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Valor, precio y una frase de Einstein

Hace años, cuando empezó en España la especulación y con ella la de las farmacias, un amigo de mi padre, farmacéutico como él, recibía cada vez con más frecuencia la visita de un intermediario en compra y venta de farmacias.
El amigo de mi padre tenía la típica farmacia envejecida, mal gestionada, sin informatizar, con auxiliares que, según sus propias palabras, eran tan viejos que «entraron en Barcelona con los nacionales», y el resultado es que obtenía una bajísima rentabilidad. Y como cada vez compraba más género y lo almacenaba por su mala gestión decía, medio en broma, medio en serio, que cuanto más vendía menos ganaba. Yo le dije que ya ganaría el dinero que ahora no ganaba cuando vendiese la farmacia, y él me decía que por qué le iban a comprar una farmacia a precio de oro si no era un negocio, a lo que yo respondía que para vendérsela más tarde a otro. Como me dijo precisamente aquel intermediario, él no vendía farmacias, él vendía ilusiones. El caso es que el amigo de mi padre estaba perplejo. Llegó el intermediario, y le dijo que su farmacia ya valía veinte millones de pesetas, que para aquel entonces era mucho dinero. Tres meses más tarde, le visitó de nuevo y le dijo que ya valía veinticinco. Al cabo de un año le dijo que había subido a treinta, y un año después ya tenía un comprador que pagaba cuarenta.

 

Según el amigo de mi padre, que no entendía nada de economía, aquello era un sinsentido, y me dijo que cómo era posible que, sin hacer nada y sin aumentar los beneficios su farmacia, hubiese doblado su valor en dos años. Yo le dije que su valor no había subido, pero sí su precio, y le expliqué lo mejor que pude la diferencia que establecen los economistas entre precio y valor. El valor, bien mirado, es imposible fijarlo, el precio es lo que está dispuesto a pagar alguien por algo con independencia de cuál parezca ser su valor. Me preguntó qué le aconsejaba, y yo le dije que vendiese, se liberase de sus antiquísimos y malcarados empleados y aprovechase que la especulación había inflado los precios de una farmacia que, en sentido estricto, desde el punto de vista empresarial, no valía mucho. Me hizo caso, pero como era dubitativo y prudente esperó unos meses, y la farmacia subió a cuarenta y cinco millones. Entonces se dedicó a viajar, a darse la gran vida y a invertir en renta fija. Le daban menos del 4%, y la bolsa ganaba un 35% anual y hubo acciones que doblaron su valor en 3 meses, y al siguiente trimestre volvieron a doblar, y aún les quedaron fuerzas para doblar su precio en el tercer trimestre. No era raro que una acción subiese entre el 20 y el 30% por sesión. Como era hombre prudente, no creía que eso pudiera mantenerse, y a cada caída creía que los precios no se recuperarían, pero vaya si se recuperaban y, de paso, se doblaban. Total, que entró en bolsa durante el cuarto trimestre, la bolsa perdió más del 50% de su valor y el amigo de mi padre se quedó con los veinte millones de pesetas que le ofreció el intermediario antes de que todos nos volviésemos locos, y de eso hace más de veinte años, y todavía ahora hay gente que se pregunta cuándo acabará la crisis y todo volverá a ser como antes.

Einstein dijo en cierta ocasión que solo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y que de lo primero no estaba seguro. Además de la estupidez, infinita según Einstein, hay otros dos principios que rigen eso que ahora está tan de moda, los mercados: la codicia y el pánico.

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Juan Esteva de Sagrera

Decano de la Facultad de Farmacia de la Universitat de Barcelona

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