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Orfila, cantante

Mateu Josep Bonaventura Orfila (Maó 1787, París 1853) es una figura bastante bien conocida y estudiada desde el punto de vista de la medicina y la toxicología. Mucho menos divulgada es su condición de cantante, su afición a la música, y que quienes le oían cantar le consideraban una de las mejores voces de su tiempo. Comenzó a cantar en la capilla de música de la iglesia parroquial de Maó con 12 años, y el motivo de que se dedicase al canto fue la paliza que le propinó su padre, una persona muy colérica, que le dio doce latigazos para castigarle por su mal comportamiento. El castigo le ocasionó un trauma, dejó de hablar y empezó a tartamudear, sin que las cosas mejorasen en dos meses. El médico de la familia aconsejó que Orfila participase en los cánticos que se celebraban en las ceremonias religiosas y sus padres le obligaron a seguir los consejos del médico. A los ocho meses estaba completamente curado de su tartamudez y se aficionó tanto a la música que incluso compuso una misa a tres voces, que se cantó sin demasiado éxito en la iglesia. En 1803 asistió a las clases de música del austriaco Cook y más tarde viajó a Barcelona, donde se aficionó a la ópera. Tras escuchar La Molinara, de Pasiello, se impuso ser capaz de cantarla y un día faltó al hospital, subió a Montjuich cantando hasta desgañitarse jurándose a sí mismo que no bajaría a la ciudad hasta que la cantase correctamente, y así lo hizo. Aprendió a tocar el violín, la flauta y el piano y el propio Orfila reconoce que sus estudios de medicina se resintieron por culpa del tiempo que dedicaba a la música.

Llegó un momento en que Orfila tuvo que decidir entre la medicina o la música. Optó por la primera y la medicina ganó uno de los mejores médicos de su tiempo y un insigne toxicólogo, pero al precio de perder un cantante no menos excepcional. En París compaginaba la medicina con la música y se lucía cantando en los salones más elegantes y distinguidos. La alta sociedad francesa le consideraba un barítono excepcional y parece que muchos le apreciaban más como cantante que como médico. Rechazó ofertas sustanciosas para dedicarse en exclusiva a la ópera y cantó duetos con la diva alemana Maria Anna Bondini-Barilli. El marido de ésta, Luigi Barilli, le ofreció en 1811 un contrato para que cantase ópera en París, con unos emolumentos anuales de 25.000 francos. En 1817 le hicieron otra oferta parecida, pero Orfila, tras meditar la situación, optó por la medicina y sólo cantaba en los salones en los que era muy apreciado por su condición de médico famoso y por la maestría con que cantaba. Orfila tenía una voz magnífica y un porte distinguido. Asistía a las veladas que organizaba la princesa Vaudemont, más por sus méritos como cantante que por su pericia como médico. Estaba tan orgulloso de su voz que el 1 de mayo de 1814 escribió a su padre que gracias a su voz se le habían abierto de par en par las puertas de la alta sociedad parisina: «Todos los ricos de esta ciudad que son aficionados desearían que fuera a sus casas, pero yo nada de esto hago, sólo canto en casa de dicha princesa a quien le gusta infinito la música».

Durante una velada un amigo le rogó que cantase algo para entretenerles y Orfila, en vez de elegir una pieza fácil, los asombró cantando a la perfección una de las arias más difíciles de Il matrimonio secreto, de Cimarosa, una obra de lucimiento. A los 66 años todavía conservaba la frescura de la voz y se lucía en los salones cantando. Para quienes, con deleite, le escuchaban cantar, la medicina había ganado un médico excepcional, pero la música había perdido al mejor barítono del siglo.

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