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Editorial

«Las palabras nos acompañan, nos emocionan, nos enfurecen, nos alegran, nos llenan hasta que descubrimos que están vacías, entonces se convierten en un ruido monótono. Porque las palabras son importantes si son la expresión de una realidad, de una voluntad, de un sentimiento o de una ilusión.»

Nos anuncian a bombo y platillo que en el año 2021 nos transformaremos. Deberíamos preguntarnos: ¿en qué? Gregor Samsa, el protagonista de la metamorfosis más famosa de la historia, despertó así sin más, sin haberse preguntado lo que quería ser, con cuerpo de cucaracha. Su final fue trágico, pero al menos no tuvo que padecer la incertidumbre de no conocer la forma que adquiriría su cuerpo. ¿Reinaría como un león, se arrastraría como una serpiente, viajaría sin rumbo por el océano como una medusa? Nada de eso sucedió. Despertó un día con muchas patas.

El año berrea como un bebé en el funeral del viejo. Es un llanto punzante y rabioso que nos taladra el cerebro y que nos exige resistencia y paciencia. Dicen los optimistas y los valientes que eso significa que viene sano y que, como todos los críos, llega con un pan bajo el brazo. El año nuevo, de la mano de la ciencia, nos ha traído la esperanza. Ya tenemos varias vacunas eficaces contra la COVID-19 y empezamos a vacunar. Tenemos una tarea que podría ser, como el león de Nemea o la hidra de Lerna, una de las doce que tuvo que vencer Heracles para ser perdonado. Vacunar al mundo entero, ahí es nada.

Homero nos cuenta que sus contemporáneos se rasgaban las vestiduras en los funerales como muestra de dolor o de agravio, también en el Libro de los Reyes de la Biblia se describe ese gesto como un gesto regio de disconformidad. Actualmente no se estila demasiado realizarlo de forma literal, se consideraría un gesto de un dramatismo obsceno. De vez en cuando, también podemos observar a deportistas mediáticos, aquellos que viven del espectáculo, romper sus camisetas para poner de manifiesto que se sienten injustamente tratados por el árbitro o por el azar. Esa elevada carga dramática ha provocado que reservemos su uso para la escena o que la utilicemos, de forma retórica, como una frase hecha.

Estaba en la barra del bar con unas tapas y unas cervezas, y con mis colegas colgados de mis hombros de hombretón. Todos nos reíamos de las anécdotas que nos habían ocurrido durante la semana. Soy un sentimental. Puedo soñar, aún.

Es tiempo de castañas y tiempo de visitar la ciudad de los muertos, aunque vivamos bajo una invasión anglosajona nada sutil. Han desembarcado en nuestras playas con sus disfraces de esqueletos y zombis que, sin ningún pudor, muestran los escaparates de las tiendas de chinos. Aún no han podido borrar el olor y el calor de las castañas en la plaza de mi niñez. A menudo rebusco entre los recuerdos para encontrar algo que decir de la farmacia, que de eso se trata. Curiosamente esta vez lo que me atrapa es un icono de esta fiesta absurda para mí, pero que a tantos niños del mundo les gusta vaciar e iluminar su interior para que los fantasmas aparezcan en las paredes: las calabazas.

Incluso a los que nos gusta presumir de cierto inconformismo, a los que ya nos está bien pisar con tiento algún callo de vez en cuando, incluso a esos traviesos, nos ataca la añoranza de los tiempos en los que todo estaba bien atado. Ese orden inmutable y eterno que regía las cosas –en el fondo también a esos inconformistas– nos proporcionaba un agradable confort. La seguridad es una tentación que además se hace más intensa con el paso de los años.

No aprendemos. Nos emocionamos con los desfiles que llenan los senderos de gloria, las canciones acompañan a los jóvenes e invocamos a la divina verdad para tejer los uniformes y los estandartes. No aprendemos. Parece que necesi-temos una dosis de heroísmo como el yonqui su droga. Somos incapaces de prever el paisaje después de la batalla, ni tampoco hacemos caso de los viejos soldados que volvieron de la penúltima guerra.

El siglo pasado parece lejos, ¿no? Y aún más en estos tiempos en que, aunque nos digan que nada ha cambiado en lo que se refiere a su medida, lo que realmente percibimos es que los segundos se van acortando cada día. Todo pasa muy rápido.

Los cajones olvidados, como la memoria, van acumulando polvo. La memoria va superponiendo estratos, uno encima de otro. Pero incluso los más antiguos siguen allí. A veces por olvido, y otras por miedo, dejamos de visitarlos, a los cajones y a la memoria. Hay días en los que la nostalgia es capaz de vencer al olvido o a la cobardía, y una atracción poderosa te acerca a ellos y te pones a bucear en los recuerdos o a revolver las carpetas antiguas. O las dos cosas a la vez.

«Las plagas, en efecto, son una cosa común, pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza.»
A. Camus

Encontrar el adjetivo es un ejercicio arduo. Mucho más aún cuando los que realmente importan están escondidos en las sonrisas y en las lágrimas. En las caricias y en los abrazos. ¿Cómo describimos la luna con un adjetivo? ¿Podemos hacerlo mejor que Vincenzo Bellini?
Casta Diva…

No es, seguramente, la metáfora más delicada, pero este virus de las narices ha sido como un escupitajo en la cara. Nos ha descubierto de sopetón, con la crueldad que siempre acompaña la realidad, las debilidades de una humanidad que vive demasiado confiada, pero que no tiene asegurado nada, ni su salud, ni su economía, ni siquiera la casa donde habita.

Infarma aterriza en Madrid, y le toca al Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid capitanear con pericia la cita más importante de la farmacia en España. Todos los datos indican que superará con éxito esta nueva etapa de la ya larga trayectoria de la feria/congreso del sector de las oficinas de farmacia. El pacto entre los colegios de Madrid y Barcelona se va acercando a su décimo cumpleaños, y va incrementando la solidez de un evento con unas cifras en constante crecimiento y que ya llegan a cotas cada vez más notables.

Se nos ha ido demasiado deprisa, como era habitual en él. Aún estábamos con el café en los labios y él ya estaba de pie mirando el reloj y recriminándonos con sorna nuestra parsimonia. Siempre tenía alguna reunión a esa hora intempestiva en la que la mayoría lo que queremos es olvidarnos de las reuniones. A José Mayoral le gustaba hablar con sus amigos, pero sin pasarse, porque su trabajo y la empresa que fundó, Ediciones Mayo, esta casa, eran tan importantes como esas conversaciones sobre lo que sucedía en el mundo y sobre lo que sucedía en su mundo.

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En el último número de la revista...

«Las palabras nos acompañan, nos emocionan, nos enfurecen, nos alegran, nos llenan hasta que descubrimos que están vacías, entonces se convierten en un ruido monóto ...

Soy optimista por elección personal. Estoy convencida de que nuestro camino por la vida es una gran aventura que merece la pena protagonizar con ...

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Eduardo Senante
Farmacéutico comunitario.
Farmacia Senante. Zaragoza (https://farmaciasenante.com/)

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