Planeando

El sueño

Junio, a partir de la verbena de San Juan, está siendo un mes caluroso y caliente. El bochorno se apodera de las noches y el plomo de la solana te aplasta durante el día. Durante este inicio del verano, la inquietud y la incertidumbre se han asociado a la climatología y es difícil encontrar un rincón en el tiempo o en el espacio en el que el cerebro se pare y en el que el cuerpo deje de ser una pesada carga.

Lo más cercano a ese deseado oasis lo encuentro en las primeras horas de la mañana, de seis a ocho. En esas horas, si me coloco en el rincón adecuado del salón, en la esquina del sofá que tengo reservada para escribir o para divisar la pantalla de la televisión, logro notar un suave airecillo que me conforta. Los sonidos habituales del patio interior aún pueden diferenciarse del ruido de fondo de la ciudad, incluso es posible escuchar algún chillido de los vencejos o de las golondrinas que vuelan entre los edificios que van desperezándose al mismo ritmo que los azules de la madrugada van virando hacia los amarillos de la mañana.

Hoy ha sido uno de esos días en los que esas horas son una joya a pesar de que la noche que las ha precedido no haya sido apacible. Durante las horas oscuras, la tensión acumulada parecía un saco de arena encima de la boca del estómago y solo cuando los fríos azules de la madrugada van esparciéndose con sigilo como una invasión sutil que acabará ganando la guerra eterna entre la luz y la sombra, el peso muerto que me ha oprimido va desapareciendo poco a poco.

He quedado para desayunar con un viejo amigo con el que había perdido el contacto. Nos reencontramos hace unas semanas en la boda del hijo de una amiga común. Es un gran conversador y nos intercambiamos los números de teléfono. Hace unos días le llamé y fijamos la fecha en la que volveríamos a vernos. Él desayuna, por lo que me comentó, en un pequeño bar familiar que está situado cerca de su casa, en la retícula de calles estrechas y elegantes que conforman el barrio ubicado entre la Vía Augusta y la Travessera de Gràcia.

He llegado puntual al punto de encuentro que habíamos fijado siguiendo una ruta que transita por esas calles estrechas que a esta hora están tranquilas y en las que aún la sombra de los árboles conserva un alegre frescor.

Mi amigo está tomando un té con leche mientras lee la última página del periódico en la mesa situada en la esquina del fondo del bar. Es un local pequeño al que se accede bajando dos escalones, pero no tienes la sensación de entrar en un local subterráneo, es un bar luminoso, porque las paredes son una cristalera continua de ventanas por las que se ve pasar a la gente yendo hacia la oficina o a la escuela.

– Hola, ¿qué quieres tomar?

– Tomaré un cortado y un bocadillo de jamón.

– Tu rostro demuestra que no has dormido bien.

– ¿Tanto se nota? Esperaba que el trayecto hasta aquí fuera un buen cosmético. Pero lo cierto es que estos meses han sido devastadores para mi ánimo. La precipitación con la que las Administraciones pretenden aplicar las medidas están poniendo a los farmacéuticos en una situación muy comprometida.

– Ya he leído que esta semana habéis tenido muchos problemas.

– Es decepcionante ver como la improvisación se impone sobre la reflexión y la planificación.

– Debes animarte. ¿Cuántas horas has dormido?

– A las dos de la madrugada ya estaba despierto y no me he podido dormir hasta las seis y a las siete y cuarto ya estaba duchándome. El tiempo justo para tener un sueño extraño.

– ¿Te acuerdas de ese sueño extraño? Me interesan los sueños, a veces los utilizo para escribir mis libros.

«La moto está aparcada delante de una gran puerta de madera, junto a unas bicicletas. Las llaves, dos llaves distintas, están colocadas en el contacto. Es roja, pero no es una moto nueva. Parece repintada. El instante en el que subo a ella, el instante en el que decido llevarme una moto que no es mía, no es un momento dramático de la historia. De repente estoy conduciéndola y observo la rueda delantera que está gravemente deteriorada. La carretera por la que circulo sube hasta una zona residencial que me recuerda el barrio de torres de veraneo en la Plana de Vic. Sin embargo, y sin que suceda nada especial, tengo la necesidad de devolverla al lugar en la que estaba. Todo sucede sin bajar en ningún momento de la moto y sin hablar con nadie. La carretera de vuelta me recuerda el tramo que cruzaba el pueblo de Tona. Al llegar al cruce con la calle que se dirige a la plaza de la iglesia, y al intentar girar a la izquierda me encuentro con un gentío que no deja resquicio para tomar ese camino. Parece que la muchedumbre está celebrando una fiesta popular, la gente baila y hay algún tenderete en el que se sirve algún plato, creo que una paella, aunque no puedo asegurarlo porque los sueños no huelen. Continúo carretera abajo y sin darme cuenta estoy conduciendo entre gente que grita y baila dentro de una casa enorme. Estoy conduciendo entre gente que está en una especie de juerga que no logro entender y que abarrota todos los rincones de esa especie de vetusto palacio de grandes estancias y de escalinatas, por lo que no logro dejar la moto en ningún sitio. En un rincón más tranquilo veo una puerta entreabierta y entro en la habitación que está vacía. Es un dormitorio en el que veo una gran cama deshecha. Entra en la habitación, mientras estoy buscando un lugar para aparcar la moto, mi tata Julia...» En este punto el sueño y la vigilia se empiezan a mezclar en un proceso osmótico en el que me confundo.

– Es raro tu sueño. ¿Crees que tiene que ver con lo que te está sucediendo estos días?

– No lo sé. No acostumbro a recordar los sueños ni a contarlos. A menudo hablamos de los sueños como reflejos de nuestros anhelos, pero la realidad de estos días puede tener algo que ver con mi sueño, ya que hace unos meses que todo ha sido una mezcla confusa de órdenes precipitadas que critico profundamente porque de ellas se desprende una falta total de sensibilidad respecto a los ciudadanos y de respeto respecto a los profesionales.

– Necesitas vacaciones, aunque me temo que los motivos de tus quejas van a continuar aquí cuando vuelvas.

No tengo suficiente ánimo para rebatir su vaticinio. Al menos el bocadillo es de buen jamón. j

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Francesc Pla Santamans

Farmacéutico comunitario. Director de El Farmacéutico

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