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Planeando

Vielha

Cuando vienes del sur, como yo, y llegas a los Pirineos estás acostumbrado a que los ríos corran hacia el origen de tu viaje. Mirar la corriente como va saltando, con la viveza de las aguas frías del deshielo, las piedras del cauce, es como buscar una señal parecida a las migas de pan de Hansel y Gretel. Reconforta saber que esas aguas apuntan hacia casa. Una primitiva manera de acotar la geografía.

Soy consciente de la falsa sensación de seguridad que proporciona tener un cordón umbilical que te une a tu origen, de lo circunstancial de la situación, de lo local de mi geografía, debe de ser que, en el fondo, vivir en global está hecho para gente más cosmopolita o para más sabios, o sencillamente para los que son capaces de apuntarse siempre al último grito, pero para mí los ríos van hacia el sur. Soy un poco simple (Ya sabes amigo Alberto que me pirran las lentejas y los huevos fritos).

Llegar a la Vall d'Aran me descoloca. Me siento en casa, estoy en casa, pero cuando miro las aguas del Garona me extraña que corran hacia el Norte. Me extraña tanto que a veces creo que me engaña.

El Garona nace en alguna parte, pero no está claro del todo dónde. Es un río un poco canalla. Según Norbert Casteret, este río nace en la dolina del Forau de Aigualluts situada a los pies del Aneto, donde el agua del deshielo se filtra para aparecer cuatro kilómetros hacia el norte en Artiga de Lin, concretamente en Uelhs deth Joeu. Sin embargo, los datos cartográficos objetivos, el criterio basado en la altura del primer caudal permanente y el caudal medio aportado al nacimiento del Garona nos indican que deberíamos situar su cuna en el Circo de Saboredo y Puerto de la Ratera. Me gusta esta incerteza, que confiere al río un cierto carácter rebelde. Una corriente que va contracorriente.

No tengo muchas oportunidades de viajar hasta el valle que mira hacia el norte, pero cada dos años el Colegio de Farmacéuticos de Lleida organiza, desde hace ya 24 años, el simposium farmacéutico de la Vall d'Aran. Un esfuerzo importante para un Colegio modesto en tamaño, pero ambicioso en los proyectos que acomete. Gracias. Este año ha sido año de simposium y he tenido excusa para llegar al valle y he podido participar en esta reunión de profesionales preocupados por el futuro de la profesión y por la conservación de la olla aranesa.

El programa del simposium es una sabia mezcla de reflexión con una pizca más de atrevimiento del habitual en las reuniones farmacéuticas, de descubrimiento de la historia y la geografía del valle, de disfrutar con la gastronomía montañesa y para algunos, no para mí, la ocasión de descender por las pistas de la estación preferida por la casa real. Una receta infalible si está aderezada por la hospitalidad y el buen hacer del equipo del COFLL, con su presidente Josep Aiguabella al frente.

El Garona ha sido el hilo conductor de mi estancia en el valle. El sábado amaneció con un día espléndido que invitaba a recorrer algún rincón de estas montañas aún nevadas. Sin plano y sin activar la voz impertinente de la guía que llevamos escondida en el salpicadero del coche y confiando en nuestra memoria y en un cierto sentido de la orientación que presumimos tener, nos atrevemos a buscar el caño por el que resurge el agua que viene de la otra vertiente de las montañas. Así, sin ni siquiera recordar el nombre del lugar hacia donde queremos ir. Empezamos el viaje con un cierto espíritu aventurero controlado. (Parezco más atrevido de lo que realmente soy) La intuición nos dice que debemos tomar la carretera que va hacia Francia y en ella esperamos encontrar el desvío que nos lleve hacia la fuente misteriosa. (No os voy a contar nada más de esta aventura, porque ni tengo suficiente espacio ni puedo evitar contaros algo de farmacia, pero al menos os diré que encontramos el desvío, llegamos a la fuente y pudimos admirar las cumbres del Malh dera Artga, de la Pena Nera y de la Forcanada de Nicoles. Si tenéis oportunidad acercaos y disfrutad de ese rincón, vale la pena... creo que os he dado suficiente información para que no tengáis problemas en llegar sin necesidad de confiar en el navegador)

De vuelta del paseo, nos espera la visita a una empresa estadounidense propietaria de una central que genera electricidad quemando gas sin emitir anhídrido carbónico al aire y que gestiona también el negocio del caviar aranés en la piscifactoría de Acipenser baeri, que aprovecha el agua cristalina del Garona, que es a su vez la que utiliza para refrigerar la central. Un ejemplo de imaginación y de eficiencia ecológica y económica.

Los ejemplares de alevín de esturión comprados a empresas francesas e italianas crecen en cárceles acuáticas que se mantienen a 18 grados centígrados. La ilusión del biólogo que nos cuenta las virtudes de este pez originario del lago Baikal en la lejana Liberia, que se ha mantenido inalterado desde hace doscientos millones de años, no puede compensar la tristeza que me produce verlos nadar dando círculos cansinamente entre las paredes de esas grandes bañeras de agua templada.

En el camino de vuelta hacia las sesiones de trabajo programadas, la sensación, después de la visita, es de una cierta desazón, de esas tristezas que se esconden debajo de los aplausos después de una victoria pírrica. Aunque tu equipo sea el que ha ganado. Todo parece controlado, la energía, la economía, la ecología y la conservación de una reliquia biológica, pero lo cierto es que los esturiones están en peligro de extinción, ya casi no quedan en las frías aguas siberianas y los machos que sobreviven en este valle tienen una expectativa de vida de tres años, las hembras unos años más, los que necesitan para madurar y que su panza sea abierta en canal para arrebatarles las huevas que los zares de Rusia pusieron de moda entre los aristócratas franceses a principios del siglo pasado.

(Dedico este «Planeando» a mi compañero de fatigas Lluís, que me describió con todo lujo de detalles al farmacéutico-esturión y no se lo dedico a los que, después de haberlo negado durante muchos años, niegan aún que el debate sea la única manera de avanzar porque creen que son perfectos, como los esturiones. Me queda la esperanza de los que están arrimando el hombro para seguir avanzando, esos prefieren nadar libres, y para eso trabajan)

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Francesc Pla Santamans

Farmacéutico comunitario. Director de El Farmacéutico

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