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Los niños y la navaja de Ockham

Muchas personas hemos necesitado explicarnos qué cosa es la vida, qué sentido tiene, si lo tuviera. No hemos podido pasar por la vida despreocupadamente, sin plantearnos cuestiones arduas y sin buscar respuestas a preguntas tan espinosas como qué hacemos en el mundo y qué es lo que nos regula y determina, si lo hubiese. Los modelos que ofrecen respuestas no son muchos: la espiritualidad y sus subproductos, las religiones; la filosofía y sus intentos de ordenar el caos; la ciencia, con su proyecto de aceptar sólo lo que puede ser demostrado, o el arte, con la gratificación estética como último objetivo y las emociones que suscita.

He leído muchos libros, seguramente demasiados. He digerido, mejor o peor, las densas elucubraciones de los filósofos, las exigencias de los científicos, la creatividad de los artistas, el simbolismo de los mitos y ritos. No es eso, me decía a menudo, tiene que ser más sencillo, toda esta selva de obras de arte, teorías y doctrinas, todo este océano de emociones y pasiones, entre la genialidad y la locura, este arduo esfuerzo intelectual por explicar racionalmente el mundo, este deslumbrante mundo de mitos, héroes y dioses, todo esto ha de tener una explicación más sencilla.
El mundo que el hombre ha edificado para combatir el desorden ha de tener un origen más fácil de explicar sin perdernos en el estudio de los detalles. La navaja de Guillermo de Ockham podría ser la solución, pensaba: buscar la explicación menos rebuscada, no multiplicar la complejidad de lo existente, afeitarle las barbas a las construcciones de los hombres y mujeres, desde el amor a la física cuántica, de la espiritualidad a los desórdenes amorosos, de la filosofía a los asesinos en serie.
Todo eso podría tener el mismo origen, inquietante, sí, pero sencillo: los conflictos no resueltos que, en cada familia, una generación pasa a la siguiente, los roles que desempeña cada individuo del clan familiar, las relaciones establecidas con los abuelos, padres y hermanos, de modo que todo eso determinaría, en mayor proporción de lo que suponemos, nuestras futuras emociones y aficiones, nuestros amores, nuestra actitud ante el trabajo, incluso nuestra filosofía, que serían respuestas para sobrevivir y tener un papel en la historia en la que fuimos depositados y educados. No habría, en consecuencia, mucho libre albedrío.
Yo soy yo, yo no soy nadie e importo mucho. Mis padres son buenos e importantes, se quieren y me quieren y atienden; yo no soy menos que mis hermanos, he de ser más que ellos, soy atendido, deseado y querido. En buena parte, eso es todo, ése es el argumento de la vida. Hitler, ese monstruo, era un niño dañado, golpeado sistemáticamente por su padre, posiblemente el hijo bastardo del judío dueño de la casa donde servía su madre. Para superar ese trauma, vivido como ofensa, suciedad y menosprecio, hicieron falta millones de muertos, un suicidio digno de Sigfrido y el exterminio de los judíos. Miradle a los ojos: lo terrible es que seguía siendo un niño herido. No hay que olvidar que su madre, también golpeada asiduamente por el padre de Hitler, murió atendida por un médico judío. Para su doliente psicología, la única persona querida había sido asesinada por un judío, incapaz de atenderla y salvarla. Los judíos habían emponzoñado su sangre, que debía ser redimida, y por extensión la de toda Alemania. Ésa era, resumida, su lucha, Mein Kampf.
Freud tenía más razón de la que se le concede hoy día, pero podría ser aún más sencillo: no es un problema sexual, sino de reconocimiento, de no vivir indefensos. Pensadlo un poco y no veréis más que hombres niños, la omnipresente y asfixiante presencia de la madre, la figura entre represiva y periférica del padre, el conflicto entre hermanos para atraer la atención de los padres. Todo se vuelve diáfano y sencillo si aceptamos que todos, desde Miguel Ángel a Nietzsche, Buda, Hitler y Einstein, seguían siendo unos niños.

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