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Vedrò con mio diletto

Me educaron, si puede aplicarse esa palabra a las enseñanzas que recibí, en un colegio religioso exclusivamente masculino, y, como en todos los escenarios en los que sólo hay hombres, el ambiente era áspero, descuidado y hosco.

De las mujeres sólo recuerdo que nos hablase un sacerdote procedente de Cuba, supongo que ex­pulsado por el castrismo, que nos describió el cuerpo de la mujer como sólo podría hacerlo un carnicero, dividiéndolo en diferentes piezas en función de la gravedad del pecado que suponía tocarlas. No se podía siquiera rozar parte alguna del cuerpo femenino sin cometer pecado, pero tampoco importaba mucho porque nuestras posibilidades de pecar en ese sentido eran nulas.

Llegábamos a las aulas por la mañana, ateridos de frío. Permanecíamos en silencio, muchas veces con los brazos cruzados, vigilados bien por el profesor, bien por un delator elegido entre los alumnos para que lo informase de nuestras faltas. Cada día, muy temprano, asistíamos a misa, que se oficiaba en latín y de la que no entendíamos nada, y disponíamos de unos misales de papel finísimo, con dibujos aterradores, que detallaban los suplicios carnales padecidos en el infierno por los condenados. Siempre me ha llamado la atención la violencia soterrada que impregna el santoral, los martirios, el Libro del Apocalipsis y la descripción del infierno, que recuerdo nos atemorizaba mucho. Descendíamos del aula a la iglesia, en silencio y con los brazos cruzados.

Hoy, en las escuelas de mis nietos veo solícitas profesoras desviviéndose por atender las necesidades de los alumnos. La educación ha mejorado mucho gracias a las mujeres, y siento envidia de estos niños cuidados y respetados en vez de humillados y vejados, como lo fuimos nosotros, claro está que igual soy yo quien tiene una percepción equivocada, pues cuando hablo con personas de mi edad parecen encantados, si bien es cierto que nadie recuerda nada. Ésa es, creo, una de las principales funciones del cerebro: olvidar, confundirlo todo, sustituir cuanto es desagradable por visiones más amables. A nadie satisface saber que fue humillado mediante un plan premeditado. Mejor pensar que todo fue de otro modo, divertido y amable.

Con el tiempo, he llegado a comprender a mis educadores, náufragos desorientados e insatisfechos. Por lo demás, mi relación con la religión es excelente: como casi todos los creyentes, lo sea yo o no, combino mis simpatías hacia el papa Francisco con un alejamiento total de los dogmas de la Iglesia. Creo que es lo que hace casi todo el mundo, y me parece sensato. Por lo demás, cada vez admiro más la sabiduría de los símbolos cristianos, su contribución a la cultura occidental, su peculiar y para mí bastante incomprensible espiritualidad. Será que siempre he estado más cerca del Tao que de la Biblia, pero Lao Tsé queda muy lejos y Jesucristo está en todas partes. Para mí está en la Missa Solemnis de Beethoven, y también en las suites para violoncelo de Bach, y en el Stabat Mater de Pergolesi, que últimamente escucho a todas horas. Está en la maravillosa Virgen de Tiépolo que conserva el Prado, en la Virgen con ángeles de Bouguereau, que se exhibe en el Petit Palais de París, y en la Virgen con el niño de Bellini, que es una de las joyas del parisino museo Jacquemart-André. Sin olvidar la Capilla Sixtina, claro. Y el Cristo de Velázquez. Los versos de san Juan de la Cruz. El Cantar de los Cantares. El primer movimiento de La Pasión según San Juan, de Bach. El Gloria de Vivaldi. El Magnificat, otra vez Bach. La sabiduría del Génesis. Buena parte de los Evangelios. El repertorio de los castrati, hoy interpretado por los contratenores, como mi favorito, Philippe Jaroussky, un ángel. Escucharé, de aquí a unos minutos, su versión de Vedrò con mio diletto, mi aria predilecta, y humildemente daré una vez más, a todos, las gracias.

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Juan Esteva de Sagrera

Decano de la Facultad de Farmacia de la Universitat de Barcelona

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