Planeando

Parece un tipo afable, de esos a los que los sábados les gusta no afeitarse por la mañana. Incluso, después de un rápido vistazo, puede parecer un actor francés de esos a los que les gusta comer y beber con los amigos en una escena en la que las risas y los gestos exagerados se suceden sin parar alrededor de una mesa larga bajo la sombra protectora de un almez frondoso.
Ahora que me he quedado solo con mi cortado tibio, me doy cuenta de que, mientras manteníamos nuestra conversación, el bar se ha ido llenando poco a poco de gente diversa; de clientes habituales que los sábados tienen el mismo horario que cualquier día porque trabajan también en sábado, ese día en el que muchos otros ya han logrado ser más ricos que Dios y no trabajan, de solitarios y solitarias que buscan reafirmar su soledad en mesitas pequeñas en las que apenas cabe el periódico que leen con algo más de profundidad que los días laborables y con eso ya tienen suficiente, de parejas de enamorados que aún mantienen el olor de una noche de besos y quieren continuar guardando su secreto, de gente del barrio aburrida, pero a los que ir al bar de siempre les protege de su aburrimiento porque se encuentran con otros tan aburridos como ellos. De esa gente que está ahí, siempre, esa gente que puedo describir, pero de la que no sé nada.
Matías tiene un rostro despierto. Me dan una cierta envidia esas personas que a primera hora de la mañana son capaces de borrar cualquier rastro de la noche en sus facciones y en el tono de su voz. Son como las mañanas que amanecen soleadas y claras después de una noche de tormenta. Yo siempre arrastro las ojeras y la voz pastosa hasta el cortado de media mañana.
Sé que esperáis (o no) a Matías, pero lo de este agosto obliga a un comentario especial, aunque en el fondo voy a contar lo mismo de siempre. Matías ha accedido a esperar un par de semanas.
Estoy a punto de abrir la puerta de hierro y cristal del portal de casa. Está cayendo un intenso chaparrón, pero el cielo está abierto sobre el Tibidabo. Faltan cinco minutos para las ocho y, como no trabajo los sábados a partir de la verbena de sant Joan, me he vestido con unas bermudas azules con ocho bolsillos, una camiseta de algodón ligero y viejo que lleva estampado un tipo sesteando en una hamaca y unas brasileñas en los pies. Por un momento, tengo la tentación de subir a cambiarme de vestimenta; el motivo de mis reparos son la lluvia y el encuentro con Matías Peñafiel Puertollano.
Siempre escribo en un ordenador portátil HP. Ya es un modelo un poco antiguo, pero no necesito más, en realidad me sobra y ya le tengo tomada la medida. Le he cogido un cierto cariño. El sonido tenue, muy tenue, al apretar las teclas es un sonido familiar e incluso los fallos del espaciador me gustan. Son esos pequeños defectos que me hacen sentir cómodo, como en casa. En casa, en mi rincón, mirando la calle, sin prisas, sin zapatos, me gusta escribir cómodo. Sólo me incomoda el rectángulo blanco dibujado en la pantalla de quince pulgadas.
Tengo la sensación de no tener casi nada que contar. Soy una piedra. Una sensación parecida a la que deben de tener, si se acercan a mí, los que esperan que les cuente algo, hoy soy más pétreo. Me siento como una escultura de esas que los antiguos artesanos acadios y jonios importaron desde Egipto a la Grecia hierática de los primeros tiempos. Nos las trajeron, a nuestra cuna, desde el país misterioso de las pirámides de Gizeh y las gigantescas esculturas del valle de los muertos donde aprendieron a encontrar el orden oculto dentro de las piedras. Quieto, callado, con la aspiración del orden eterno como único objetivo. ¿Desapareció esa civilización que aspiraba a dominar la muerte porque no pudo acabar dominando la confusión y la incertidumbre en la que estamos inmersos desde que nos expulsaron del paraíso?
Nunca me han gustado los viejos, me incomoda la falta de hipocresía de sus arrugas. Son luces indicadoras de alarma. Son anuncios permanentes de los efectos nocivos del tiempo. Son tan reales que impiden cualquier posibilidad de olvidar el futuro. Cada vez me gusto menos, la vejez que cada vez siento más cerca y que veo instalada en los viejos es como el cilicio del tiempo. Hacerse viejo es como llevar un reloj en el que las manecillas se te clavan en los ojos. Una tortura de la que no puedes, ni quieres librarte. Leer más..
Un Planeando son aproximadamente mil palabras. Son pocas palabras si las comparamos con las que vertemos al río de nuestras conversaciones a lo largo de un día, muchas más, en cambio, de las que son necesarias para redactar un buen titular de noticia, o una nota informativa concisa, de esas que pretenden ser eficientes. Estos días estoy embarullado dentro de una madeja de mil palabras.
Algunos deben leer mis cosas en estos Planeandos. Algunos de esos, quizá recuerden algo de lo que han leído en mis artículos, al menos algo de lo que han leído algunos números atrás. Y de esos, existe la posibilidad de que unos cuantos se acuerden de que hace unos meses escribí sobre una historia en un taxi. Hoy también voy a escribir algo sobre taxis, por lo que corro el riesgo de que esos pocos piensen que los taxis son para mí un icono; una especie de tótem amarillo y negro; pero ni tengo una fijación, ni interés económico alguno en el sector del taxi, ni soy realmente un asiduo usuario. No sé muy bien la razón por la que voy a escribir este cuento. Que yo sepa nadie ha sido taxista en mi familia, ni tengo una especial devoción por los coches –me pirran las motos y los ferraris, pero esos no son coches, son sublimaciones de la ingeniería, una cosa muy distinta; algo más cercano al erotismo–, pero lo cierto es que el tiempo que dura una carrera es un buen momento para buscar ideas para un artículo. Al menos para mí. Y cada uno va buscándose la vida como puede.
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