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¿Atención farmacéutica o gestión empresarial?

Tengo muchos amigos farmacéuticos que son firmes partidarios de la atención farmacéutica. Algunos trabajan o colaboran en la universidad, y todos coinciden en que la farmacia comunitaria precisa un cambio estructural, definir la carrera profesional y ofrecer una cartera de servicios que ponga el acento en la atención farmacéutica.
Para ellos no hay otra salida que convertir las farmacias en centros de salud, en establecimientos sanitarios desligados de las presiones comerciales. Cuando les escucho, me doy cuenta de que no les faltan razones: está claro que la comercialización de las farmacias nos aleja de nuestra función sanitaria y dificulta que seamos vistos como profesionales sanitarios, con todo lo que esto conlleva. Mis amigos partidarios de la atención farmacéutica son emprendedores, luchadores, están bien formados y constituyen una de las avanzadillas de la profesión. Tienen claros sus objetivos, aunque menos claro está cómo llevar adelante el proyecto, cómo hacer que la práctica totalidad de los farmacéuticos se apunten a esa opción profesional, que supondría cambios importantes, desde los planes de estudio a la remuneración que reciben los farmacéuticos comunitarios.

Tengo también muchos amigos con oficina de farmacia que están al borde del ataque de nervios, agobiados por los impagos, los decretos, la reducción de márgenes, el aumento de costes, el descenso de la facturación, la desvalorización de las farmacias, los problemas fiscales, administrativos y laborales. Estos amigos no quieren ni oír hablar de la atención farmacéutica, la consideran un proyecto idealista y romántico que todavía aumentará más los costes sin obtener beneficios que justifiquen la inversión, y se declaran agobiados por la gestión de las compras y la organización empresarial de su farmacia. Querrían más libertad, ampliar la gama de productos que pueden venderse en las farmacias, poder agruparse, liberalizar parcialmente el sector, formar cadenas, liberarse de una legislación que creen que les asfixia y que terminará ahogándolos. Recriminan a los colegios una actitud conservadora, y a la Administración que continúe castigando un sector que ya está para pocas alegrías, pues lo cierto es que, en términos empresariales, hay demasiados puntos de venta y su rentabilidad es escasa. Estos amigos me dicen que quieren ser empresarios que adquieren y despachan medicamentos y ofrecen servicios sanitarios a la población, pero que necesitan mayor libertad comercial y un enfoque empresarial para sacar adelante el establecimiento del que viven.

Escucho a unos y otros, comprendo sus razones y su angustia y llego a una única conclusión: no hay una receta válida para todos, el sector es demasiado complejo y heterogéneo para que puedan adoptarse medidas al gusto de todos. Los intereses de los farmacéuticos no son siempre coincidentes, incluso difieren y se oponen muchas veces. La excelencia comercial y empresarial no lo solucionará todo, pero servirá para que muchos farmacéuticos salgan adelante. La atención farmacéutica es una opción imprescindible, pero no es «la opción», la única, la que deba imponerse. Terminaron los tiempos de la aparente uniformidad de las farmacias, y el gremialismo ha sido reemplazado por un escenario cambiante en el que cada farmacéutico ha de encontrar su opción sin imponerla a los demás.

Deseo a mis amigos lo mejor: que los partidarios de la atención farmacéutica la desarrollen, que los empresarios encuentren menos obstáculos y más facilidades. Los dos grupos son necesarios y lo ideal sería encontrar un punto intermedio.

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