Más de ochenta mercadillos de todo tipo, desde comida a ropa, pasando por antigüedades, música o lo que sea. Si son ustedes de mi quinta, que no creo, irán a Portobello Road, más que nada porque cuando Paul giró el boliche, la cama voló por encima de la ciudad para aterrizar allí. Ya lo entenderán. Podríamos escribir una enciclopedia con tantos tomos como la británica, justamente, hablando de las ventajas de Londres, pero en mi opinión, lo que a priori es una gran ventaja, se convierte en una posible carga. Ir a aprender inglés a Londres es casi un mito. Evidentemente se habla más inglés en Londres que en Salamanca, Sevilla, Madrid o Barcelona, y más aún si van a realizar una estancia científica, pero hay tantos españoles, tantos, tantos españoles, que a veces parece que Picadilly Circus esté en Salamanca, Sevilla, Madrid o Barcelona. Según los datos del gobierno son unos 66.000, que pueden parecer pocos si consideramos que en Londres viven más de ocho millones de personas, pero no se engañen, que nos conocemos, Dios nos cría y ya nos juntamos nosotros solos. Otro punto flaco de la candidatura (parezco un miembro del comité olímpico) es el transporte público. La red de metro, por ejemplo, es un jaleo terrible, y tarda una barbaridad en todo. Dicho todo esto, Londres es Londres. Si se lo permite su expediente, no lo duden.

Milán
Aunque hemos hablado poco de moda, porque era redundar, vamos de una capital de la moda a otra. No es París, porque de eso ya hablamos, es Milán. A la capital de Lombardía se puede optar desde nuestras facultades de Madrid, Santiago, Granada o Sevilla. Es cierto que Italia ha ido perdiendo tirón en los últimos años por culpa de las malas lenguas, pero ya saben que no les van a regalar nada. Y menos en el norte. Italia son dos países metidos en uno; su rivalidad es constante. Los finos y ricos del norte, siempre miran por encima del hombro a los obreros del sur. Si el norte dice A, el sur dirá B. Si el norte es Europeo, el sur se negará a serlo (el periodista Enric González explica brillantemente esta rivalidad utilizando el fútbol como vehículo en sus Historias del Calcio [RBA, 2010]. Sí, estoy futbolero). Milán es norte, es europea. Su universidad tiene más de Francia o Suiza, que lo que ustedes imaginan del Erasmus en Italia. Para poder asistir a todas la clases ármense de paciencia, como en muchos sitios de Italia. Farmacia se divide en centros distintos, y Milán es grande. Tendrán tiempo de conocer el tranvía (que siempre tiene su aquel, ya saben, por lo romántico). En relación con esto del norte y el sur, el norte rico, tiene más y mejores universidades, y los privilegiados del sur que pueden permitírselo suben a Milán a estudiar (en muchos casos becados por el propio norte). Esto convierte las residencias universitarias milanesas, donde irán todos ustedes –porque en Milán los Erasmus no tienen costumbre de piso (aunque siempre hay excepciones, claro está)–, en un batiburrillo de acentos italianos delicioso, desde el canturreo romano, al chulesco napolitano o sea lo que sea que hablan en Sicilia, que es parecido, pero no es italiano. Van a aprender el idioma, que en contra de lo que se piensa no es fácil. Es fácil de entender, pero difícil de hablar correctamente. Milán es el sitio idóneo para aprenderlo y hasta practicar acentos. Es como si un japonés aprende español con un sevillano, un vasco, un gallego, un catalán y un castellano, por poner; es decir, que puede que acabe llamando aitá a su padre y quillo a sus amigos. Sería ridículo no empezar a hablar de Milán por su tótem: su catedral. El Duomo pasa larguísimas temporadas en obras, nadie sabe ya muy bien por qué, aunque los meneghinos se toman ya este hecho a broma. Justo en las faldas de la catedral se encuentra la galería Vittorio Emmanuele (en todos los rincones de Italia hay plazas y monumentos, con mejor o peor gusto, dedicados al padre de la patria). La galería es un poco el origen de esos lugares diabólicos que yo creo que son los centros comerciales. Actualmente, hallamos en su interior desde restaurantes con ciento cincuenta años, a tiendas de arte, marcas de moda o un McDonalds. Dentro de la misma se encuentra uno de los lugares más visitados por los turistas. En el suelo, hechos con pequeños baldosines, podemos ver escudos de algunas ciudades importantes en Italia; dice la tradición que si pisamos con el tacón sobre los testículos del escudo del Toro de Turín y damos tres vueltas nos traerá suerte. Algunas otras versiones cuentan que si lo haces, vuelves a Milán. Y nunca dudo de las costumbres locales, pero yo a día de hoy no he vuelto a la ciudad, y ya hace algunos años, y aunque no me ha ido mal, suerte tampoco ha sido. En fin, sigamos. En un segundo plano de sitios imperdibles (aunque típicos, claro está) encontramos el Teatro de la Scala, que tendrán que visitar sin dudarlo si son aficionados a la ópera o a las novelas de Donna Leon, y el castillo Sforzesco, que data del siglo XV y que si han leído el Príncipe, el de Maquiavelo, no el pequeño, también tendrán que visitar. En cuanto a lo práctico para un Erasmus, si quieren ver el Duomo desde arriba, gratis y sin esperas, suban a la cafetería de La Rinascente (Piazza del Duomo, 3), que es algo así como el Corte Inglés allí. No es caro tomarse un algo, cosa que no todas las cafeterías de la zona puede decir. No se pierdan la tradición local de cada domingo: acercarse al Aperitivo, lo hay en muchos sitios. Por el módico precio, según el sitio claro, que cueste la bebida tendrán derecho a barra libre de comida. No hay excesos, ni siquiera cosas calientes, pero sí canapés y a lo mejor una ensalada de pasta. Evidentemente, hay sitios de toda calaña. En la zona de Navigli, cerca del río, encontrarán las mejores opciones. Muchas veces hablo del café. Es obligatorio en Italia. Aunque ellos no sean muy aficionados a tomarse una relaxing cup of café con leche, porque son más de la versión chupito, ustedes pueden encontrar cafeterías y terrazas deliciosas donde echar la tarde en el barrio de Brera. Es un barrio que deben apuntarse en su agenda de must. Es bohemio, es joven, es imprescindible. Aunque mi informadora Eramus milanesa hace ya tiempo que olvidó lo que es sentirse una Erasmus, me recomienda también que les diga que pasen las tardes de primavera en la zona de la puerta Ticinese, donde se reúnen muchos universitarios a disfrutar del sol. Por supuesto, que si son de fútbol, también en Milán tienen asunto. El fútbol italiano vive unos años de decadencia, por muchos motivos que no vienen al caso, pero ustedes tendrían la ocasión de visitar un campo, que según el equipo de la ciudad que juegue como local, usa el nombre de San Siro (el barrio donde se ubica y que usa el AC Milan) o el de Giuseppe Meazza (ídolo interista de los años 30 cuando lo hace el Inter). Les dejo ya, que esto se alarga, pero no un último grito mientras cerramos la puerta, no dejen de visitar el lago de Como. No les digo más, esto también lo entenderán.

Información adicional

  • antetítulo:

    Diario de un Erasmus

  • autores: Guillermo Reparaz de la Serna
  • info-autores: Responsable de la Oficina Erasmus. Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid
  • Botón Créditos: http://
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