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Madres mecenas

Platón definió al hombre –si no recuerdo mal, quizá después de una cena opípara en la que supongo que corrió abundante el vino– como el único bípedo sin plumas. No creo que ni el hombre ni la mujer puedan definirse, pero quizá sí se nos pueda conocer un poco, y la aproximación de Platón no es que sirva para mucho.

Peter Sloterdijk, quizás el pensador más original e iconoclasta en activo, cree que una de las peculiaridades de los hombres es la prolongación de la fase infantil y juvenil y la precocidad radical del momento del nacimiento. Como otros autores, Sloterdijk sostiene que el bebé humano debiera nacer tras 21 meses de gestación para alcanzar un grado de madurez análogo al de los primates, es decir, que nacería tras los nueve meses de gestación y con el desarrollo de un niño de un año. Sin embargo, como el parto de un bebé de ese tamaño sería imposible, los niños nacen a los 270-280 días, con el máximo tamaño que permite la abertura de la pelvis en las mujeres. El nacimiento normal del ser humano equivale a una interrupción forzosa del embarazo dictada por la naturaleza: todos seríamos prematuros, nacidos un año antes de lo necesario. Todos precisamos, por tanto, la estancia durante al menos un año, y de forma intensiva, en una incubadora externa, no uterina, y esa incubadora es la madre, o quien ejerza sus funciones. Sloter­dijk, gran acuñador de términos –no pocos desconcertantes–, llama a las madres mecenas biológicos. La madre sería la incubadora externa de sus hijos, la mecenas de su descendencia. Muchas madres descubren atónitas tras el parto que cuanto les han contado es mentira y que han de ser las incubadoras de sus hijos, sus protectoras durante muchos años, que su prole necesita unos cuidados y atenciones continuos. Si se los prodiga, deberá renunciar a no pocas expectativas personales y profesionales. Si desatiende a sus hijos, no es su mecenas y se niega a ser su incubadora, los niños crecerán dañados por la falta de cuidados y acabarán, de un modo u otro, contratando alguna forma de terapia, psicológica o sustitutiva. No habrán crecido y, carentes de mecenas, no se habrán desarrollado. Serán seres rotos, seriamente dañados, incapaces de la serenidad, la felicidad y el equilibrio.

La madre es la principal referencia de los hijos, y todos somos hijos de alguien. Algunas invierten en sus hijos, se entregan generosamente a su mecenazgo. Felices esos niños. Otros son rechazados, a veces se sienten incluso responsables de la carga que suponen para sus madres, y esos niños serán desgraciados. Las madres, como atestiguan los mitos, son seres terribles, dadoras de vida, seres protectores y tutelares, pero también seres crueles que, a veces, por resentimiento o venganza, matan física o psicológicamente a sus hijos. Madres nodrizas, madres asesinas, una terrible lotería. Ser madre no es fácil; parir, educar y cuidar son actos terribles y de una gran responsabilidad, que la sociedad cristiano-burguesa ha mistificado edulcorando la maternidad, vendiendo a las futuras madres una versión engañosa, casi estupefaciente, de lo que supone ser madre. Las madres han sido idealizadas y se ha ocultado su realidad, mucho más compleja. Las madres que rechazan a sus hijos y no ejercen de mecenas realizan de hecho una especie de aborto posterior, una muerte psicológica de sus hijos, que jamás se recuperarán de esa herida.
Cuando yo era joven, las mujeres, tanto tiempo relegadas, quisieron ser independientes, liberadas, libres. Muchas vieron en la maternidad algo incómodo, la retrasaron o descuidaron a sus hijos para vivir una vida llena de emociones. El resultado fue calamitoso para el bípedo sin plumas. Hoy son muchas las madres que, sin renunciar a su feminidad y a su carrera profesional, consideran prioritario ser las incubadoras, las mecenas de sus hijos. Y sus hijos se lo agradecerán, todo hay que decirlo, siempre que no se extralimiten.

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Juan Esteva de Sagrera

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