El barrio de Kensington ha perdido en buena medida el encanto británico que lo caracterizaba en los años noventa. La globalización se lo llevó. Sus calles y avenidas son ahora un poco más parecidas a las de cualquier gran capital mundial. El imperio británico aún mantiene muchas de sus características con orgullo, pero el imperio del dinero, mucho más poderoso, pragmático y eficiente, va penetrando también en el corazón de lo que fue un coto exclusivo de esos orgullosos isleños imperiales.

Hace una semana que las olas oscurecidas por el viento que viene del norte arremeten, con la insistencia de un psicópata, los pequeños malecones de la bahía. Hace frío.

Salir de casa esperando encontrar la luz del día, la luz de un día frío de enero, y que una tiniebla invernal te abrace como un oso no es una manera fácil de empezar el día. La tristeza de la penumbra es espesa, como una gelatina pegajosa que impide que la caminata sea fluida. David es un tipo grande. Una persona a quien todos le suponen una fuerza y resistencia por encima de la media, pero lo cierto es que, aunque él lo disimule, el paisaje le influye. No es insensible al paisaje ni a los otros. Se siente frágil, los huesos le crujen bajo la presión del oso negro de esta mañana triste.

Revista El Farmacéutico

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