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Sin aristas

Caracas

Decía Max Aub que cada uno es de donde hace el bachillerato. En ese caso yo sería caraqueña, porque fue allí donde cursé los últimos años de primaria, toda la secundaria y el primer año de carrera.

Recuerdo los primeros tiempos siendo yo una niña, gobernado el país por Marcos Pérez Jiménez, cuando se vivía una época llena de oportunidades y se la consideraba un paraíso para los visitantes. Caracas era una ciudad bella y una de las más avanzadas de Latinoamérica. Nunca olvidaré mis paseos por la plaza Bolívar, alrededor de la estatua ecuestre de Simón Bolívar el Libertador. En aquellos tiempos, si un hombre pasaba en manga corta o llevaba maletas, tenía que dar un rodeo. Se les llamaba la atención: «Ah, musiú, te tienes que poner el saco para poder pasar por delante de Simón Bolívar». Con el mayor de los respetos, el musiú, generalmente español, portugués o italiano, se ponía el saco (la chaqueta).

Estuve diez años cantando a diario el Himno Nacional en el patio del colegio de monjas. Suelo emocionarme al escuchar un himno, sea del país que sea. Así que, cuando cantaba el «Gloria al bravo pueblo», se me empañaban los ojos y alguna compañera me susurraba «no llores, que la letra de este himno ofende a ustedes los españoles».

Lo mejor de Caracas son sus gentes. Tan generosas, dándolo todo al que llega de otros países buscando calidad de vida. Ofrecen lo que tienen. Habitantes de barrios como la Pastora, la Candelaria, regalando arepas, hallacas, pan de jamón, al vecino venido de España.

En cierta ocasión, alguien alertó desde los medios de comunicación de que Caracas no tenía una canción dedicada, como sí la tenían Puerto Cabello, Barquisimeto, Valencia y hasta Guayana. Pidieron al mejor compositor de música venezolana, Juan Vicente Torrealba, que le compusiera algo a Caracas. Pero parece que no escuchó el mensaje.

Fue el dominicano Billo Frómeta, el creador de la mejor orquesta del país, la Billo´s Caracas Boys, quien prestó oídos a la petición. Él también era de los que se ponían el saco antes de pasar ante la estatua de Bolívar. Y la canción le salió del alma:

«Para cantarte a ti, mi Caracas, todas las cuerdas de oro...».

Cualquier persona que tuviera un salario digno podía permitirse el lujo de adquirir un perfume francés, comprar ropa en Sabana Grande y tomar el aperitivo en el hotel Tamanaco.

Ahora no reconozco ni a mi Caracas ni a sus habitantes, pasando penurias. Sin hallacas en Navidad, sin arepas para el desayuno. Sin agua potable. Sus barrios más entrañables parecen tercermundistas.

«Para cantarte a ti, mi garganta recogió a un ruiseñor...»

Miles de familias españolas que echaron raíces en el país que las acogió se resisten a abandonarlo. Retornan de Venezuela una primera, una segunda y una tercera generación de emigrados. Vienen tres generaciones y regresan dos. Aquí se quedan los mayores, pero vuelven para allá hijos y nietos, porque aquí en España también falta empleo para ellos, piensan que esta situación no puede durar mucho más y quieren estar allí para arrimar el hombro y levantar el país. Allí quedaron los que no tienen intención de volver por la devaluación de propiedades en Venezuela, por haber echado raíces, tener hijos o nietos nacidos en esa tierra que un día fue rica y les sacó de la pobreza. Porque no quieren morir lejos «de casa» y porque se siguen poniendo el saco ante la estatua de Bolívar.

«Para cantarte a ti, mi Caracas, le he pedido al poeta que le ponga a mi verso toda su inspiración...»

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