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Gaziel y la mecánica social

Agustí Calvet Pascual (1887-1964), que utilizó el seudónimo de Gaziel, fue uno de los muchos españoles sacudidos por la Guerra Civil. Era uno de los mejores periodistas del país, un periodista de raza, varios años director de La Vanguardia, que mezclaba sabiamente la observación con la reflexión. Sus artículos sobre el encaje de Cataluña en España y su consternación ante la actuación de Companys en octubre de 1934 son un punto de referencia, que satisfacen a unos y desagradan otros. Buena señal.

Después de la guerra se afincó en Madrid y fundó la editorial Plus Ultra. Se ganaba la vida muy bien, pero tenía varias frustraciones que no disimulaba y que le amargaban la cómoda vida que llevaba en la capital. Una, haber visto cómo el país se desangraba absurdamente en la Guerra Civil y padecía ahora una larga fase de dictadura ante la indiferencia o incluso el apoyo de las potencias occidentales, que pronto vieron en Franco a un aliado, no a un adversario al que derribar. Esto constituía para él una traición y una ceguera imperdonables. Dos, el grado de abatimiento en el que, según él, se había sumido la Cataluña que tanto amaba. Le desgarraba tanto ver lo que acontecía en Cataluña que decía sentirse más a gusto en Madrid, porque lo que en la capital sucedía le concernía y dolía menos. Tres, no poder escribir en los diarios, todos ellos monopolizados por los adictos al franquismo, no ejercer el periodismo para el que estaba tan bien dotado. Se sobrepuso escribiendo para sí Meditaciones en el desierto, posteriormente editado como libro en 1999.
Es un texto excepcional en el páramo del periodismo de los primeros años del franquismo, la obra de un librepensador llena de inteligentes observaciones y que contiene mucho dolor, el de haber asistido a la derrota de un país trágicamente enfrentado, que había terminado mostrando, según Gaziel, lo peor de sí mismo. Fue duro con Cataluña y con España, ambas le habían defraudado. Sus ácidas observaciones sobre Juan Tenorio y el carácter español quizá todavía puedan ofender a algunos, pero no tienen desperdicio.
Entre tanto dolor y no poco resentimiento, hay un texto que me parece memorable, La mecánica social, en el que considera inevitable que existan dirigentes y dirigidos, explotadores y explotados. La democracia encuentra un equilibrio armónico entre ambos grupos, la dictadura aplasta a unos en beneficio de otros, la revolución es el síntoma del fracaso de la mecánica social y, tras el caos inicial, crea una nueva casta de explotadores, muchas veces los que estaban oprimidos, otras veces los opresores de siempre en una nueva versión. Añade Gaziel que quien está conforme con esa inevitable e implacable mecánica social es un conservador, que quien quiere introducir retoques siempre que fuese posible es un liberal y que quien se rebela contra las leyes de la mecánica social, no las acepta y en la práctica se rebela y alza contra ellas, es un revolucionario. No creo haber leído mejor definición de estos tres grupos, conservadores, liberales y revolucionarios. Él era, sin duda, un liberal, huérfano y desasistido en un país con muchísimos conservadores, revolucionarios de izquierda y derecha y un reducido y desamparado grupúsculo de liberales. Ese grupo vio con dolor creciente cómo conservadores y revolucionarios se enfrentaban sin piedad y minaban a la Segunda República, hasta que ésta se desmoronó ante el empuje y la intransigencia de revolucionarios y conservadores. Unos liberales emigraron, otros se reconvirtieron rápidamente en conservadores; a Gaziel le correspondió vivir una larga travesía del desierto, confortable pero amarga, a la que sobrevivió intelectualmente con sus reflexiones, escritas al principio para sí mismo y finalmente disponibles para todos los que quieran leer a un hombre culto, a quien la razón había inmunizado contra todo tipo de fanatismos.

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