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Sin aristas

De película

Una carta que contenía ricina y estaba dirigida a Donald Trump fue interceptada por las autoridades a mediados de septiembre del nefasto 2020. Todo el correo de la Casa Blanca se analiza antes de llegar al destinatario. Saltaron las alarmas.

La ricina es una proteína que se extrae de las semillas del ricino (Ricinus communis o higuera infernal) en la fabricación del aceite de ricino. Es material de desecho soluble en agua, no en grasas, y un tóxico potente que penetra en las células y evita que se sinteticen proteínas, que sin éstas las células mueren. Con ello, el organismo se colapsa. Inhalada, provoca síntomas como fiebre, tos, dificultad para respirar y edema pulmonar. Ingerida, ocasiona hemorragias en el aparato digestivo.

Años atrás, en 2013, se interceptó una carta con ricina dirigida a Obama. El responsable del envío fue condenado a 25 años de cárcel. Peor suerte corrió un disidente del régimen búlgaro en 1978. El escritor Georgi Markov estaba esperando un bus en el puente de Waterloo para dirigirse a la BBC, cuando sintió un pinchazo en la parte posterior del muslo derecho. Aparentemente fue un pinchazo accidental ocasionado con la punta de un paraguas cerrado, portado por un viandante que le pidió disculpas. Esa noche fue ingresado en un hospital, y tres días después falleció.

Una pequeña porción de ricina colocada en la punta del paraguas, oculta en una minúscula esfera metálica de 2 milímetros de diámetro con dos pequeños orificios, fue el vehículo letal. Descubierta durante la minuciosa autopsia realizada, la lesión que ocasionó parecía una simple picadura de avispa.

Para la ricina no hay antídoto. Parece ser que, un día antes de morir, Markov le dijo al médico que lo atendía: «Me ha envenenado el KGB, y no hay nada que usted pueda hacer».

Markov era uno de los intelectuales más comprometidos de la Europa del siglo XX, autor de novelas como Retrato de mi doble, publicada por Siruela, en la que describe la resistencia del ser humano cuando está sometido a una gran presión, o La verdad que mató, donde narra la vida bajo un régimen totalitario. Se lo consideró uno de los mártires de la Guerra Fría. Sus obras fueron prohibidas y retiradas de las bibliotecas. Nadie pagó por ese crimen, no hubo sospechosos ni detenidos, y tampoco acusados. Un misterio sin resolver.

Años después, el doctor Bernard Riley, que fue quien lo atendió, contó que cuando Markov llegó al hospital las enfermeras creyeron que estaba loco porque decía que le había atacado el KGB. Riley se lo tomó en serio, y avisó a Scotland Yard antes de encerrarse en la biblioteca para tratar de descubrir de qué veneno se trataba.

Cuando le comentó a su esposa que sospechaba de la ricina, ella fue contundente: «Tienes que leer más a Agatha Christie». Y tenía razón, porque la célebre escritora de novelas de misterio y gran conocedora de los venenos escribió La muerte al acecho, que no protagonizaron Poirot ni Miss Marple sino la pareja Tommy y Tuppence Beresford, matrimonio de detectives aficionados. En esta novela, cuatro víctimas murieron en un breve espacio de tiempo, envenenadas con ricina mezclada con mermelada de higos.

La novela es de 1929; en esos años, la ricina no constaba en ningún registro como vehículo letal de un crimen, pero Agatha Christie tenía estudios de farmacia y estaba familiarizada con el uso de tóxicos. Sabía, por ejemplo, que si la ricina es inyectada hipodérmicamente y en pequeñas dosis en el organismo, y durante cierto tiempo, se consigue la inmunización del sujeto, como muestra con uno de los personajes de La muerte al acecho. El siguiente hecho documentado de uso de ricina como veneno se produjo en 1978 con Markov. Este tóxico tan implacable está contenido en unas bayas rojas de gran belleza.

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