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DPS: formación e investigación

  • 31 Mayo 2012
  • Alberto Rodríguez Hortal
Tan solo son dos palabras. Pero quizá sean la pieza que haga encajar el difícil puzle de la economía española.

Las dos palabras vinieron a mi mente cuando leí en un periódico, hace unas pocas semanas, que en Suiza los sindicatos habían solicitado que el sueldo mínimo interprofesional en algunos cantones ascendiese a la bonita cantidad de 3.300 euros, transformando el franco suizo en nuestro misérrimo euro, en aras de «tener una vida digna». En otros cantones dicho sueldo asciende ya, por mor del coste de la vida en ellos, al equivalente a 4.000 euros. La noticia estaba plagada al pie de comentarios, esa nueva plaga, en los que las quejas acerca del opaco sistema bancario suizo eran la máxima. Como si la economía del país helvético dependiese de ello. Puede que hace muchas décadas fuese la mecha que prendiese todo, pero hemos de abrir un poco nuestras miras si queremos tener la visión correcta. Cualquiera que tenga dos dedos de frente es capaz de pensar que si su dependencia del sistema financiero fuese feroz, con la que está cayendo, las estarían pasando bien moradas. Que le pregunten a Islandia. Y que nos pregunten a cualquiera que hemos estado detrás de un mostrador de botica sobre la procedencia de múltiples fármacos, hijos de potentes multinacionales helvéticas. O mirar con un poco de atención las noticias de deportes que nos hablan de una capacidad de desarrollar tecnología capaz de vencer, un país sin mar, recordemos, la Copa América. O su potentísima industria agroalimentaria, de la que conocemos esbozos en forma de chocolate. O recordar donde se localiza el CERN y el efecto Meca de la Ciencia que provoca...

La ignorancia es osada. Y es, en gran parte, responsable de la ruina que tenemos encima. Hasta no hace mucho jóvenes sin más estudios que los obligatorios, y a duras penas, ganaban poco más o menos lo mismo que ese sueldo suizo protagonista de la noticia por llevar aquí y allá una carretilla de ladrillos. Hemos vivido una economía un poco (o un mucho) de mentira, que fue tolerada por todos simplemente porque parecía que funcionaba. Y a pesar de esa época de vacas gordas, siempre fuimos a la cola en porcentaje de PIB destinado a I+D+i.

Y ahora... ¿Qué? ¿Como salir de esta? Pues podemos seguir apostando por el viejo modelo que nadie se atrevió a cambiar, el de la construcción, el de «que inventen ellos» o por el contrario, aprovechando que el solar de nuestra economía está destruido, apostar por esas dos palabras que apostillan el título.

Inversiones cuantiosas en investigación y desarrollo, ya sean públicas, privadas o aun mejor, una combinación armónica de ambas, capaz de cortar la sangría de jóvenes licenciados que huyen de España y sus empresaurios que ofrecen un futuro de teleoperador. Ayudas a los emprendedores de verdad que sean capaces de crear verdadera riqueza, no de la virtual en la que todos nos creíamos los más guapos del baile.

Formación, formación y formación adecuada para todos aquellos que se pensaron triunfadores y realmente no había baile, solo verbena, y en realidad han sido los primeros en ser abandonados por esa rubia caprichosa que llamamos fortuna. Formación capaz de dar armas en la jungla que es el mercado laboral y no depender de azar alguno.

Seamos por fin dueños de nuestro destino y no simplemente los camareros o peones para el resto de Europa.

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Alberto Rodríguez Hortal

(de AEFLA)

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