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Sin aristas

La visita que no llamó al timbre

Las epidemias nos han acompañado a lo largo de la historia. Si nos ceñimos al siglo XIX, 6 pandemias en sucesión acabaron con la vida de millones de personas en los cinco continentes. En la epidemia de cólera de 1833-1834, en nuestro país, todo empezó con la guerra de sucesión lusa. Voluntarios polacos acudieron a intervenir, en el vapor London Marchent, y con ellos llegó el cólera a la península Ibérica. Arribaron a Oporto, y España, que entonces era neutral, permitió que fondease en Vigo. Había mercado negro, se establecieron contactos entre los habitantes de la zona y las flotas infectadas, contraviniendo todas las normas sanitarias.

El 19 de enero de 1833 un ciudadano vigués que trabajaba rellenando de estopas las junturas de los barcos pasó a la historia como la primera persona en España que enfermó de vibrio cólera asiático. Contagió a su mujer, y a los pocos días ya había enfermos en casi todos los pueblos de la provincia. A partir de ahí fue imparable.

El doctor Taboada Leal escribió que los únicos medios seguros e infalibles para impedir la introducción del cólera en cualquier país son los aislamientos y la completa incomunicación con lugares y personas infectadas. Otros médicos, animados por intereses económicos y políticos, se oponían a declarar la existencia de epidemia, temiendo el cierre de puertos al comercio.

Taboada Leal proponía medidas preventivas y terapéuticas, como el establecimiento de comisiones de salud en los cuarteles, la creación de hospitales provinciales y la ayuda a domicilio. Fue un avanzado a su época con gran visión de futuro.

Se leía en las informaciones diarias de la prensa de esos años que entre las causas que agravan las epidemias, la más activa es el desaseo. Relacionaron pobreza con suciedad, y ésta era el origen del cólera. Había que expulsar a los pobres. En Madrid, en 1834, con la llegada de la epidemia se realizó una inspección, y se expulsó a las personas que no tenían trabajo y llevaran menos de 10 años de residencia, dándoles pasaporte, una peseta y dos panes.

En tiempos del cólera morbo asiático de 1885, se recomendó la fumigación de las personas, buena sólo para satisfacer apariencias y tranquilizar espíritus impresionables fáciles de convencer. No sólo fue inútil sino perjudicial.
Se recomendaba, más que el reconocimiento de los viajeros a su entrada a las poblaciones, la inspección médica organizada para visitar a diario, preventivamente, a la clase pobre. Y que las autoridades no debían proteger la emigración, ya que los emigrantes pueden importar la enfermedad epidémica a un punto sano, porque como no todos los que huyen están en condiciones de hacerlo pronto, lejos, y volver tarde, la necesidad los obliga a regresar antes del completo restablecimiento sanitario de la población.

¿Volveremos a ver el cólera por aquí?, le preguntaron al célebre cirujano francés Lisfranc, a lo que respondió: «El monstruo ha venido a dejarnos tarjeta, pero no a despedirse; volverá a vernos de vez en cuando hasta que se aclimate y sea menos peligroso».

Muchas cosas han cambiado desde esas fechas, pero otras no. En el siglo XXI aparece el coronavirus y las crónicas actuales se asemejan a las anteriores, con un denominador común: el miedo.

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