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Censura de la belleza

Este verano apenas encuentro libros que me interesen, de modo que recurro a textos sobre mi afición favorita, la historia del arte. He leído libros sobre Dalí, Botticelli, Caravaggio, Miguel Ángel, Van Gogh, el Bronzino y Balthus.

Me ha sorprendido saber que este último –hoy en día considerado sospechoso de pederastia por sus abundantes retratos de púberes en posiciones insinuantes, muchas veces rodeadas de gatos– era un ferviente católico, y que consideraba ángeles a sus ninfas. Pero una segunda lectura deja de sorprenderme: el arte católico está impregnado de sensualidad y erotismo. Miguel Ángel pintó cuerpos viriles, desnudos, titánicos, cuerpos de atletas y culturistas. La Capilla Sixtina es una exhibición de desnudos donde la belleza del cuerpo sirve para cantar la magnificencia de la creación divina. Eran tiempos neoplatónicos: Dios había creado las formas perfectas, las ideas puras, y el mundo de las cosas, degradado, era elevado por el artista a la perfección sublime de la obra del Señor. Cristo, la Virgen, los santos y mártires, los apóstoles, todos debían ser bellos porque la belleza es uno de los atributos de la creación. Era ésa la función última del arte: transmutar la realidad, pasar del mundo vulgar de lo existente al mundo sublime de las formas puras y perfectas. Por eso en la Sixtina no hay un solo cuerpo que no sea bello, y esa belleza se expresa a través de la perfección y armonía de su cuerpo desnudo. Lejos de ofender a Dios, el cuerpo perfecto era un homenaje a su obra, pues Dios había creado un mundo bello, no el mundo vulgar y feo que todos conocemos. Más tarde, el catolicismo se hizo moralista, pudibundo, se escandalizó de la propia obra del creador y cubrió con ropajes los cuerpos, en especial los genitales dibujados con toda naturalidad por Miguel Ángel. El cuerpo desnudo pasó de testimoniar la grandeza de Dios a ser algo pecaminoso, prohibido, que debía ocultarse. La Creación fue considerada escandalosa en una regresión artística y moral sin precedentes: se censuró nada menos que la obra de Dios.

Cristo desnudo fue un tema habitual en Miguel Ángel. En la Basílica del Santo Spirito de Florencia se conserva un delicado Cristo crucificado, totalmente desnudo. Tan frecuente era representar desnudo a Cristo que, en 1514, se encargó a Miguel Ángel una escultura de Cristo de mármol, de tamaño natural, desnudo, con una cruz entre los brazos. La obra se puede admirar en Santa María Minerva de Roma, pero la estatua está afeada por un paño que tapa sus genitales. En Bassano Roma se encuentra la primera versión, abandonada porque en el mármol del rostro apareció una veta oscura. El Cristo de Bassano Roma es bellísimo y la perfección de su cuerpo manifiesta en su insuperable armonía que es el Hijo de Dios. Sigue como fue creado y abandonado por Miguel Ángel, con la veta oscura en el rostro y completamente desnudo, porque la obra estuvo extraviada durante mucho tiempo y eso la protegió: ningún pudibundo moralista pudo escandalizarse del cuerpo desnudo de Dios.

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Juan Esteva de Sagrera

Decano de la Facultad de Farmacia de la Universitat de Barcelona

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