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16 Marzo 2017

Uno de los textos atribuidos a Heráclito sostiene que la guerra es el padre de todas las cosas, que la discordia es la regla normal de comportamiento, el principio que rige los cambios y la historia. Una observación desoladora, que podría comprenderse si la guerra desempeñara una función válida para los intereses de la Humanidad. No parece ser así, o al menos no somos capaces de entenderlo. ¿La especie más evolucionada, sofisticada e inteligente está condenada a la guerra y al caos? ¿Es la confrontación inevitable e incluso imprescindible? De ser así, éste sería un mundo áspero y desagradable, sin mejora posible. Quizás el único problema es que nos cuesta, nos duele aceptarlo.

Las cartas tradicionales son elementos del juego de naipes. Son estampas realizadas sobre cartón, o bien, actualmente, de material plástico. Su conjunto forma la baraja. Mayoritariamente, tienen forma rectangular, aunque las hay también de forma redondeada.

20 Enero 2012
«Con orgullo podemos decir que los primeros atisbos de una organización farmacéutica militar son españoles, y que la Farmacia Militar española se adelantó centurias a las organizaciones castrenses de otros países... En los Ejércitos españoles, la separación de la Medicina y la Farmacia se halla por vez primera en tiempo de la dinastía de los Beni-Omegas, que fue la que levantó los primeros cimientos de la Farmacia militar española». Son palabras del profesor Guillermo Folch Jou que resulta oportuno recordar al iniciar este artículo sobre Agustín José de Mestre.

Antecedentes

En la expedición de Colón ya iba en calidad de grumete de la nao Santa María Gómez Zuraccos, aprendiz de boticario que había sido condenado a galeras por haber preparado un medicamento que había ocasionado la muerte del paciente. Zuraccos supo granjearse la amistad del almirante por haberle librado en dos o tres ocasiones de molestos dolores de cabeza y de estómago. Así pues, se le puede considerar como el primer elaborador de medicamentos que pisó tierras americanas. En el segundo viaje aparece el boticario Bartolomé de Arellano. El boticario Diego Montes de Oca acompañó a Alonso de Ojeda en sus expediciones. En la Armada Invencible iban embarcados al menos dos boticarios y es famoso el maestre Jaime Pascual, boticario de la Corona de Aragón que pasó a Castilla para servir a los Reyes Católicos.

Felipe II organizó la Botica Real dotándola de unas ordenanzas en 1594 y los borbones asimilan el cargo de boticario mayor de la Real Casa con el cargo de boticario mayor de los Reales Ejércitos. Con Carlos IV, tras la destacada actuación de los boticarios en la Guerra del Rosellón, se les concede el fuero militar y el uso del uniforme y en 1796 se les hace extensivo a los farmacéuticos destinados en los hospitales de campaña, así como a los de los hospitales de Ceuta, Melilla, Alhucemas y Vélez de la Gomera. La Junta Superior Gubernativa de Farmacia consideraba la farmacia militar como una proyección de la civil para casos de conflicto bélico, pero con la invasión napoleónica crea el cargo de boticario mayor de los ejércitos, que habría de ser ejercido por uno de los boticarios de cámara de S.M. Tras él estaban los primeros boticarios y los primeros y segundos ayudantes de botica, así como los practicantes de farmacia. Cada división del ejército poseía un botiquín o farmacia móvil.

Farmacéutico castrense

Uno de los más destacados farmacéuticos castrenses fue Agustín José de Mestre y Rodríguez, nacido en Piedrahita (Ávila), en el seno de una familia modesta que pasó a Turégano al servicio del obispo de Segovia, quien tomó a Agustín bajo su patrocinio.

Sabemos que tras 4 años de estudios eclesiásticos, cuelga los hábitos y emprende los de farmacia, pasando el correspondiente examen ante el colegio de farmacéuticos. Hizo sus prácticas en la famosa botica de Reyes en Segovia y pudo conocer a Luis Proust, famoso químico francés, inventor de la ley de las proporciones definidas, quien, contratado por la corona española, impartía clase a los cadetes de Segovia.

Con posterioridad pasa a regentar la famosa farmacia del Monasterio del Escorial, en la que se preparaban las «quintas esencias» a las que aludía Juan del Castillo, autor de la primera Farmacopea gaditana de 1622, que fue a la sazón alumno de dicha botica.

En 1794 salió a concurso una plaza de boticario de cámara, que firmó a instancias de su amigo Antonio Ortega, que era catedrático de Historia Natural del Colegio de Farmacia de San Fernando. Obtuvo la plaza, fue nombrado primer boticario del Ejército de Galicia y, desoyendo las órdenes del gobierno de José Bonaparte, se pasó a la lucha en contra del invasor francés.

Estableció laboratorios farmacéuticos de producción de medicamentos en Pontevedra, San Vicente de la Barquera y Olivenza, muchas veces adelantando dinero propio ante la escasez de recursos. Tuvo una labor distinguida en Ciudad Rodrigo, ya que estando la ciudad sitiada pudo acercar, con peligro de su vida, medicamentos a los botiquines de vanguardia. Fue hecho prisionero en Reinosa y Ponferrada, y se evadió en ambos casos.

El 25 de abril de 1811 se le nombró profesor de la Junta Gubernativa de Farmacia y pasó a Cádiz, donde desempeñó, hasta 1813, con profesionalidad y celo, sus funciones, así como las de secretario del Tribunal Supremo de Salud Pública.

Las Cortes se reunieron en la Real Isla de León por primera vez el 24 de septiembre de 1810 y en esta ciudad permanecieron hasta febrero de 1811. La Isla de León fue el primer destino de otro distinguido farmacéutico militar, Antonio Bastús y Fayá, que pasó posteriormente al Ejército de Andalucía. Allí estuvo Mestre, bajo las órdenes de los generales Reding y Venegas, participando en las acciones de Villanueva de la Reina y Mengíbar, en las que hicieron huir a la caballería francesa y posteriormente, el 18 de julio, en la batalla de Bailén, en la que el ejército español venció a las tropas de Dupont.

En Cádiz, Agustín José de Mestre hizo, ante las Cortes del Reino, una exposición recogida en el periódico El Conciso (17 de noviembre de 1811), en la que se ponía de manifiesto que la Junta Superior de Farmacia se sentía agraviada, ya que al restablecerse el Tribunal del Protomedicato en Cádiz no se había contado con ningún farmacéutico en su seno, a lo que la Comisión de Justicia de las citadas Cortes contestó que se nombraran dos de estos profesionales, ya que dichas plazas ya estaban contempladas en las Ordenanzas de 1800 y de 1804.

Acabada la Guerra de la Independencia fue nombrado en propiedad vocal de la Junta Superior Gubernativa de la Facultad de Farmacia y en 1815 boticario mayor de los Reales Ejércitos. En enero de 1815 esta Junta Superior solicitó al rey la creación de los colegios de Farmacia de Barcelona, Santiago y Sevilla en los que se enseñara la profesión al igual que en el de Madrid, datando desde esa fecha el carácter reglado de las facultades de farmacia.

Durante el trienio liberal fue apartado de su cargo, pero regresó al mismo tras la restitución de Fernando VII, de quien consiguió en 1826 que los farmacéuticos de Madrid quedaran libres de pagar la contribución industrial y de comercio y en diciembre de 1830, que se aprobara el Reglamento del Real Cuerpo de Farmacia Militar.

Perteneció a la Real Academia Española de la Lengua, fue presidente del Colegio de Farmacéuticos de Madrid y miembro de la Academia de Medicina y Cirugía.

Tras la muerte del monarca, en 1834, fue acusado de desafecto a Isabel II, muriendo en 1836, triste final para una de las personalidades que más consiguió para la farmacia militar española, separándola totalmente de la Farmacia Real. El mismo año de su fallecimiento se constituyó el Cuerpo de Sanidad Militar y se conservó la independencia de las facultades de Medicina y Farmacia.

Son claramente aleccionadoras unas palabras que pronunció en su discurso de toma de posesión como presidente del Colegio de Madrid: «Los progresos de los establecimientos, sean de la naturaleza que quieran, dependen exclusivamente del espíritu de unión de los individuos que los componen».

19 Diciembre 2011
En la Isla de León, el 31 de enero de 1810, tuvo lugar la creación del Supremo Consejo de Regencia. El duque de Alburquerque entra con sus tropas de infantería y caballería en la Isla de León. Era el ejército de Extremadura. Una división del ejército francés llega al Puerto de Santa María el 6 de febrero de 1810, ocasionando un avance con caballos al arrecife del puente de Suazo. Así se inicia la invasión francesa a la Isla de León y a Cádiz, único reducto de la independencia española. El 14 de febrero de 1810 se nombraron diputados suplentes de América y Asia con el objetivo de representar a los propietarios mientras no lleguen a la península. La Regencia declara el establecimiento del congreso el 24 de septiembre, teniendo lugar en esta fecha memorable la instalación y Primera Sesión de las Cortes Generales y Extraordinarias en el Teatro de las Cortes de la Isla de León. El 15 de octubre de 1810 las Cortes sancionaron la unidad de todos los dominios españoles, europeos, americanos y asiáticos en una sola misma monarquía, nación y familia siendo los naturales de tales territorios iguales en derecho. Las Cortes declararon la libertad de imprenta el 10 de noviembre de 1810, aprobando la proposición de nombrar una comisión para redactar el proyecto constitucional con fecha 9 de diciembre de 1810. La última sesión de las Cortes Generales y Extraordinarias en el Teatro de las Cortes de la Isla de León tuvo lugar el 20 de febrero de 1811. El 24 de febrero de 1811 se trasladan a Cádiz el Consejo de Regencia y las Cortes. La iglesia de San Felipe Neri es sede parlamentaria de sus sesiones, y allí las prosiguen. No hubo ningún diputado farmacéutico, pero la Farmacia tuvo su gran aliado en el médico ecuatoriano José Mexía Lequerica, que alzaba impetuosamente su voz en defensa de esta ciencia. El 19 de marzo de 1812 es el día fijado para la publicación de la Constitución Política de la Monarquía Española, templo de libertades cívicas.
10 Octubre 2011
Era el 22 de octubre del año 1511, hace cinco siglos, que los boticarios de la ciudad de Barcelona se impusieron unas normas de cómo preparar las medicinas compuestas, y en el preámbulo del documento denominado Concordia se felicitaban de esta iniciativa. Era la primera vez en el mundo que unos farmacéuticos se ocupaban de una cuestión de tanto interés profesional como la calidad de los medicamentos que obtenían, imprescindible para conseguir su acción beneficiosa. Todo apunta que el interés de los boticarios barceloneses se movía en este sentido y fueron los boticarios de la ciudad de Zaragoza, unos años más tarde en 1553, en una recopilación que también merece elogios, los primeros que además fijaron unos precios para sus productos, precios que indirectamente aportaban un nuevo valor al concepto de calidad, dentro de los parámetros de bien social que siempre debe presidir todo producto para preservar, mejorar u obtener la salud. Este binomio calidad/precio ha venido planeando sobre el producto farmacéutico a lo largo de estos cinco siglos siendo una preocupación de las autoridades sanitarias de todos los países regularlo y protegerlo. El desequilibrio ha surgido cuando el estamento encargado de fijar los precios de los productos farmacéuticos ha coincidido en gran manera con el que debía pagarlos y ha acercado al medicamento a lo que conocemos como un producto de subasta, como una vulgar mercancía, pudiendo llegar a una oferta de concurso donde la calidad solo se supone pero no se nombra. El precio más bajo debe imponerse con independencia de los factores que ayuden a fijarlo y las garantías que estos puedan aportar. Incluso se pregona que el reducir el gasto farmacéutico nos salvará de la crisis actual. Un componente como el precio que siempre se ha interpretado como índice de calidad se ha convertido en factor de ahorro económico.

En el último número de la revista...

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En el anterior artículo de esta serie (El Farmacéutico n.º 589, págs. 40-42) llamábamos la atención so ...

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Revista El Farmacéutico

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