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Libertad

  • 14 Octubre 2013
  • Manuel Pérez Fernández

El desarrollo de la persona viene condicionado por numerosos factores vinculados, la mayoría de las veces, al medio que la rodea y en que vive habitualmente. Si un león se cría en la selva, aprenderá a cazar para sobrevivir; en cambio, si se cría en cautividad aprenderá por qué puerta le ponen la comida a diario. Si les cambiásemos el hábitat, con toda seguridad nuestro segundo león moriría de hambre o devorado por otros depredadores. Todos recordamos la película Greystoke: la leyenda de Tarzán, el rey de los monos, en la que se describe la historia de un niño criado por monos en una selva africana tras la muerte de sus padres y cómo, finalmente, tras un breve periodo en el que es encontrado y repatriado a la «civilización» junto a su familia legal (de la que heredaría en el futuro todos los bienes materiales), decide volver «con los suyos» a la selva, junto a los que considera su verdadera familia. El joven recibió toda clase de consejos y presiones, y lo pusieron ante la disyuntiva de la balanza: los lujos y comodidades de la «sociedad» en un platillo, y los peligros y calamidades de la «selva» en el otro; pero la decisión estaba tomada: su libertad, su realización como persona no estaba en aquella «selva» de sus hermanos las personas, sino en la «sociedad» de sus hermanos los monos. Alea jacta est, la suerte estaba echada desde hacía mucho tiempo.

A lo largo de la vida hay momentos en los que hay que tomar decisiones, unas cruciales, otras no tanto; y estas decisiones van a ir fijando las lindes del camino por el que difícilmente vamos avanzando. Como es lógico, muchas de estas decisiones podrán ser revertidas con facilidad; otras muchas ofrecerán más resistencia, y unas pocas serán irreversibles. No obstante, el resultado también puede depender del interés que pongamos a la hora de tomar las decisiones, y de insistir en sus consecuencias. Para ello, disponer de buenos asesores y de una buena formación personal, moral y ética es de vital importancia. Podemos acertar o equivocarnos, incluso no hacer nada es ya tomar una decisión. Si no dudamos e insistimos en la decisión tomada, aunque sea no hacer nada (dejarlo pasar), terminaremos acertando o equivocándonos.
«Querer hacer algo» forma parte del «poder hacerlo». Pero hay que tener claro que, a pesar de la opinión de nuestros asesores o de la presión de las circunstancias, la libertad de elegir es indelegable, la decisión final será siempre nuestra porque somos los dueños de nuestra propia vida, los que decimos «blanco» o «negro», y los que asumiremos las consecuencias de nuestros actos. Al protagonista de Greystocke le colmaron de comodidades, regalos, compañía femenina y cariño; le facilitaron la vida al máximo, en un intento de hacerle olvidar su «terrible vida anterior» y compensar las calamidades pasadas; a pesar de ello, él tenía tomada la decisión de volver a «su paraíso» (que para los demás era la selva) porque añoraba su «feliz vida anterior». Era cuestión de prioridades y percepciones.
Tema aparte es el resultado de las decisiones: el éxito o el fracaso. Churchill, que, prometiéndole al pueblo británico la realidad («Sangre, sudor y lágrimas») tuvo éxito y ganó una guerra, la Segunda Guerra Mundial, fracasó en su intento de continuar en el poder, pues perdió las primeras elecciones celebradas tras la victoria. A pesar de ello, y gracias al resultado de sus decisiones, todos recuerdan su famosa frase (que incluso dio nombre a una banda de rock de los setenta, Blood, Sweet and Tears); en cambio, nadie recuerda el nombre del político que tuvo éxito cuando le ganó en las urnas.

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Manuel Pérez Fernández

Miembro de AEFLA. Presidente del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Sevilla

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