Entrevista con Raúl Guerra Garrido, farmacéutico y escritor

«Que mi mujer fuese farmacéutica fue definitivo, porque me permitió ganar tiempo para escribir»

  • Lunes, 18 Diciembre 2017 08:20
  • Publicado en CANAL EF

En este número Raúl Guerra Garrido pone el punto final a su colaboración en El Farmacéutico y publica su última «Tertulia de rebotica». Han sido 33 años en los que ha escrito sobre innumerables temas, teniendo siempre como punto de partida la cultura y la farmacia. Conversamos con él sobre su vida, la literatura y la farmacia.

EF556 ENTREVISTA RAUL GUERRA 1– Su primera ‘tertulia’ se publicó en el número 10 de El Farmacéutico, en enero de 1985.
– En aquella época yo colaboraba esporádicamente en revistas farmacéuticas como Acofar o El Monitor de la Farmacia, pero me interesaba escribir sobre las relaciones del farmacéutico con las humanidades y cuando conecté con El Farmacéutico vi que aquella idea encajaba muy bien, porque la revista tiene ese subtítulo de «Profesión y cultura». A partir de ahí siempre procuré llevar a mis artículos temas que surgían de la literatura o relacionados con mi actividad literaria y vincularlos, aunque fuera remotamente, con la farmacia. La verdad es que el hilo se ha alargado tanto que, a veces, no tiene nada que ver, pero me he sentido muy cómodo y siempre ha sido para mi un interrogante cómo mis compañeros me han aguantado tanto tiempo.

– Hace poco Alianza Editorial publicó el libro Tertulia de rebotica, que recogía más de 400 de aquellas tertulias. En el prólogo dice Enrique Granda que distingue dos etapas en sus artículos: la del periodista científico y la del cronista de la realidad de su tiempo.
– Quizá sí, pero no de una forma intencionada. La única vez que quise dar un tono marcado a los artículos fue cuando probé a plantear un dilema que respondía casi clandestinamente en el artículo siguiente. En aquel momento me pareció una genialidad y creía que iba a despertar un cierto entusiasmo, pero no fue así. Fui mi consciente de ello cuando un compañero me preguntó: «¿Por qué nunca nos das la respuesta?» Era evidente que algo fallaba.

– ¿Cómo llegó a la farmacia?
– A los 17 años, cuando aprobé la Reválida, tenía que tomar una decisión y como era una persona curiosa me planteé dos caminos: por un lado, la literatura, pues era muy lector y sentía la necesidad de escribir novelas, pero al mismo tiempo también me atraían la investigación científica y el campo. La literatura es un carricoche en el que te puedes montar en cualquier momento de tu vida, pero la ciencia no, así que opté por la Farmacia, que, además, tenía la asignatura de Edafología, que me atraía mucho. De hecho, cuando terminé quise hacer la tesis sobre Edafología en Berkeley, pero el azar decide muchas cosas y no pudo ser. En aquella época murió mi padre y por motivos económicos me vi obligado a trabajar en una fábrica del Euskadi profundo, en Andoáin, dirigiendo un laboratorio en el que hacíamos potingues para la industria siderúrgica, es decir, haciendo algo que no tenía nada que ver con lo que había estudiado. Fueron, sin embargo, unos años muy creativos, pues viví todo el desarrollo industrial y, además, fue cuando empecé a novelar.

»Después, con mi mujer Maite, que es farmacéutica, nos establecimos en San Sebastián y se inició una época más o menos convencional en la oficina de farmacia en la que, quizás, hay que destacar la etapa en que fui presidente del Colegio de Guipúzcoa, entre 1975 y 1979. La verdad es que tuve mucha suerte, pues conocí a muchos compañeros con los que planeamos lo de crear la asociación de análisis clínicos y, sobre todo, se consiguió que los análisis fueran una especialidad en la Seguridad Social. También nos interesamos por la óptica y se crearon las escuelas de óptica, e hicimos un congreso en Almagro, que se conoció como «el contubernio de Almagro» porque queríamos ‘repasar’ un poco la farmacia de aquel momento. En aquella época el porcentaje de estudiantes de Farmacia que se dedicaban a la oficina de farmacia era excesivo, de forma que las otras facetas no se le ocurrían a nadie y la profesión quedaba muy limitada. Eso queríamos cambiarlo.

– Ha tenido un recorrido vital atípico…
– En mis comienzos, que un farmacéutico estuviera haciendo edafología era cosa de marcianos, lo mismo que trabajar en la industria de la siderurgia, donde no podías decir que eras farmacéutico si no querías pasarte todo el tiempo explicando cómo habías llegado hasta allí. Y si, además, como era mi caso, te dedicabas a escribir novelas… De todas formas, en mi experiencia personal he aprendido que todo lo que estudias al final lo aprovechas de una forma u otra. Cuantas más actividades hayas realizado y más hayas ahondado en ellas más capacidad tienes para asociar ideas y profundizar en los pensamientos que te ocupan. Todo lo que he estudiado está en mis novelas.

– ¿Cree que la farmacia que ha conocido tiene posibilidades de continuar existiendo en una sociedad que vive un proceso de cambio tan profundo?
– No, yo creo que no. Hay un principio marxista, de Carlos y de Groucho, que dice que la cultura dominante es la del país dominante y el mercado va de otra forma. Puedes hacer una atención farmacéutica maravillosa, pero cuando venga otro con un impulso comercial más fuerte que el tuyo te va a ganar. Eso es inevitable.

EF556 ENTREVISTA RAUL GUERRA 2– ¿Ha sido difícil compaginar literatura y farmacia?
– La verdad es que el hecho de que mi mujer fuese farmacéutica fue definitivo porque me permitió ganar tiempo. He escrito muchísimo en las noches de guardia; a veces, incluso, me enfadaba mucho cuando entraba alguien a comprar algo… Por otra parte, lo cierto es que con la literatura no tenía prisa. Mi primera novela, Cacereño, se publicó en 1969 y para entonces yo ya no era ningún niño.

»En España vivir de escribir ha sido siempre muy difícil, sobre todo de derechos de autor, aunque sí es cierto que llegó un momento en que empecé a publicar artículos y a hacer bolos y actividades complementarias en editoriales.

– ¿Creo, sin embargo, que su relación con la prensa no ha sido fácil?
– Con la prensa he tenido bastante relación, pero muchas veces no terminábamos bien. He tenido grandes censuras en tiempos ya democráticos. En El País, por ejemplo, dejé de opinar por defender la postura de los escritores en contra de los editores del diario cuando se estaba prorrogando ley de propiedad intelectual, que es la que ahora va a desaparecer. En Cambio 16 tenía una columnita que se llamaba «Mis siestas con ella» en la que aprovechaba la excusa de la televisión para hablar de cualquier cosa, pero ocurrió que en aquella época el Grupo 16 estaba luchando por una de las televisiones privadas y en una entrevista que me hicieron dije algo así como «suficientemente mala es la televisión pública como para que encima vengan las privadas». Aquello fue un defenestre fulminante. En otra ocasión el Diario Vasco me ofreció una colaboración y lo primero que mandé fue un texto contra la pena de muerte que me dijeron que no se podía publicar. Envié luego algo sobre los partidos políticos y la respuesta fue la misma, así que optamos por dejarlo y esperar a que hubiera algún tema en el que coincidiéramos. Vaya, que nunca me sentí tan cómodo como en El Farmacéutico, aunque también es verdad que aquí tenía muy claro que el punto de partida era no hablar de sexo, política o religión. De sexo quizá sí que se hubiera podido hablar, pero en general el farmacéutico es bastante conservador y muy timorato en relación con el sexo. Por ejemplo, yo diría que Pedro Malo, todo un personaje de la prensa farmacéutica, jamás escribió en sus artículos la palabra ‘culo’, y yo mismo, creo que en todos los artículos que he escrito en esta revista jamás he escrito la palabra ‘coño’.

– De sus libros, ¿hay alguno del que se sienta especialmente orgulloso?
– No puedo citar solo uno, pero he de reconocer que sentí una emoción muy intensa cuando en las navidades de 1969 publiqué Cacereño en una editorial comercial, Alfaguara. Creo que es la ocasión en la que me he sentido más extasiado, porque de alguna forma sentía que había conseguido ser escritor.

– ¿Pensó en algún momento que llegaría tan lejos?
– Cuando decides escribir nunca sabes si algún día lograrás ser escritor, pero en cualquier caso has de estar ahí, luchando por conseguirlo. A mi me queda ya poco y creo que no lo voy a conseguir del todo, pero sí he podido publicar libros y novelas en los que tenía mucho interés.

– Libros con los que ha obtenido importantes reconocimientos: Premio Nadal en 1976 (Lectura insólita de El Capital) y Premio Nacional de las Letras en 2006, entre otros.
El premio Nadal fue otro momento de especial emoción para mí, porque en aquel tiempo los premios aún tenían prestigio. En la cartilla militar, cuando acababas la mili, ponían aquello de «Valor: se le supone», y ganar el Nadal era como si en mi cartilla pusiera: «Escritor: se le supone». Fue muy emocionante.

– ¿Cómo ve la literatura en el siglo XXI? Parece que cada vez nos resulta más difícil leer novelas largas y exigentes. ¿Acaberemos leyendo tweets?
– Sí que es verdad que la lectura se está perdiendo, pero es un cambio que empezó hace tiempo. La primera vez que me di cuenta fue con los cómics de mis hijos, al ver que las historietas nunca pasaban de una página. En mi juventud eran frecuentes las historietas en las que tenías que pasar página y seguir en la siguiente. Y en la prensa pasa lo mismo. Antes había artículos de opinión que podían continuar en la página siguiente, mientras que ahora una columna de opinión muchas veces ocupa tan solo media columna. La tendencia es esta y quizá para compensar ahora hay muchas novelas de 600 o 700 páginas, pero suelen ser muy narrativas.

»Antes el escritor se dejaba la piel, un libro era su vida. En cambio ahora, que se lee mucho menos, todo el mundo quiere publicar un libro y como la autoedición lo facilita… Es la marcha de los tiempos, pero aunque se vaya cediendo el paso a la modernidad, ningún género desaparece. Yo siempre digo que hay que confiar en el ejemplo que nos da lo más inútil que ha creado la humanidad: la poesía. Mientras la poesía subsista, sobreviviremos todos… Más o menos clandestinos, pero sobreviviremos.

Raúl Guerra Garrido– El terrorismo ha estado, por desgracia, muy presente en su vida y también en su obra.
– Sí, el terrorismo de ETA ha estado muy presente en toda mi obra. Lo primero que escribí y que se publicó fue en 1968 para un premio Ciudad de San Sebastián. Cuando apareció me llamaron de comisaría por si era de ETA y en el coche nos hicieron pintadas llamándonos “hijos de puta”. Y en 1969, cuando publiqué Cacereño, no hubo forma de que pasara la censura un fragmento en el que se explicaba una huelga y hacía referencia a una pintada en una pared en la que ponía ‘Gora ETA’.
»Siempre he hablado desde el punto de vista de la víctima y sobre todo del miedo. He insistido un millón de veces en que todo lo que se diga sobre el terrorismo de ETA, sobre la situación en el País Vasco, si no se mira a través del cristal del miedo no se puede entender. Para mi, vivir en una sociedad tan amedrentada, después de salir de una dictadura, fue una sorpresa. En la novela La carta hablo del miedo y explico la repugnancia que siento por esta situación. En una situación y una sociedad injustas el neutral es un cómplice y supongo que por esta razón estuvimos luchando contra esto desde el principio, desde los primeros movimientos de Cristina Cuesta, el colectivo Unamuno, la revista Cuadernos de Alzate, el Foro de Ermua, el colectivo cívico Basta ya...

– Y en julio de 2000 quemaron su farmacia…
– Sí, el nuevo milenio empezó muy mal para mí y para mi mujer. Cuando asesinaron José Luis López de la Calle… recuerdo que nos llamó la policía al grupo del Foro de Ermua y nos dijeron que podía haber sido cualquiera de nosotros, así que nos pusieron la escolta. Algo así te cambia la vida, pero al final, al menos en mi caso, lo somatizas todo en forma de novela. En La soledad del ángel de la guarda, por ejemplo, hablo del absoluto asombro de un guardaespaldas andaluz que llega al País Vasco sin saber nada de lo que ocurre allí. Y sobre la farmacia hablo en Cuaderno secreto, donde, al menos, me concedo un buen final cuando, al ver la farmacia ardiendo, digo: «Jamás supuse tener una jubilación tan llamativa».

– ¿Habrá más novelas de Raúl Guerra?
– Una seguro que sí, porque ya está acabada. Se llama Demolición y espero que para la primavera ya esté publicada. En los últimos años he desarrollado una capacidad increíble para perder el tiempo, pero… claro que seguiré escribiendo, aunque sea para mi mismo, sin depender ya de fechas. Estoy haciendo un pequeño ensayo sobre Pío Baroja que espero que acabe formando parte de una colección con varios autores que se llamará «Baroja y yo». En cualquier caso, a partir de ahora las condiciones serán escribir sobre algo que me divierta y sin prisas.

 

Dignidad
Raúl Guerra tiene su propia página web –www.guerragarrido.es–. De ella hemos extraído esta breve referencia biográfica, que creemos le define con acierto:
«Raúl Guerra Garrido –1935– es madrileño de nacimiento y de corazón, berciano por familia y por infancia; y donostiarra, por amor y por toda una vida de convivencia en la ciudad. Estos tres lugares han marcado la obra y la vida de este escritor, que ha ejercido la literatura desde el valor de quien considera que “la dignidad es seguir siendo uno mismo cuando ser uno mismo es lo que más puede perjudicarte”.
»Doctor en farmacia, presidente de la Asociación de Escritores, fundador de la revista Kantil, miembro del Foro de Ermua..., entre sus múltiples facetas en la que verdaderamente se reconoce es en la de escritor.»

A esta cita añadiremos únicamente que en 1976 ganó el Premio Nadal por Lectura insólita de El Capital, que en 2001 fue reconocido como «Farmacéutico del año» y que en 2006 obtuvo el Premio Nacional de las Letras.

  • antetítulo:

    Entrevista con Raúl Guerra Garrido, farmacéutico y escritor

  • autores: Javier March

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