Raúl Guerra Garrido

Raúl Guerra Garrido

Farmacéutico. Escritor. Premio Nacional de las Letras 2006. /www.guerragarrido.es/

Viernes, 11 Mayo 2012 12:20 Deja el primer comentario!
El teatro Valle-Inclán está en la plaza de Lavapiés, la plaza no hay quien la reconozca pero sigue siendo la de siempre salvo que con la mayor concentración de restaurantes indios por metro cuadrado del mundo, todos con menú tandori, curry y vegetal. En el teatro representan una obra de Peter Handke de estimulante título: Las personas no razonables están en vías de extinción. Me gusta Handke, autor viajero, durante muchos años persona sin remite postal, un irónico al que lo de «personas no razonables» se le va hasta el sarcasmo. Dirige Lluís Pasqual (el del Lliure) y dice que se preguntó: ¿Tiene algo que decir el teatro acerca de la actual crisis de la economía y de otros valores intangibles? Y eligió esta función en donde el protagonista, un tal Quitt, es el gran tiburón capitalista, rey del monopolio de todos los monopolios: alguien en busca del impulso de irracionalidad que dé sentido a su vida. Un ajuste de cuentas demoledor contra el capitalismo sin fronteras y un lamento porque la clase trabajadora ha perdido la palabra. Un texto y una representación impecables salvo que algo me desasosiega, algo muy similar a lo que me ha ocurrido en la plaza antes de entrar en el teatro. Algo «ya visto», un eco más que una voz, algo que despeja su duda cuando caigo en la cuenta de que la obra de Handke es de 1974. No está hablando de la crisis actual, por aquel entonces todavía estaba vigente el pensamiento aristotélico. Esa frase final de «Llega el tiempo de las máquinas de pensar y ya no habrá nada irracional» se habría escrito de otra forma. «El pensamiento artificial no evita que los problemas sigan siendo reales», podría haber escrito. Y el desenlace resulta anacrónico, los capitalistas desaforados ya no se suicidan por un exceso de éxito, eso ocurría hace un siglo y era por vergüenza si eran descubiertos no en su quehacer productivo sino en trapicheos financieros. Hoy el tiburón financiero es un prócer. El genio imaginativo del amigo Peter se conserva incólume en un detalle, un destello que me reconcilia con la obsolescencia de la obra. En sus grandes almacenes (una de sus infinitas empresas, las tiene hasta farmacéuticas y menos mal que ni las cita), para promocionar un producto lo incluye en la lista de best-sellers que exhibe en su mejor escaparate: «Lista de los diez productos más robados este mes». Fantástica idea aún no puesta en práctica por las grandes superficies. En paralelo, en otra noche de lluvia ácida, en el Teatro Guindalera, por el barrio de la Guindalera y entre establecimientos chinos, un espacio de privilegio para no más de 62 espectadores adictos, El fantástico Francis Hardy, curandero, del irlandés Brian Friel. Este dramaturgo semioculto, innovador del teatro de texto, nos habla aquí de la frágil dependencia del artista ante la casualidad del talento. Frank no tiene el don pero actúa como si lo tuviera y a veces, muy raramente, cura. La cosa acaba mal, como no podía ser de otra forma, pero lo más desolador es el pensamiento de Frank sobre su oficio de milagros a precio fijo, o la voluntad, depende. «Los pacientes no van al curandero como última esperanza, sino para conseguir convencerse de que ya no les queda ninguna esperanza». Algo también «ya visto» y anacronismo perenne. Al final, en el Guindalera te dan un aguardiente con guinda y puedes hablar con los artistas. Comentamos que sí, que las personas no razonables están en vías de extinción y las razonables ya extintas. Como dijo el farsante y atormentado Frank: «Las penas con whisky apenas».
Jueves, 26 Abril 2012 10:38 Deja el primer comentario!
Creo que la infantilización producida por los cachivaches de la tecnología aplicada es la única defensa contra el aluvión de malas noticias diarias. Mientras juegas con tu tableta electrónica parece que el mundo funciona, son solo averías técnicas. La corrupción es la mentira y sin mentiras ¿quién podría vivir? La verdad es una mentira que aún resiste. Dime que me quieres, miénteme, por favor. Lee en mis labios y oirás lo que quieres sentir. ¿A quién vas a creer, a tus ojos o a lo que yo te diga? Todos esos discursos de los próceres políticos, todos esos desfalcos que se producen por generación espontánea, tanta inconsecuencia en las predicciones meteorológicas y financieras. Ese disparate (utilicemos un refrán americano para no ofender) de creer en: «Lo que es bueno para la General Motors es bueno para Estados Unidos». Con trampas viejas se cazan zorros jóvenes, de ahí que traiga de nuevo, con alguna variante, mi viejo Decálogo de la función pública. Algo explica sobre la mentira con la que encantados nos complacemos por creer que hacemos:

– Sensata determinación de objetivos.

– Optimismo ante la bondad del proyecto.

– Desorientación en la puesta en marcha.

– Desconcierto en el modus operandi.

– Cachondeo por los primeros resultados fallidos.

– Búsqueda metódica de culpables.

– Sálvese quien pueda.

– Castigo ejemplar de inocentes.

– Recuperación del optimismo.

– Culminación tardía y defectuosa.

– Merecido ascenso a los no participantes.

El decálogo es parte de esas razones erróneas de por qué las cosas salen mal o cómo se entrelazan mentira, ineficacia y corrupción. Por otra parte, es un divertimento, pues es el único decálogo del mundo con nueve mandamientos. A veces la mala noticia también es divertida por más que sea índice de hasta qué punto vivimos inmersos en la falacia, la acabo de leer en El País: «El currículo de un investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales, organismo público dependiente del CSIC, está plagado de estudios inexistentes. Son publicaciones con nombres del tipo ´Distorcia y cesárea paradorsal en un caimán de anteojos´, pero cuando uno acude al número de la revista Journal of wildlife and zoo medicine en el que debería aparecer lo que se encuentra es ´Infección por Mycobacterium asiaticum en un titi de manos doradas´, realizado por investigadores de la Universidad de Florida». El que hasta nuestra bibliografía científica sea falsa es intelectualmente demoledor y demuestra que la demolición moral es ya un juego de niños de la que nos defendemos navegando por Internet. La de malabarismos que hay que hacer para no hablar de los políticos. La bibliografía científica era hasta hoy un baluarte de la verdad (con cierto narcisismo, con sus cosas, pero baluarte) y por contraste daba pie a la fastuosa bibliografía literaria, falsa pero verosímil y divertida, con que jugábamos los escritores tratando de imitar al genial Borges, iniciador del recurso. Por eso, amigo tertuliano, te agradecería que contases los mandamientos del decálogo, no estoy seguro de si son nueve o diez.

Viernes, 30 Marzo 2012 11:11 Deja el primer comentario!
Me abriría las venas, haría cualquier cosa, pagaría lo que me pidieran, me encantaría es mejor expresión porque encantamiento sería la magia de vivir fuera de la realidad o revivir/releer ese fragmento de pasado cuyo valor supera con caras y cruces el del oro de las monedas de nuestra fragata Mercedes, rescatado o secuestrado por el Oddisey.
Martes, 13 Marzo 2012 15:04 Deja el primer comentario!
Sorpresas te da la vida. Como esa edición de Cuaderno Secreto, encargada por Cofares, conmemorativa de la concesión a quien esto escribe de la Medalla Carracido de Oro, máxima condecoración de la Real Academia Nacional de Farmacia.
Viernes, 24 Febrero 2012 11:47 Deja el primer comentario!
La tranquilidad ante la sentencia del Destino y la agoniosa necesidad de forzar el fallo del Planeta. Mientras abro los regalos de Reyes, algunos libros. MIGUEL DELIBES. Cuando en 1955 se presentó al premio Nadal era un joven vallisoletano, burgués y universitario con esa tililante duda entre opciones propia de quien está seguro de sí mismo sin haber superado aún ninguna piedra de toque. Era periodista pero quería ser escritor y quería conseguirlo con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, no su mejor novela pero sí su mejor título. De no ganar el premio de la editorial Destino renunciaría a su carrera de novelista y se dedicaría a sus otros afanes entre los cuales el de periodista era previsible y el de cazador ineludible. Aceptaría el fallo, de no ser distinguido entre iguales para qué insistir. En aquellos años el Nadal concedía, como la cartilla militar al recluta, un «el valor se le supone» referido a la palabra escritor. Dado su carácter serio, sosegado y liberal es de suponer que Delibes, de no haber ganado el premio, sostuviera su criterio de renunciar a una de sus más caras vocaciones. Para fortuna de las letras españolas no fue así, ganó el cazador de palabras de un mundo castellano viejo que agoniza: «En la coquina de la ribera había ya chiribitas y matacandiles trómpanos. Una ganga vino a tirarse a la salina pero viró al guiparnos. Sólo se sentían los alcaravanes al recogerse. Así, como nosotros, debió de sentirse Dios al terminar de crear el mundo». INES PALAU. Cuando en 1975 se presenta al premio Planeta es una mujer de cincuenta cumplidos, molturada por las circunstancias y aventada de sí misma por el amor, se siente «hundida en la abyección» en una espiral de delitos, drogas y erotismo de la que solo puede liberarse mediante la literatura y está dispuesta a pagar por ello un precio inimaginable. Junto al manuscrito de Operación Dulce (asalto a un banco tan detallado que la hace sospechosa de haber participado en el mismo), envía al editor Juan Manuel Lara una carta: «Le pongo en bandeja de plata el mayor éxito editorial de su carrera». Confiesa que la vida le ha convertido en un despojo bastardo y cómo entró blanca en prisión y salió con el alma negra, también su indeclinable amor por Senta, la Vicenta, a quien dedica la novela planetaria. Todo eso lo cuenta en una novela anterior, Carne apaleada, puro sentimiento y realismo social, memorable por la descripción del espanto delictivo cuando aún estaba vigente la ley de Vagos y Maleantes. Ese continuo peregrinaje por coches celulares, comisarías y encarcelamientos. El éxito que ofrece a la morbosidad publicitaria del premio es su suicidio y, en efecto, un día antes del fallo se arroja al paso de un tren cargando la suerte del morbo al hacerlo de forma infrecuente, situándose a lo largo de un solo rail con lo cual en aquellas fechas desaparece toda posibilidad de autopsia. No gana el premio, la anécdota del suicidio es difícil de digerir, pero la novela se publica haciendo constar en la solapa que llegó hasta la penúltima votación. Gana Mercedes Salisachs con La gangrena, con el obsceno exhibicionismo de cómo la sociedad bienpensante digiere mejor los deslices de las altas esferas que los de los bajos fondos. No digamos los de una tríbada descarriada. En la presentación de la novela, las lágrimas de Senta profetizaron hasta donde podría llegar en el futuro la televisión basura. Eso es amor, quien lo probó lo sabe: «Me necesitaba y no podía fallarle, aunque a la hora de la verdad no fuera más que su paño de lágrimas. El árbol del cual hiciera leña. El césped que pisara. La copa que vaciara. No me importaba. Yo debía estar a su lado como un perro fiel y amigo. Amor no es dar sino darse».
Viernes, 20 Enero 2012 13:00 2 comentarios
Coincidencias, a la salida de la Biblioteca Nacional me encuentro con Rubén Caba y los componentes del Capítulo de Cofradías de la Zambomba de la Alcarria y resulta que todos hemos quedado para comer en el mismo sitio, ahí enfrente, en el café Gijón.
Lunes, 19 Diciembre 2011 11:21 Deja el primer comentario!
(Son retazos, retahílas, restos para saldo y liquidación del bloc de notas porque ya estás en otra cosa, pero esas breves anotaciones que no has utilizado podrían ser fundamentales, o prácticas, o simplemente divertidas en otro contexto y con ellas, ¿por qué no?, formalizar una tertulia quizás interesante. Lo hago)
Jueves, 01 Diciembre 2011 12:08 Deja el primer comentario!
Los datos preliminares del estudio Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. fueron presentados hace un año en el Instituto de Salud Carlos III y en aquella ocasión se estimó una prevalencia de diabetes en España del 12% en la población con edad superior a los 18 años, un 4% de ellos con diabetes desconocida. Pero en abril de este año, durante el Congreso de la Sociedad Española de Diabetes y con los datos definitivos en la mano, esos porcentajes han sido corregidos al alza hasta al 13,8% de la población adulta española, de los que un 6% desconocía que tiene la enfermedad. En el reciente número de octubre de la revista Diabetología se publica un resumen del mayor estudio poblacional realizado hasta ahora en España, de corte transversal, que ha trabajado sobre una muestra aleatoria representativa de la población española de 5.072 personas, el 41,6% hombres y el 58,4% mujeres, en 100 centros sanitarios repartidos por toda la geografía.
Jueves, 01 Diciembre 2011 11:45 Deja el primer comentario!
Ayer, al mediodía, en el metro, un señor se me aproxima y dice: «Disculpe, caballero, se parece usted tanto a mi amigo Raúl que quizá lo sea». Desconcertado replico: «Posible amigo, he cambiado tanto que no le reconozco, ¿quién es usted?». Con independencia del desenlace, la anécdota me trasladó al mar de ignorancia que me va anegando y que descubro viene de lejos. Fama, prestigio y mérito debieran estar más ponderados y el mérito primar. Fue un ligero desconcierto que acrecentó mi irritación por a estas alturas del partido (estoy en los penaltis y ya he fallado dos) descubrir a dos ilustres imprescindibles de nuestra cultura, síntesis de las dos culturas, las humanidades y la ciencia. Me refiero a Raymond Roussel (1877-1933) y a Nikola Tesla (1856-1943). El museo Reina Sofía, en la exposición Locus Solus, nos exhibe el fascinante universo de un autor con influencia capital en los movimientos artísticos y literarios de las vanguardias europeas a través de sus personajes turbios y máquinas solteras. Duchamp y su contrapunto Dalí, Ernst, Man Ray, Picabia y otros muchos hasta el cronopio Julio Cortázar, se declaran seguidores de Roussel e influidos de una u otra forma. De él se han dicho cosas tan encantadoras como: «El presidente de la república de los sueños», «El mayor hipnotizador de los tiempos modernos», «Quien huye de la realidad y se refugia en la concepción». También «el ojo pegado al microscopio» y mira por dónde, nunca mejor dicho, de su descripción minuciosa de objetos nimios surgió entero el Nouveau roman capitaneado por Robbe-Grillet. Me irrita este desconocimiento solo en parte abandonado. De un dandy millonario y dadivoso para el arte, sumamente intuitivo y con suficiente desfachatez para en su testamento revelarnos su «especial procedimiento de escritura». Más o menos: Pariente de la rima, se apoya en combinaciones de palabras homófonas y en asociaciones de términos de doble sentido, en frases colocadas sin el menor azar al principio y final del relato en busca del palíndromo y la bifurcación continua de imagen e imaginación. Como su «estatua de ballenas de corsé» o su «gusano tocando la cítara». Más me irrita el desconocimiento del croata Tesla, antípoda mental de Roussel en el sentido de que todas sus disparatadas elucubraciones las convertía en realidades prácticas. Paradigma del inventor genial con nula perspicacia para los negocios, es el inventor de la corriente alterna. ¿Se imagina alguien nuestra civilización sin la corriente alterna? Perdió la «guerra de las corrientes» contra Edison y con la guerra la fama. A Edison sí le conocía, claro. Nicola fue un genio incomprendido pero ahora, más de un siglo después, cuando muchas de sus teorías visionarias sobre la comunicación inalámbrica y el uso responsable de la energía empiezan a conformar nuestra vida cotidiana, renace de sus cenizas aupado por el entusiasmo de (alguna) gente joven. De haber aterrizado últimamente en Bucarest su nombre me sonaría, el aeropuerto se llama Nicola Tesla. Ahora me suena porque en una visita a la editorial Turner me regalaron una autobiografía suya, a su aire, titulada Yo y la energía. Una vida que parece una novela de la mejor ciencia ficción. Le falló el experimento Filadelfia, un método para con la fuerza electromagnética de la gravedad hacer invisible a un barco, pero la leyenda urbana compensó con creces la experiencia pues hay testigos que juran que el barco fue teletransportado a otro lugar. Con el final de la Guerra Fría, y sobre todo con el reforzamiento de la conciencia ecológica, el nombre de Tesla quedó vinculado, además de a la corriente alterna, a la teoría de la conspiración que pretende silenciar que existe una forma gratuita y simple de energía. El ilustre desconocido que me abordó en el metro era nada menos que mi viejo amigo Rafa Castellano, el Ralph Castleman que con 18 años empezó a escribir en La Codorniz la serie de cuentos terroríficos «Tiemble después de haber reído». Nos fuimos a comer a La Favorita, curioso lugar.
Lunes, 14 Noviembre 2011 11:08 Deja el primer comentario!
No estamos para mucho, la turbulenta estela de la muerte de Steve Jobs por poco me hace olvidar que este año también se falló el premio Nobel de Literatura. Se lo han concedido al poeta sueco Tomás Tranströmer por «sus imágenes condensadas y traslúcidas, que dan un acceso fresco a la realidad», y el hombre, al recibir la noticia, con 80 años y afasia, comentó: «No creía poder llegar a vivir esto». Poco más sé de un poeta que no conocía ni de nombre y que hace realidad el estribillo que reiteramos anualmente, eso de que el Nobel hace que un escritor desconocido en su país pase de inmediato a ser desconocido en el mundo. Lo cual no quita para que esté esperando la edición de cualquiera de sus poemarios o la reedición de El cielo a medio hacer (Ed. Nórdica) donde, según mi fiable amigo Juristo, su poema Los recuerdos me miran, visión de la memoria es un tesoro de sutileza verbal y agudeza perceptiva. Que otros títulos sean Para vivos y muertos y sobre todo el espléndido Góndola fúnebre, me reiteran en que no está uno para muchos trotes por espectacular que sea el crepúsculo. Tras la estela de Steve Jobs, el hombre que le arrebató a Newton el logo de la manzana, me uno a su discurso de: «Recordar que van a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienen algo que perder (...) Su tiempo tiene límite, así que no lo pierdan viviendo la vida de otra persona (...) Tengan el valor de seguir su corazón e intuición que de alguna manera ya saben lo que realmente quieren llegar a ser». A lo que me opongo frontalmente es a la idea de que «la muerte es el principal medio de la vida para sostener el progreso». Creo que la conservación de la especie es pura naturaleza, es decir no ética, y que todos nuestros valores morales se centran en la vida individual de cada uno, uno a uno, tan frágil e irrepetible. De no ser así podría suceder la profecía de La galleta verde, en donde, con la disculpa de la superpoblación, al cumplir los 65 o aceptabas la eutanasia voluntaria o te convertías en fugitivo en busca y captura (eutanasia involuntaria). El progreso como satisfacción de necesidades conlleva el riesgo de las necesidades inventadas y ese es mi talón de Aquiles en este maravilloso crepúsculo en donde el amigo Jobs fue, y lo seguirá siendo por una larga temporada, el rey del mambo. No fue un creador en sentido estricto, un creativo, sino un recreativo que basándose en lo ya creado llegó desde su primer Macintosh a la tableta iPad, un centro multimedia y multitáctil para leer, ver, oír y navegar que me maravilla mucho y me desazona aún más. Las cosas, como las personas, las prefiero de una en una. La tecnología, la informática y la virtualidad acumuladas y simultáneas (casi) me transforman en un fugitivo de la tableta o galleta verde, prefiero la paloma mensajera al correo electrónico y me cuesta entender por qué no puedo comprar un teléfono móvil. Mejor dicho, lo entiendo perfectamente, es más negocio vender cinco juguetes juntos que uno solo, nadie me venderá jamás un artefacto que solo sirva par una función única. Los domingos no te venden el periódico si no compras además una serie de suplementos que a saber si te interesan. Y si te interesa uno tampoco te lo venderán solo. Es la marcha del más resplandeciente crepúsculo de la historia. Hace más de medio siglo que nadie puede comprar un litro de leche si no compra también el tetrabrik. A Steve Jobs le llamaron el inventor del futuro, aceptada a regañadientes tanta acumulación, lo único que le reprocho es que con sus juguetes no se opusiera a la obsolescencia programada y a la sistematización de la avería. En cualquier caso, no me lo hagan. Me está alcanzando la edad.
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Revista El Farmacéutico

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