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De guardia en Navidad

  • 08 Enero 2014

Son numerosos los compañeros farmacéuticos que, año tras año, están a disposición de sus pacientes en noches señaladas. Desde El Farmacéutico hemos seleccionado al azar dos farmacias de entre las muchas que estaban de guardia por toda la geografía española durante las pasadas navidades. Una de ellas en Nochebuena y la otra en Nochevieja.
Sirva este artículo de pequeño homenaje a estos dos compañeros y a todos los que ponen por delante de sus necesidades las de la población a la que sirven.

Elena BerenguerSin novedad en Navidad
El Berrueco es un pueblo de la Sierra Norte de Madrid. Tiene aproximadamente 600 habitantes y está en un enclave privilegiado de la Comunidad de Madrid. Elena Berenguer Manzaneque lleva dos años y medio al frente de la farmacia del pueblo: «Cuando me decidí a comprar una farmacia buscaba una que estuviera más o menos cerca de mi casa y que fuera asequible económicamente. Y estas características las encontré en esta farmacia». Elena Berenguer también encontró tranquilidad, al menos por lo que respecta a las guardias. «En general –explica–, las guardias en las farmacias rurales son muy tranquilas y no suelen venir muchas personas, pero nuestra obligación, como farmacéuticos titulares de una oficina de farmacia, es hacer las guardias». Consecuente con ello, Elena Berenguer no dudó en permanecer al pie del cañón el día de Navidad, en el que, por fortuna para ella, la vida en El Berrueco prosiguió con su ritmo pausado. Reconoce que la tarde de Nochebuena fue algo movida y que algunos clientes se acercaron «en busca de antibióticos y Dalsy», pero cuando llegó la noche logró incluso disfrutar de una velada familiar: «En las farmacias rurales tenemos la opción de hacer guardia localizada, por lo que mi familia vino a El Berrueco, a una casita rural donde cenamos todos juntos y cuando terminamos la cena me fui a pasar el resto de la noche a la farmacia. Aunque tenía la certeza de que no iba a venir nadie mi obligación era hacer la guardia».
«La verdadera anécdota es que venga alguien por la noche a una urgencia», comenta medio en broma Elena Berenguer, que puntualiza: «Es muy raro que venga alguien. Normalmente las urgencias no son muy graves y como los servicios de urgencia están en pueblos más grandes, que distan unos cuantos kilómetros de las farmacias, por lo general la gente prefiere esperar al día siguiente para comprar las medicinas. Y si se trata de una urgencia grave se dirigen directamente al hospital de referencia». Curiosamente, la única anécdota que recuerda se deriva, precisamente, de esta tranquilidad: «Un día –explica– casi me queman el timbre de la farmacia de tanto llamar, por que me había quedado profundamente dormida».
Aún con todo, Nochebuena no deja de ser especial. «Sí que se nota que es una guardia diferente. Mucha gente del pueblo se acerca a desearme feliz Nochebuena». Elena agradece el interés de sus clientes, y aunque reconoce que en Nochebuena no suele ofrecerles ningún detalle especial, durante el año se preocupa de hacer algún tipo de promoción. Y no debe hacerlo mal cuando luego nos comenta que «los clientes sí que tienen a veces algún detalle conmigo: me dan huevos, tomates, calabacines...».

Manuel Ángel BarreiraUna puerta abierta en Nochevieja
Manuel Ángel Barreira Fernández es farmacéutico comunitario desde hace 23 años en A Fonsagrada (Lugo), un pueblo de montaña pegado a Asturias. «Es el ayuntamiento más grande de Galicia en extensión –nos explica–, 440 km², con una población de, aproximadamente, 4.000 habitantes repartidos en 290 aldeas, concentrándose un porcentaje muy alto en la villa de A Fonsagrada. En ella están todos los servicios de la zona, entre los que se encuentran el PAC (Punto de Atención Continuada, con un médico y un ATS de guardia) y dos oficinas de farmacia que se turnan para hacer guardias semanalmente de lunes a lunes, de manera que a una le toca en Nochebuena y a la otra en fin de año».
En esta ocasión a Manuel Ángel Barreira le tocó en Nochevieja, pero esta circunstancia no afectó mucho a sus costumbres en las noches de guardia: «Tengo mi vivienda encima de la farmacia, lo cual es muy cómodo, ya que me permite hacer una vida normal, acostándome en mi cama las noches que estoy de guardia. En general son muy tranquilas, hasta las doce de la noche puedo tener algo de trabajo con algunas urgencias y cada vez más, desde que empezó la receta electrónica, hago dispensaciones de tratamientos habituales. A partir de esa hora hay semanas en las que no me tengo que levantar en toda la noche y otras en las que te pueden llamar 2 o 3 veces. Aunque tengo ventana para dispensación, normalmente a los conocidos les abro la puerta para tener un contacto más directo, poder hablar y explicar dudas sobre el uso de medicamentos».
Este año a Manuel Ángel Barreira le tocó hacer guardia la semana de fin de año. «La primera noche –nos explica– me despertaron dos veces: una a las tres de la mañana y otra a las seis y media. En esta última el paciente venía con un ojo tapado porque le habían extraído una "china". Le prescribieron una pomada y me pidió que le aplicara la primera dosis en la farmacia, cosa que hice, lo cual justifica que le abriera la puerta». Una noche especialmente «movida» si se compara con la que vivió al día siguiente, en Nochevieja: «El día de fin de año –recuerda– cerré la farmacia a las ocho y media, subí a casa y ayudé a terminar de preparar la cena, pusimos la mesa, tomamos un aperitivo antes de cenar, hubo algo de conversación... Cené en compañía de mi familia, fue una cena muy tranquila y agradable, en la que no tuve urgencias. Tomamos las uvas, cada uno a su ritmo y las que quiso, brindamos y mis hijos salieron a dar algo de ambiente al pueblo. Me quedé viendo la tele un ratito y me acosté a las dos. No me llamó nadie en toda la noche, lo cual me alegró mucho».
Y la tranquilidad tampoco se truncó el día de Año Nuevo. «Abrí sobre las diez y tuve mi primer cliente a las once: un tratamiento para un niño que se pasó la noche en el hospital porque se había machacado un dedo con una puerta. La mañana transcurrió con mucha tranquilidad y poco trabajo. Cerré para comer a las dos y media y abrí a las cinco. Fue una tarde muy relajada, en la que tuve la visita de dos amigos del pueblo que viven fuera y vinieron a pasar las navidades. Nos sentamos en la "rebotica" y estuvimos charlando bastante tiempo. Uno de los temas de los que hablamos fue sobre uso y abuso de productos (bebidas estimulantes tipo Redbull, que junto con alcohol parece que se ponen de moda...). La conversación luego derivó hacia las "pastillas para dormir": los ansiolíticos, hipnóticos y sedantes que se toman durante largos periodos y que generan mucha dependencia y tolerancia. Me llamó la atención que me preguntaran por la noticia que salió recientemente sobre el omeprazol, lo que me hizo pensar que la gente está muy al tanto de temas relacionados con los medicamentos, sobre todo si son de consumo masivo (hay que reconocer que hoy te prescriben un "protector de estómago" de acompañante de cualquier tratamiento). Pasó el tiempo y tuve que echar a mis amigos para cerrar a las nueve. Por la noche, sobre la una y media me llamaron para dispensar un tratamiento para un niño: un inhalador con cámara. Una vez más decidí abrir la puerta, pues solo así podía explicarle el uso correcto».
La tranquilidad de esta semana de guardia le llevó a Manuel Ángel Barreira reflexionar sobre lo que hubiera ocurrido si las dos dispensaciones nocturnas (la pomada ocular y el inhalador con cámara) las hubiera realizado a través del ventanuco o dispensador, que es lo legalmente establecido. «No lo sé con certeza, pero sí sé que no todos los sitios son iguales», se responde.

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