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Editorial

La relación entre la forma y el fondo de las cosas genera muchos debates, reflexiones y ensayos. Hay quien sostiene que esta relación se circunscribe simplemente a la esfera de lo puramente instrumental en la que el continente tiene la utilidad de evitar el desparrame del contenido y poca cosa más. Los hay, en cambio, que sostienen que la forma es el reflejo fiel de la esencia de las cosas, e incluso hay quien defiende que sin la forma las cosas pierden su esencia, su alma que dirían algunos.

Alguien dijo una vez «Los árboles impiden ver el bosque». No sé quién lo dijo por primera vez, pero era alguien a quien le gustaba pasear por los bosques y que conocía toda la sabiduría, la experiencia y la paciencia telúrica necesaria para construir un entramado de vida tan sabio y consistente.

Vuelve Infarma, la cita más importante de la farmacia en España. En esta edición le corresponde al Col·legi de Farmacèutics de Barcelona la responsabilidad de la organización. Una vez más, las cifras de contratación de superficie expositora son muy buenas. La tradición volverá a cumplirse y esta edición superará a la anterior.

Los héroes dan siempre un poco de envidia, envidia malsana. Si pasas cerca de ellos, puedes notar su majestuosa invulnerabilidad restregada por toda tu cara, su aura lo ilumina todo mientras todas las miradas se dirigen hacia ellos. Ésa es la sensación que tengo cuando entro en la sala de la Galería de la Academia de Florencia. No hay muchos Davids como el de Miguel Ángel, y muchos de los que creen parecerse a él son burdas copias que no resisten una comparación exigente, pero existir, existen.

Seamos sinceros: entregar al cliente una caja de medicamento con un boquete en el estuche es cuando menos sorprendente, por no utilizar otros adjetivos más crueles como ridículo o zafio. La costumbre ha hecho que el espectáculo que ofrece el farmacéutico delante de las propias narices de su cliente, mientras le revienta la caja de medicamento que le va a dispensar, ya no escandalice a casi nadie. Incluso es motivo de comentarios más o menos ocurrentes sobre la destreza del farmacéutico en el manejo de las armas blancas o sobre la paciencia jobiana que demuestra al realizar infinidad de veces una tarea tan absurda y sin sentido.

Todo era mucho más sencillo cuando era el brujo de la tribu quien acumulaba en exclusiva el conocimiento de lo que sucedía en los cuerpos y las almas de sus feligreses, y el único que sabía cómo remediarlo. Lo malo es que era muy poco lo que realmente sabía. Desde ese pasado tan lejano, el aumento del conocimiento acumulado por la sociedad ha sido exponencial, lo que ha comportado un incremento de la complejidad de su gestión. Esta dificultad ha hecho necesario otorgar responsabilidades a las diferentes profesiones con la intención de que ese conocimiento revierta en la propia sociedad de la manera más eficaz y segura posible.

Si uno se empeña –pero mucho– puede encontrar personas que no están ocupadas y mucho menos preocupadas por vender nada, ni a ellos mismos, ni lo que hacen, ni lo que tienen. Simplemente son, hacen o tienen. No son normales, desde el punto de vista matemático del concepto.

O soy muy viejo ya, o el tiempo se ha acelerado sin que me haya dado cuenta. Me acuerdo perfectamente de los conflictos generados por el servicio a domicilio que algunas farmacias ofrecían, y de las denuncias que ese servicio generaba. También me acuerdo de las posiciones encontradas respecto al cobro mediante tarjeta de crédito.

La sociedad desarrollada en la que vivimos nos proporciona multitud de productos y servicios que nos hacen la vida más cómoda. Muchos más de los que les ofrecía a nuestros padres. Incluso más de los que, hace apenas una década, nos ofrecía a nosotros mismos.

De un tiempo a esta parte –cuando era niño no sucedía– observo una costumbre nueva. En según qué portales alguien, es de suponer algún vecino harto o la persona que se encarga de la escalera, coloca botellas de plástico llenas de agua adosadas a la parte baja de la pared.

La noche puede ser muy larga y negra, pero siempre acaba saliendo el sol. Sin estridencias, el alba se asoma por el horizonte para anunciar que un nuevo día se acerca. No se trata nunca de un gran acontecimiento, tan sólo es un pequeño síntoma de que algo puede cambiar, tan sólo un matiz en el negro absoluto.

La farmacia española está de moda. Sus representantes ocupan los puestos más importantes a nivel mundial. Una ex presidenta y el actual (recientemente renovado) presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos ostentan las presidencias de la FIP y de la PGEU, respectivamente. En principio es una buena noticia, evidentemente lo es para ellos. En ambos casos se trata de dos farmacéuticos que han dedicado y dedican muchos esfuerzos para la mejora de la profesión, y debería ser también una buena noticia para la farmacia española en general porque la voz de los que defienden un determinado modelo de farmacia es la que sonará en la cima de las organizaciones corporativas europeas y mundiales.

La estrategia preponderante del sector en estos años se ha basado en reforzar el papel sanitario de la red de farmacias para justificar precisamente la bondad de esa red regulada y para, al fin y al cabo, poder mantener una regulación que, en cualquier caso, es más coherente con la realidad de una red sanitaria que con la de una red comercial especializada.

Demasiado a menudo confundimos simplicidad con simplificación. La simplicidad es necesaria para clarificar los conceptos, para hacer entendibles las ideas. La simplificación, en cambio, es sinónimo de vagancia, de superficialidad, cuando no de tergiversación.

Aunque exista una evidencia clara y una tendencia universal definida, sigue siendo habitual que nos fijemos más en el árbol del primer plano que en el bosque del fondo. Seguramente no deberíamos flagelarnos por esta costumbre, muy extendida por otra parte, puesto que los árboles son mucho más cercanos que los bosques que, además, nos pueden abrumar y en los que es fácil perderse.

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