El verde brillante de las hojas de las vides marineras se ha ido dorando durante el verano. Las cepas viejas, negras y retorcidas, están grávidas de racimos dulces. Todo está preparado para la fiesta del final de verano. La vendimia está a punto de llenar las tinas de acero del jugo de las uvas preñadas por el sol. Es un parto esperado que cada año se celebra con entusiasmo renovado.

Dedicado a mi amigo, por el que estoy aquí, Josep María

La ciudad quema, pero no parece que eso afecte a la multitud de gente que, a pie, en bicicleta o en transporte motorizado, se mueve por sus calles.

Hace un par de días que los niños del barrio van acarreando maderas viejas. Esta mañana, tres niños que apenas habían cumplido los diez años transportaban con un esfuerzo grande que su ilusión aligeraba una puerta de madera maciza pintada de color verde pálido.

Un instante antes de cruzar la verja de la gran rosaleda al final de la avenida, aparece como un puñal el recuerdo de la tristeza que envolvió un paseo invernal que, tan sólo hace cuatro meses, Isabel, acompañada de su amiga Clara, dieron por el mismo lugar. El jardín podado, repleto de tallos secos, cadáveres fríos que sobrecogían los parterres, era un páramo costoso de atravesar. Sólo un aroma tenue de la tierra removida calmaba el hielo de las lágrimas grises de la mañana.

Los domingos de abril en Barcelona, a la hora que abren las panaderías, tienen algo de mágico. El aire fresco de la mañana pinta de un barniz brillante las calles. El sol está ocupado en desperezarse, su luz llega matizada por las caricias de la luna. Una luz franca ilumina las hojas de los árboles del paseo y un paréntesis silencioso permite escuchar los susurros del fugaz escarceo de los amantes celestiales. La ciudad se transforma en un escenario plácido, acogedor. Un respiro.

El barrio de Kensington ha perdido en buena medida el encanto británico que lo caracterizaba en los años noventa. La globalización se lo llevó. Sus calles y avenidas son ahora un poco más parecidas a las de cualquier gran capital mundial. El imperio británico aún mantiene muchas de sus características con orgullo, pero el imperio del dinero, mucho más poderoso, pragmático y eficiente, va penetrando también en el corazón de lo que fue un coto exclusivo de esos orgullosos isleños imperiales.

Hace una semana que las olas oscurecidas por el viento que viene del norte arremeten, con la insistencia de un psicópata, los pequeños malecones de la bahía. Hace frío.

Salir de casa esperando encontrar la luz del día, la luz de un día frío de enero, y que una tiniebla invernal te abrace como un oso no es una manera fácil de empezar el día. La tristeza de la penumbra es espesa, como una gelatina pegajosa que impide que la caminata sea fluida. David es un tipo grande. Una persona a quien todos le suponen una fuerza y resistencia por encima de la media, pero lo cierto es que, aunque él lo disimule, el paisaje le influye. No es insensible al paisaje ni a los otros. Se siente frágil, los huesos le crujen bajo la presión del oso negro de esta mañana triste.

Revista El Farmacéutico

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