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San Sebastián, Venecia y la peste

San Sebastián mártir es uno de los santos con una imagen más característica e inconfundible. Con el tiempo, se ha ido sedimentando una iconografía que pone de relieve la belleza del mártir, su atractivo físico y la sensualidad que emana de su cuerpo semidesnudo torturado por las flechas de sus verdugos.

No es algo habitual en las representaciones de los santos, más discretas y ejemplares, que suelen huir de una sensualidad vista con recelo por el cristianismo, aunque sobren también ejemplos en sentido contrario, que muestran a un Jesús bellísimo y, en ocasiones, con el cuerpo perfecto de un atleta, como el imponente crucificado del Bronzino que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Niza. Baste comparar a Sebastián con otro santo semejante en sus funciones protectoras de la peste, San Roque, descrito siempre de forma anodina e incluso un poco sensiblera, como suele ser habitual en muchos santos. Sebastián rompe con ese esquema conservador y nos presenta a un héroe con el torso desnudo, de una belleza arrebatadora e irresistible, que parece gozar con el tormento que le es infligido. El dolor y el sacrificio lo conducen al éxtasis, lo aproximan al Paraíso, y el santo parece estremecerse de gozo ante el martirio que le abre las puertas a la gloria celestial, a formar parte del séquito de los elegidos.

Sebastián, sin embargo, nació ajeno a semejante ruido, fue un santo sacrificado por su devoción cristiana, que lo condujo al martirio, en su caso a ser asaeteado hasta el extremo de que las primeras descripciones sostienen que su cuerpo quedó como un erizo, y así se le representa en alguna de las imágenes del siglo XIV, con todo el cuerpo sembrado de flechas, con los impactos convertidos en llagas y sin el menor asomo estético y erótico que con los años le fue atribuido. Esas llagas, que han sido convertidas por algunos en iconos eróticos, fueron en principio relacionadas con las bubas causadas por la peste que diezmó a Europa en el pasado, sin que existiese contra ella otro remedio que la oración, la penitencia y huir pronto y volver tarde, como recetaban los médicos. Sebastián sufrió las flechas del martirio y la peste se relacionó con flechas que causaban un daño mortífero a los apestados. Por analogía, se relacionó a San Sebastián con la peste: como los apestados, sufría las flechas de la peste y en su cuerpo surgían las llagas mortíferas. Por tanto, se le convirtió en santo especializado en preservar y combatir la peste, y para protegerse de ella se pedía protección al santo que había padecido dolores semejantes a los causados por la peste. Así se le erigieron iglesias, en especial en los lugares (como Venecia) que más sufrían los envites de las epidemias pestíferas. En la capital de la Serenísima se erigió la iglesia de San Sebastián, con una estatua exterior del mártir asaeteado y en su interior unos frescos bellísimos del Veronese, y a esa iglesia acudían los ciudadanos a suplicarle al santo, que había padecido un martirio semejante al de la peste, que los preservase de ella. Tanta fue la importancia de la peste en la ciudad de Venecia que sus tres más grandes pintores murieron en sendas epidemias: Giorgione, Tiziano y Tintoretto emularon al santo en su dolorosa muerte.

San Sebastián no estaba solo en su lucha contra la peste; también la Virgen se compadecía de los apestados, y una de las iglesias más espectaculares y bellas de Venecia, Santa Maria della Salute, se erigió como agradecimiento a la Virgen, a quien se atribuyó el cese de la terrible epidemia de 1630. La iglesia es en realidad un monumental ex-voto arquitectónico, alzado en la parte más escenográfica de la ciudad, como agradecimiento a la madre que con su manto había protegido a la Serenísima. Igual que, dentro de sus más modestas posibilidades, San Sebastián mártir lo hacía desde su propia iglesia.

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Juan Esteva de Sagrera

Decano de la Facultad de Farmacia de la Universitat de Barcelona

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