Octubre 2017

Llueve bien. Las hojas caídas no parecen muertas. El barniz del agua las revive y su amarillo brilla. Parecen cadáveres maquillados por un «tanatoestético» experto. Muertas, pero alegres.

Los cielos grises del inicio de otoño no tienen el peso de la penumbra invernal. Si escudriñas entre las nubes, puedes descubrir grietas por las que se cuela la añoranza. Son como un tapiz ligero, en el que su trama deja pasar la luz del verano. Octubre es un mes resistente. Es como la fruta madura en la rama del árbol. Caerá atraída por la tierra en la que se fundirá sin remedio, pero aún conserva el orgullo y la voluntad de mantenerse ahí, justo donde hace unas semanas nació, dejando atrás el perfume de la flor, el zumbido de las abejas y la danza de las mariposas.

Los cipreses que siguen el trazado del camino que cruza el parque que atravieso para llegar a la farmacia mantienen el verde oscuro de sus hojas. Son como ramilletes con una forma que recuerda al coral que vive arropado en su cuna mediterránea. Sus hojas imperecederas miran con la soberbia de las coníferas que se sienten inmortales a los cadáveres dorados que alfombran el suelo.

He olvidado el paraguas en casa, pero la gabardina y el sombrero son lo suficientemente impermeables para resguardarme de la lluvia pausada de esta mañana. Los días grises tienen mala fama, diría incluso que los grises la tienen. No comparto esa visión. ¿Qué sería de la pintura sin los grises?

Antes de salir de casa, después de desayunar un par de tostadas con jamón y de acabar el café con leche de avena muy caliente, he ojeado el periódico sin mucho interés y me he perdido en la playa que cuelga delante del sofá del salón. Es una playa muy cercana, podría bautizarla como mi (nuestra) playa. El cuadro mide un metro y medio por setenta centímetros. Una cala tranquila besa con pasión delicada la costa y llega con ternura hasta las piedras redondeadas. Un abrazo de dos amantes eternos. Allí, en ese pedazo de tela, el mar se funde con las piedras y, a lo lejos, lo hace con el cielo, en una melodía delicada de grises. Sin ellos no sería mi (nuestra) playa, porque en ella también viven los acordes de nuestras vidas. Sería una imagen más o menos fidedigna de un accidente de la costa rocosa, pero no escondería el alma de ese rincón.

Casi cuarenta años de profesión ya son años. El camino no es tan ligero como en el inicio del viaje, y en la mochila de la experiencia se mezclan éxitos, fracasos, errores, aciertos, amigos de verdad, amigos, conocidos, enemigos, desengaños, engaños e incluso traiciones. Cada día soy más consciente del peso de esa mochila, sobre todo cuando empiezo a subir la pequeña cuesta que enfila serpenteando entre los troncos y ramas desnudas de un bosquecillo de olmos y abedules, en el que se encuentra la puerta por la que salgo del parque para empezar a callejear por el asfalto ciudadano.

Cuando llegue el invierno oscuro, ese invierno sin fisuras, no creo que me apetezca continuar carreteándola. En el punto más alto del camino, antes de atravesar la verja, me paro y me siento después de colocar una de las revistas del sector que llevo en la mano para leer, que ahora me sirve para evitar que la humedad cale en mis pantalones. Es un banco en el que el musgo y algún liquen decoran de verde, blanco y naranja alguna esquina de la piedra vieja y porosa. El discreto estampado le proporciona una pátina de antigüedad que la hace más acogedora. En esos años iniciales tenía poco tiempo para pensar en un banco de piedra del parque, ahora tengo más.

Estos árboles, que ahora me acompañan casi desnudos, me han visto pasear muchos días. Para ellos soy aún un joven paseante. Siempre somos jóvenes para los árboles. Me han visto andar por su territorio con sus copas frondosas, orgullosos de sus hojas verdes y frescas, regadas por la savia que corre por todas sus venas, y también en el crudo invierno, cuando su sangre se congela en sus troncos. ¿Qué deben pensar de mí? ¿Se fijaron en mí cuando subía corriendo en los veranos jóvenes en los que agradecía su sombra o en los inviernos cuando el frío me era indiferente? ¿Me reconocen ahora, que camino con parsimonia y que he aprendido a mirarlos? Yo ya los conozco a todos, conozco sus troncos heridos y sus ramas, pero no creo que ellos me reconozcan. Soy un paseante más. Los árboles nos proporcionan una buena dosis de humildad.

Sentado en el banco, bajo una llovizna imperceptible, repaso mi equipaje. Poco a poco, sin demasiado orden, lo voy sacando de mi mochila. El ovillo de mi memoria va desenredándose y voy ordenando el hilo de mi vida. Hace ya unos meses que aprovecho ese banco para ir desmadejando los recuerdos de mi vida. También los de la farmacia.

Recuerdo las personas que me han acompañado. Algunos ya han muerto, de otros no sé nada de su vida. Algunos iniciaron su carrera cerca de mí y ahora están lejos. Espero que les sirviera el trecho que recorrimos juntos. Los que ahora me acompañan son buena gente, con ellos se puede andar con tranquilidad el último trecho del camino. Voy a iniciar una etapa distinta. Una etapa en la que deberé esforzarme en mirar más hacia el horizonte que por el retrovisor.

La luz ha aumentado de intensidad. Al mirar hacia el tapiz nuboso, observo que han aparecido algunos claros. Me levanto. La revista ha resistido con dignidad, y los pantalones también. Voy hacia la farmacia, y los recuerdos me acompañan y revolotean alrededor de mi cabeza como un enjambre. Son muchos. Me doy cuenta poco a poco de que mi vida no es sólo mi profesión.

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Francesc Pla Santamans

Farmacéutico comunitario. Director de El Farmacéutico

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