Planeando

Los encuentros con Laura en los que conversamos sobre nuestras farmacias me dejan siempre la misma sensación. Si fuese mi jefa, tendríamos una relación complicada. No sé si esa sensación que me llevo después de hablar con ella está potenciada porque nunca he recibido órdenes de nadie y no estoy preparado para ello, pero, de cualquier forma, me imagino que Laura debe de ser muy exigente con la gente de su equipo.
No fui un niño de esos que tienen una imaginación desbordante. Nunca arrastré una caja sin ruedas creyendo que era un camión. No lo digo con satisfacción, ni tan siquiera con esa displicencia que envuelve a los que se creen subidos a un escalón por encima de los demás, incluso tengo que confesar que alguno de mis amigos de infancia –de ésos que eran capaces de imaginar grandes epopeyas bélicas en las que los protagonistas de terribles batallas descansaban apretujados en una de esas cajas esperando a que su niño, poseedor del don que sólo tienen los dioses, les diera vida– me provocaban algo parecido a la envidia. Y digo parecido, porque no se parece en nada lo que de niño sientes a lo que sentimos de mayores. A veces me pregunto si estas dos vidas vividas no son tales, y lo que nos sucede realmente es que los años son una distancia insalvable que convierte en espejismo lo que realmente es también nuestra realidad. Una distancia de seguridad que nos permite resguardarnos del vértigo de lo que hemos perdido.
En el estuario del río Clyde, en su desembocadura sur, frente a las aguas frías y grises del fiordo, se encuentra la ciudad de Greenock. Actualmente es la capital administrativa del council area de Inverclyde. En esta ciudad del oeste de Escocia, nació James Watt a quien la mayoría lo consideramos el inventor de la máquina de vapor. Aunque esta atribución es cuando menos una simplificación de la realidad histórica que no hace justicia a muchos otros ilustres pioneros.
Atravesar a trescientos kilómetros por hora el páramo que rodea la gran urbe mesetaria es como acercarse a un gran agujero negro que todo lo atrae. Una sensación de vértigo envuelve e impresiona a quien viene de una ciudad encajonada entre el Mediterráneo y la Serra de Collserola. Madrid es una ciudad sin límites.
La luz del sol dibuja parches luminosos sobre las paredes de la piedra envejecida de los edificios del Call Major –el antiguo barrio judío de la Barcelona medieval–. A las ocho de la tarde, de un día de julio, el viejo barrio se viste con un vestido estampado de cuadriláteros irregulares que combina los ocres luminosos con los grises sombríos.
Los boquerones sin cabeza, uno al lado del otro alrededor de una rodaja de limón, presentados en un plato suficientemente grande para no ahogarlos, parece que aún estén jugueteando en su ambiente, nadando apretujados en un banco de peces que dibuja formas abstractas en las aguas del Mediterráneo.
El encuentro con Francesc está siendo estimulante. No había tenido nunca antes la oportunidad de hablar con un farmacéutico tan extensamente, ni tan sinceramente. El farmacéutico de la farmacia de la esquina, a la que normalmente voy, es un tipo amable y pulcro, pero lo cierto es que tengo que hacer esfuerzos para recordar su voz, es de esas personas transparentes que de vez en cuando se cruzan en el camino sin dejar apenas rastro. Es paradójico comprobar que dos profesionales que tienen en común el objeto de su razón de ser, el enfermo, vivan en mundos tan separados; son universos paralelos unidos por tenues hilitos, muchas veces demasiado imperceptibles.
Las virutas de jamón y de huevo duro salpican la majada de miga de pan, sal, aceite, ajo y tomate. El plato de salmorejo es un cuadro abstracto de sabor árabe en su origen, antiguo, pero con el toque atrevido del rojo aportado por el licopeno de la hortaliza venida del nuevo mundo.
–Soy el farmacéutico con el que desayunaste tortilla el sábado pasado.

– Ah!... ¿Cómo va todo?

Los lunes de verano que aún debo trabajar son unos días extraños. Los fines de semana acaban siendo como escarceos amorosos que no acaban de culminar. Paréntesis demasiado cortos. Besos y caricias que se interrumpen súbitamente por la llegada de un invitado no deseado, ese impertinente lunes que no debería estar aquí. Es un día desubicado, más propio de un tiempo de grises y de zapatos de cordones apretados, y lo que ahora me apetece son pantalones cortos y pies sin calcetines ni apreturas. Hoy es un lunes de esos.
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