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La rebotica de la mente

  • 24 Febrero 2012
  • Santiago Cuéllar

Llevamos la dirección de nuestra vida desde la rebotica. Nuestro inconsciente es mucho más activo que nuestra consciencia inmediata. Es más rápido, más eficaz y mucho más amplio. Allí están auténticamente las aspiraciones que se han ido consolidando; allí está lo que nos impulsa a reaccionar frente a las situaciones más críticas y difíciles; allí está nuestro espíritu de superación, el deseo de ir más allá de donde se está en cada momento. Es allí donde hemos ido guardando, tras un complicado e inadvertido proceso de elaboración en permanente estado de evolución, todo el bagaje de actitudes y valores que conforman nuestra persona psíquica.

Nuestro inconsciente es el único capaz de hacer frente no solo a lo meramente previsible, sino incluso a lo no previsible. Es un estado de permanente apertura a cualquier circunstancia o situación que puedan ampliar todavía más nuestros horizontes personales de la realidad. En la vida no solo estamos en la paradójica expectativa de lo imprevisible, sino que incluso lo buscamos y nos preparamos para ello.

Nuestra actitud de espera se fundamenta en la viabilidad e importancia relativa de nuestras metas, en la confianza en la potencia de nuestras capacidades y en las circunstancias previsibles que tienen tales metas. Sin embargo, nunca somos plenamente conscientes de cuáles son dichas metas, ni podemos tener una confianza plena en su viabilidad. Es decir, nuestra esperanza está sujeta, en términos objetivos, a una más que notable falibilidad. Ni siquiera podemos fiarnos plenamente de nosotros mismos para conseguir eso que, en un momento determinado, constituye nuestro anhelo.

La excesiva confianza en nosotros mismos proviene a veces de la autointoxicación egoísta de una percepción asimétrica de lo que, en realidad, casi siempre son sucesos de carácter estrictamente aleatorio. Por decirlo así, nuestra percepción ególatra nos induce a considerar que nuestros éxitos provienen de nuestra habilidad e inteligencia, y que los fracasos solo corresponden a todo aquello que nosotros no controlamos. La realidad dice lo contrario, casi siempre.

Afortunadamente, nuestra mente no es una simple reflexión consciente. Somos mucho más que máquinas con un programa ajeno que ejecutamos con datos que tomamos tanto del entorno como de nuestro interior. Hay algo dentro de nosotros que nos empuja a ser dueños de nosotros mismos y a experimentar la satisfacción de lograrlo o la desdicha de no conseguirlo. Algo que sustenta a la persona –más allá de la acuciante realidad inmediata– y le ayuda a crear más realidad. El hombre es un creador; es capaz de inventar realidades ficticias que incluso acaba por creerse él mismo. No importa, la ficción es también parte de la realidad, porque en definitiva solo percibimos la realidad como una ficción global que cada uno reconstruye internamente de forma personal.

La mente consciente es incapaz de apasionarse, porque la pasión es evocación y evocamos de forma fundamentalmente inconsciente. Solo cuando desde la pasión deseamos algo que la mente consciente nos dice que no podemos alcanzar, surge la desesperación. Así pues, esta proviene de lo consciente, incapaz de ir más allá de una imagen fija que hacemos del mundo en un momento dado, fotos instantáneas con escasa profundidad de campo de una realidad que es una verdadera proyección en tres dimensiones, sin inicio ni fin. Cuando la mente consciente se adentra en el inconsciente e incluso pretende adueñarse de él o restarle importancia, la desesperación se convierte en desesperanza y, con mayor o menor resignación, acabamos por aceptar la imposibilidad de alcanzar nuestros objetivos vitales, pese a no haber renunciado a su deseo. La desesperanza nos instala en la convicción profunda de nuestra incapacidad, en el fatalismo subjetivo del fracaso personal. Y, como dijo Ernst Bloch, sin esperanza, no florece la razón.

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Santiago Cuéllar

(de AEFLA)

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